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Jueves, 4 de agosto de 2005

DESCUBRIMOS AL LIDER DE MASSACRE COMO NUNCA ANTES NADIE LO VIO

Diferentes maneras de ser Walas

Walas es un tipo raro: les dijo a sus padres que no tendrían que haber tenido hijos, llegó al skate por culpa de su abuela y al rock por culpa del skate. Los Cadillacs le regalaron el primer bajo de la banda, que cambió de nombre por el atentado a la Embajada de Israel y se hizo referente musical de una movida que creció en el cemento. Lleva la busarda más famosa del rock nacional, pero ser under no parece generarle ningún rollo. Antes de sus shows en Balcarce 460 (27 de agosto y 4 de septiembre), en esta larga conversación, devela la verdadera trastienda de su vida.

 Por Roque Casciero


Si no fuera porque ya leíste el título y viste la foto que acompaña a esta nota, ¿tendrías idea de quién se habla cuando se habla de Guillermo Cidade? No te preocupes, muchos de sus amigos tampoco conocen su nombre “de civil”. Es que para todos es Walas, el cantante de una de las bandas con más trayectoria e ideología del rock argentino: Massacre. Walas es un frontman que ha gambeteado al éxito muy exitosamente. Walas se convirtió en un icono under porque fue quien disparó el skate punk en los tiempos en que la banda se llamaba Massacre Palestina. Walas lleva casi dos décadas generando música sin la presión de tener que comer de ella. Walas, con toda la franqueza con la que habla sobre muchos temas, adopta aires de diva misteriosa para ocultar su edad y ¿los rollos que le genera? Walas tiene un hijo de 14 (Alan) al que extraña desde que la madre se mudó con el chico a Mar del Plata, y está casado con Tory, que desde hace un tiempo se convirtió en manager de Massacre. Walas es el único cantante del rock argentino que muestra con orgullo la busarda sobre el escenario, aunque se queja de que el sobrepeso no lo deja surcar la ciudad sobre su tabla como antes. Con eso alcanza para saber que Walas es un tipo singular, como él mismo se define sin falsa modestia. Pero hay más...

¿Dónde está Walas? Además de su departamento, hay tres lugares en los que es factible encontrarlo: en la sala de ensayo de Massacre, que con sus compañeros visita tres veces por semana; en la casa de Nicolás Amato, su profesor de canto (“me lo recomendó Marcelo Corvalán, de Carajo, y se convirtió en mi gurú”); o en su taller, en el que estampa remeras con logos rockeros. En ese local de Montserrat guarda buena parte de su arsenal de skates (tiene ¡200!) y algunos de los muñecos que colecciona con avidez. Afiches de shows de Patti Smith, de varias bandas de skate punk y de Massacre adornan las paredes. Y aunque Walas no se mueve sin un porta-CD (“con todos los discos originales”, se enorgullece), mientras trabaja con tintas, remeras y jablones, escucha alguna radio de música clásica o Day Tripper, por la Rock & Pop. En el taller, una tarde bien fría, Mr. Massacre (es el único miembro original de la banda) duda un buen rato antes de contestar la primera pregunta del No. Y cuando lo hace, arranca de un modo más que inesperado. Fijate.

–¿Quién sos, Walas?

–Mirá lo que me preguntás... Es difícil... Soy un hijo de padres separados, con lo que eso implica, y esos dos padres fueron una madre intelectual a la que le interesaban más sus libros que su hijo Guillermo, y un padre músico, obsesivo y muy pasional, al que le interesaban más los violines que su hijo Guillermo. Fueron dos personas a las cuales yo les dije: “Ustedes no tendrían que haber tenido hijos”. Soy el producto de esas dos personas, Nancy Preus y Vicente Cidade (ambos fallecieron, el padre hace tres semanas). Mis viejos se separaron cuando yo tenía ocho años y mi viejo se fue a hacer su vida con el violín. Me crió mi abuela, así que no estoy criado por una mentalidad de 1960 sino de 1910. Mi casa de Medrano y Rivadavia era un bagaje cultural de libros hasta en las alacenas de la cocina. Mi familia viene de la Argentina con plata, mi vieja siempre se iba con su madre a esquiar a Europa, pero para mi adolescencia ya no teníamos un sope. Entonces lo que hice fue salir a la calle y hacerme skater y punk, dos cosas para las cuales no necesitaba demasiada plata y podía ser libre, feliz, y tener dos círculos de pertenencia, uno de día y otro de noche.

