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Sábado, 26 de junio de 2004

El símbolo que vuelve

Cargado de signos, marcado por el Dante y su Comedia, ejemplo puro de una arquitectura que lo tenía todo –fantasía, asertividad, altanería– el edificio Barolo está volviendo del maltrato y la decadencia. Una aventura que recién empieza y que por ahora es interior.

Por Sergio Kiernan

Hubo tiempos no tan lejanos en que el edificio Barolo daba ganas de llorar. Roto, cachuzo y abandonado, tapado por un edificio-basura que lote por medio sólo sirvió para llenarle los bolsillos a alguien y para taparle su gloriosa perspectiva, el Barolo sólo mantenía intacta su función de símbolo. Fue, en su momento, una joya altanera que gritaba que una burguesía industrial había “llegado”. Era, en este siglo 21 tristón, como esas viejas fotos de familia que mostraban un buen pasar gastado y venido a menos, con nietos burros donde hubo águilas. Arriesguemos que el Barolo sigue siendo símbolo, esta vez del trabajo hormiga de cuidar, recuperar y preservar lo que es nuestro y es bueno. Es que el edificio está siendo restaurado con todos los tropezones de la crisis por un grupo de gente que se toma el tema como un patriada, con cariño y con rigor.
La aventura de restaurar este enorme edificio comenzó en 1999, cuando se hicieron los estudios y se llamó a concurso para la primerísima etapa. Hubo el largo trámite de aprobación de la ciudad y la Comisión de Monumentos Históricos –el Barolo es un predio realmente protegido– y la adjudicación de la obra al estudio Alric-Galíndez, mientras se reunía la nada desdeñable cifra necesaria para arrancar. La obra arrancó en octubre de 2001 y fue paralizada casi de inmediato, cuando todos los fondos quedaron petrificados en el corralito de noviembre de ese año.
Lo que se alcanzó a hacer fue la remoción de los cierres parciales de las dos entradas al célebre Pasaje, que hasta ahora concentró la mayoría del trabajo. Hasta hace un par de años, los grandes arcos del Barolo estaban cerrados por ladrillerías de vidrio apoyadas en gruesas vigas de hormigón, producto de una reforma de los años cuarenta o cincuenta. Hoy se ven dos discretas estructuras de perfilería metálica que apenas tocan la mampostería y sostienen un cerramiento de vidrio sin perfilería perimetral, lo que permite ver las graciosas molduras y texturados de los arcos.
Pero mientras el dinero del consorcio dormía en el banco, los usuarios tuvieron las experiencia del Pasaje (o Galería como se llamaba originalmente) en su estado original, sin cierres. La experiencia resultó fría, con sudestadas que hacían entrar la lluvia hasta los ascensores, palomas y hasta motoqueros que cortaban camino de la Avenida de Mayo a Yrigoyen. Sólo el año pasado se pudieron poner los vidrios y las puertas, y el Barolo logró una temperatura razonable.
Le siguieron los trabajos de recuperación de ese gran ámbito cribado de simbolismos. El Barolo es un edificio de oficinas y también una cifra cabalística sobre la Comedia del Dante, con dragones custodiando el infierno y cóndores marcando el ascenso hacia el cielo, simbolizado por la bella cúpula interior (ver foto de tapa). Tanta imaginación, expresada en lujo y belleza, mostraba el descanso y el paso del tiempo. Ahora, con los símil piedra y los granitos limpios, los estucos brillando, las lámparas en funcionamiento y los motivos escultóricos restaurados por el estudio Escurra, el pasaje vuelve a ser un ámbito único. Cada dragón y cada cóndor tiene ahora el discreto brillo de sus bronces venecianos, oscuros y duros, y las lámparas colgantes volvieron a ser de hierro negro y lucen limpias sus tulipas originales. Elevar la vista hacia la cúpula central del gran hall recompensa con la visión de elevación que se intentó originalmente.
El hall está flanqueado por dos locales que van de calle a calle. Uno, que perteneció largamente a la agencia Saporiti, está intacto y vacío. Pertenece a vaya a saberse qué dependencia estatal, que no lo usa ni deja que lo usen. El otro está siendo recuperado con el bienvenido proyecto de un bar y restaurante, algo que le da vida a una galería-pasaje. Por desgracia, el Banco de Boston arrasó con bronces y hasta con las increíbles puertas de vidrios curvados, para mantener su descartable identidad corporativa. Luego se mudó y dejó el lugar arruinado.Quien use el Barolo encontrará muchos detalles casi olvidados. Por ejemplo, las ascensores ya no tienen los techos cubiertos con chapas y muestran mucho bronce lustrado. Varios de los 164 baños del edificio ya no tienen los vidrios pintados, lo que significa que se está recuperando el peculiar juego de luces por el que los ascensores iluminaban los baños que a su vez iluminaban los pasillos de circulación. Para los más esforzados, está la subida a la maravillosa torre, lo que implica dos ascensores y una peliaguda escalera en caracol. La recompensa es la vista increíble de la ciudad porteña y, nada menos, poder entrar a Dios.
Es el último simbolismo: como explica el héroe de esta historia, Roberto Campbell, administrador del Barolo, el edificio termina en un faro potentísimo que simboliza la divinidad que ilumina. Metáfora final, Dios estaba por caerse a puro hierro podrido y sin mantenimiento, y ahora recuperó su continente terrestre, una caja etérea de vidrios que da la ilusión inquietante de estar volando.

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El gran hall con su cerramiento no intrusivo y las lámparas originales. Abajo detalles de las escaleras, las formidables ascensores restauradas y una de los muchos ornamentos en bronce veneciano, el mismo del dragón de arriba.
 
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