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Jueves, 26 de febrero de 2004

LOS JOVENES ARGENTINOS SEGUN LA TELEVISION... ¡AGGHHHH!

La rebeldía integrada

Radiografía de los estereotipos catódicos: cumbieros, chetos y rolingas diseñados en departamentos de marketing, adolescentes retrógrados y un mundo de paradores. Cómo reversiona la televisión a los jóvenes y qué hacen algunos cineastas, músicos, escritores y actores para ser honrosas excepciones. Lo que ves no es lo que hay.

 Por Julián Gorodischer

El Pibe Roldán es un pequeño Panigassi que toma mate, arregla autos y anda todo el día en cueros. El Pibe Pensionado es un patriarca a los veintipocos que quiere, ante todo, reinstalar el modelo familiar en la diáspora. El Pibe MTV (Nick Lachey) se proclama como sucesor de Ozzy pero, musculoso, prefiere la rutina de gimnasio a una buena borrachera. El Pibe Much Music (Santiago del Moro) ordena a la nena que cante mal y se disfrace de odalisca para reír a carcajadas como frente al número-vivo. Esto es el 2004, ésta es la tele del aluvión de rostros jóvenes siempre iguales a sí mismos, reciclados de alguna parte, rodeados de nuevos temas (chat y cumbia), pero con familias numerosas y mucho barrio. Pero falta el mejor ejemplar para engrosar el catálogo: el Pibe Conductor sale a vernos en la parada del colectivo, nos tira billeteras para ver cómo reaccionamos, pone a prueba al vecino y entrega su lección moral: “Argentinos, ¡somos como somos!”.

Playeros y perdedores
Sprite TV, en Much Music, los recluta en la estadía de casa rodante, y recibe el alegato provocador: “Me bañé dos veces en un mes”. O haciendo alarde de optimismo: “Las minitas son bagayeras”, como si él necesitara que así fuera; él, que es musculoso, bronceado, carilindo... “Ahora la rebeldía adolescente se asocia a megamarcas como Sprite –observa Pablo Boido, periodista del colectivo Indymedia–. La gaseosa auspicia a las nuevas bandas del punk rock: así la juventud no expresa el cambio.” El verano Sprite se encarna en el joven “real” de la playa de Gesell, en las antípodas del modelo FTV Beach; el pibe dice a la cámara: “Estamos jodidos, no hay un mango”. Conozca a la juventud sin velos ahora que está de moda ser uno más, del montón, uno como los modelos “civiles” de Picky Courtois, uno como el Facha (el fachero que se reencuentra con amigos, ¡y está gordo!, en el comercial de Sprite); hoy que la consigna es debatir en Mar del Plata cómo levantar, y concluir, optimistas: “Están regaladas... si uno tiene pasta de campeón”. Eso sí, con ayuda de la bebida, porque se los ve pasársela como un mate, en un regreso nac & pop que deja muy atrás, casi demodé, a la arena esteña. Pero en la otra orilla, la resistencia FTV consagra al galán-Vj de exportación (Uriel del Toro) como síntesis de su cofradía: parador, Gancia batido y modelos sin nombre propio para abonar a la “muerte del multitarget”. El pibe Sprite es del nicho “de acá nomás”, con menos look y chicas que Ale Lacroix. Pero no es grave: ahora se rebota con gusto porque la gaseosa también esponsorea al perdedor.

El joven viejo
Repone el modelo de sus precursores, en cueros y con termo en mano, “como buen ‘Pibe Roldán’” (Facundo Espinosa en Los Roldán) o reciclando la balada de compadrito en extrañísimo hit a cargo de los Gamberro: “Nada de lo vivido me perdió...”, como si hubieran pasado muchos años desde “la experiencia” de juventud pero a los veintipocos, vencido en los comienzos. El joven viejo arma familias en donde puede nombrarse “fundador” (Tony en Los pensionados). El joven viejo anula al viejo-viejo, que ya no es necesario en estas tiras hechas hasta los 25, todos huérfanos o “del interior”. El joven viejo no es muy moderno, ni está lookeado; retoma el ideal familiar y la tradición de barrio (o de provincia para Los pensionados), habla sin eses o con demasiadas eses y recupera los valores de una hombría a la vieja usanza (mate, pelo en pecho y compromiso marital) frente a tanta escalada metrosexual. “Veo cuerpos de viejos con envase joven –apunta Gastón Duprat, creador junto a Mariano Cohn de varios formatos de Much Music–. En la TV, la juventud es la franja más reaccionaria: están obligados a una buena vida, reseteados para ser felices, sin sobresaltos y sin cambios, con seguridades de todo tipo.” En su libro Los jóvenes en la tele, Carlos Mangone y Jorge Warley analizaron esa búsqueda constante del “ser inofensivo” en una tira como Montaña rusa, éxito juvenil de los años ‘90: “Viven en un ambiente desideologizado y están por fuera de todo conflicto social... La televisión performa al joven como una configuración de la rebeldía integrada, la transgresión artística, la inconformidad, la pasión romántica. Pero esa enfermedad positiva juvenil se cura con el tiempo”.