–¿Eran muy diferentes?

–Hasta cierto punto, sí, aunque en un momento supe combinarlos bastante bien. De día hacía deporte, una cosa sana, y de noche me iba a ver a Los Violadores, Los Laxantes, Alerta Roja, Comando Suicida...

–¿Cómo llegaste a esos grupos y al skate?

–Al skate llegué porque mi abuela me llevaba a un club que quedaba en Vicente López y a una cuadra habían puesto una pista en lo que era el supermercado Gigante, hoy Carrefour. Me escapaba de mi abuela e iba a vercómo andaban en skate. El skate, en definitiva, es el que me salvó la vida, por eso quizá tengo tanta pasión y colecciono tablas ahora que no puedo andar tanto porque tengo las piernas hechas concha. Con el skate conseguí mi primer lugar en el mundo. Y es el que me mostró el rock, porque en las revistas de skate de ese momento (Skateboarder Magazine, Action Now) había notas del deporte y algunas de música: comentarios de discos y de recitales de lo que era la new wave. Sobre todo, los grupos de new wave de Los Angeles: Plasmatics, Devo... Los grupos previos al hardcore, los que estaban un cachito antes que Black Flag, Germs, X, Circle Jerks, todo ese palo. El rock era algo prohibido en mi casa, no entraba en mi mundo, pero empecé a verlo en revistas de skate y pensaba: “Uh, ¿qué es esto? The Police, The Clash, Londres, el punk...”. Entonces me dije: “Esto es lo mío”.

–¿Eso te impulsó a subirte a un escenario?

–Sí. Iba al Mariano Moreno de Almagro y le compré una guitarra a la hermana de un compañero, que tocaba en las Bay Biscuits (un grupo de mujeres en el que cantaba Fabiana Cantilo). Era una guitarra trucha, una copia de Stratocaster. Y me compré un distorsionador Big Muff, que en ese momento era una baratija y hoy es absolutamente de culto, lo usó todo el rock alternativo de los ‘90. De hecho lo compré porque era mucho más barato que un pedal cualquiera. El padre del Topo, el bajista, tocaba la guitarra en un grupo, entonces nos prestó un equipo para que yo tocara la guitarra, que en realidad era un equipo de teclado Farfisa. Así que, por una cuestión u otra, fuimos dando con el avantgardismo total... Eramos muy amigos de los Cadillacs desde antes de que ellos se conocieran. De hecho, yo fui quien los presentó. Teníamos dos grandes impulsores, que eran Sergio Rotman y Flavio Cianciarullo. El gordo Flavio nos regaló su primer bajo, así que el primer bajo de Massacre fue también el primer bajo de los Cadillacs. Eramos muy limitados, muy amateurs, pero subíamos en el ‘87 con ese sonido a hacer surf punk, basados en los grupos californianos que escuchábamos en esa época, como Agent Orange o Social Distortion. Sonábamos garage, que hoy en día está en boga, pero en ese momento teníamos que explicarlo...

–Mientras tanto, de día vivías arriba del skate.

–Construimos una rampa en Ciudad Universitaria, que era la primera que hubo en la Argentina con paredes verticales, lo que se conoce como semitubo o half pipe. Eramos conscientes de que lo nuestro acá no era muy popular, así que teníamos que recurrir a la autogestión más absoluta. Eso nos ponía en un lugar alternativo, marginal, minoritario, si se quiere elitista, porque teníamos un orrrrgullo... No era que éramos distintos pero menos, éramos distintos pero re cool.

–¿Tenía que ver con eso del adolescente de buscar un grupo de pertenencia que lo distinga del resto?