Moralistas y comprometidos
De su mano ingresa el aire solemne de una bajada moral, ahora que ser argentino –parece– es una aberración. El pibe ofrece el reflejo, esa amarga experiencia de descubrirse corrupto o chanta para la cual acaban de inventar antídoto: mirar el programa de Andy Kusnetzoff. La Gigi Marziotta denunciaba corruptos del PAMI con la misma vocación justiciera con la que adelanta chimentos en Hechiceras. Juan Castro volverá a subirse al púlpito, en Kaos 2004, para decirnos que somos muy poco solidarios. Andy, en el clímax de Argentinos, somos como somos, tiró billeteras para cazar al “porteño piola” y le hizo sacar un registro al ciego. El sermón nunca termina. “En una ficción como Son amores –justifica Mariano Manis, el Doctor Manix de Argentinos...–, el pibe no labura, canta mal, o tiene un éxito que no se corresponde con su esfuerzo. Criticamos al tipo que se queda con la billetera, al clásico piola argentino. Muchos de nuestros males responden a habernos querido pasar de vivos. Y hacer las cosas bien trae su recompensa.” Primer round: en el otro rincón responde Melina Dorfman, de la revista Juliana Periodista: “Hay prototipos de conductores jóvenes como Juan Castro o Andy que quieren llevar el saber a la TV, y hacen alarde de la intención. Intentan zamarrear a la juventud y lo recalcan tanto que generan vacío”.

Chateros y chaboncitos
Con las tiras del verano ingresan nuevos temas a la tele: el desempleado que da el gran batacazo en la Argentina de la era K (en Los Roldán), el chico pobre y de buen corazón que llega a la ciudad para triunfar en una impensada remake del sueño porteño en el siglo XXI. La tira recicla al bailantero (antes Mariano Martínez, ahora Lola Berthet) porque parece que la pincelada marginal cotiza y mucho desde el 2003, cuando se hizo moda ir a la cárcel, a la villa y al Tren Blanco a hacer antropología de lo cercano. La tele respeta un casting homogéneo que baja la edad, pero repone el mismo personaje en un continuum. ¿No es Facundo Espinosa en Los Roldán un musculoso Panigassi? Vuelve la recitadora del tipo Clave de Sol pero, eso sí, atemperada por las nuevas tecnologías: Sofía (Sofía Gala, en Los Roldán) chatea y tiene citas a ciegas. “En las barras de la tele -dice Raúl Perrone, el pintor de las barras suburbanas en films como Labios de churrasco o Gracia a Dió– incluyen al chabón, el pibe de guita, el viejita. Antes de mis películas no se veían pibes que se sentaran en la esquina a hablar sobre la nada. Ahora todo pasa a ser una caricatura: el que es concheto es muy concheto. Y al chaboncito le reparten por todos lados con esa cosa de bruto: ¿Qué-hacé-cómo-andá...?”

Par de pájaros
Nick y Jessica se casaron ante las cámaras de Newlyweds, flamante estreno de verano, y salieron a vivir la vida reality con gestos exagerados de dicha o pena, mucho cuidado del cuerpo, intensas vivencias condensadas en minutos: ambos son cantantes y en un solo día les pasa de todo: los echan y los reincorporan de la compañía, les avisan de pequeñas tragedias familiares que se solucionan, se pelean y reconcilian con ¡toda la pasión! Nick Lachey, ex 98º, es un patovica que anda en cueros, se ducha y hace aerobics. Jessica Simpson es la típica californiana con apenas un poquito menos que Pamela Anderson. Esta es una compensación que ofrece la vida “en directo”, en MTV, frente a tanto alarde de freaks (The Osbournes, Jackass, Freak Show, etc.): prósperos y familieros, ellos entonan la balada juvenil y se dan besos, como derivación aberrante de Ozzy y compañía. Sale el rock e ingresa el pop prefabricado a la usina reality, allí donde vuelve a interesar la rutina de gimnasio antes que la recuperación del cáncer de Sharon Osbourne. “Los canales musicales dejaron de interesarme hace tiempo –dice Daniel Melero–. Ni cerca paso. Al público le gusta eso que la TV señala como rock: Bandana y Mambrú. Les ofrecen algo que no les cambie la vida, aunque ésta sea fea. La gente no entiende que también se puede mirar y escuchar artísticamente.”

Uno mismo
Ezequiel Acuña, director de Nadar solo, narró una adolescencia más cercana a la epopeya del salingeriano Holden Caulfield (El cazador oculto) que a la de cualquiera de la tele. El cineasta sub-25 se aleja del método Pol-ka: “El mundo televisivo es el del encargo. Mi idea era buscar cosas de mi propia historia, referentes en películas, pasárselas a los actores hasta encontrar un lenguaje. Quise que se expresara una mirada, un cierto tono. Yo quería que hablaran poco...”. Trabajando con galancitos (Nicolás Mateo, Santiago Pedrero, Tomás Fonzi) surgió el contraste con la tele: los climas densos y las caminatas silenciosas en la playa marplatense, ese cuento de iniciación que los oponía a una historia de palabras, una tras otra, dirigidas al monotema de las tiras: el romance. “Ellos tenían otro mundo adentro –descubrió Acuña–, no sólo lo que se veía en la pantalla chica. Hacen teatro, leen, compran libros: un mundo que la frivolidad de la TV diluía.” Frente a la complejidad de un héroe literario (como el de Nadar solo), la tele opone sus tribus juveniles, grupos trazados según consumos y forma de vestir (barriales, conchetos) que, según Melina Dorfman, “responden a un concepto totalmente viejo”. “Se ven estereotipos –dice– del rolinga, el dark, o el bailantero, y eso es muy taxonómico, no refleja la realidad, se desentiende del intercambio.” En cualquier caso, Gastón Duprat lo atribuye a un déficit del productor: “¡Que llegue el recambio! –provoca–. Hay algo pajero y aspiracional en aquellos que fabrican una Luisana Lopilato para calentarse a sí mismos. Su peor defecto es hacer lo que les gusta ver, construir el parador de Gancia, un mundo tan ordinario como ellos mismos”.

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