–Sí, sí. En algunos casos, los grupos de pertenencia son más minoritarios, hay otros que se sienten más seguros formando parte de un todo. En nuestro caso, elegimos algo que no era mayoritario en absoluto, pero así, cuando formamos Massacre Palestina, nos erigimos en los adalides de la gente a la que le gustaba ese palo. Y, de a poco, eso dejó de ser tan minoritario para tener un poco más de representatividad.

–¿Cómo te llegaban los discos?

–En el ‘82, ‘83, el padre de uno de nuestros amigos era el embajador argentino en Berlín, entonces le pedíamos los discos en el momento en que salían: Minor Threat, 7 Seconds, Black Flag... El viejo mandaba cosas para la familia por valija diplomática y ahí adentro venían, para nosotros, spray para el pelo color rojo, revistas, zapatillas de skate y discos. Y unos años más tarde pertenecía a un grupo de amigos en el que las chicas eran todas azafatas internacionales, que nos traían todo. Era la época en la que el día se hizo de noche: empezó el reviente y se acabó el deporte.

–¿Cómo te llevás con el hecho de que ya no haya “figuritas difíciles” porque podés bajarte todo por Internet?

–Me gusta más la aventura de ir a conseguir un vinilo a gamba que el doble click. Soy de una época en la que un disco muy fácil de conseguir no tenía el mismo valor que uno muy jodido. Hoy en día, un pedazo de carbón y un pedazo de oro valen lo mismo, porque ambos valen el esfuerzo de hacer un doble click. De hecho, no tengo computadora, no me gustan los mails, no tengo celular ni quiero tenerlo. La máxima concesión que hice con el “sistema” es el reloj (se ríe).

–Más de una vez contaste que decidiste vivir de otra cosa para no comprometer artísticamente a la banda. ¿Cómo llegaste a esa idea?

–Quería sacar la plata de otro lado porque no quería que Massacre se convirtiera en algo con lo que tuviera que contar para pagar las cuentas, porque sería traicionar mi bandera de rock anticomercial, de lo que aprendí de Fugazi y los Dead Kennedys. Por eso, a los 25 años me miré al espejo y me dije: “Si quiero estas cosas que acá en la Argentina no son redituables ni muy tenidas en cuenta, de algún lado voy a tener que vivir”. Pensé en cosas que me gustaban y dije: “Voy a poner una disquería o un negocio de skate, o una fabriquita de remeras”. Cuando me casé con la Tory, monté un tallercito para estampar remeras en una habitación de nuestra casa. Empecé a venderlas como mayorista, hasta que en un momento tuve la onda como para poner un local en la Bond Street y abrí la disquería La Lupita, que está hace como diez años. Después Tory empezó a hacer ropa para chicas y también pusimos un local en la Bond Street, y dentro de poco voy a poner uno de skate.

–Te convertiste en empresario, bah.

–Ssssssí, pero un empresario hippie punk: no hago remeras de Callejeros, que me podrían dar guita; hago remeras de Fuzztones o de los Stooges. Tengo una dicotomía, porque también tengo el mandato de mi abuela, de ser como mis primmmmos que viven en Alemmmania y que son todos ingennnieros, y mi mandato propio que es de estar a los 18 años en un recital en un comité anarquista donde tocaba Tumbas NN. Tengo que cumplir con mi abuela, ser el exitoso que pedía la Argentina de Perón, y por otro lado quiero ser un hippie rata. Es un quilombo, pero sé manejarlo bastante bien.

–¿Te costó encontrarle la vuelta?

–Sí, porque encima son dos mundos bastante jodidos. El rock es loser y el ambiente del skate, cuando yo era chico, era bastante cheto. Igual, supe adaptarme a los ambientes. En el del skate supe ser querido y respetado sin tener un sope, porque era el que mejor andaba. Y en el del punk supe subirme rápidamente a un escenario, lo que te genera respeto. Siempre supe sobrevivir.

–¿Por esa mentalidad de “rock anticomercial” dejaste pasar oportunidades de éxito para la banda?

–Sí, sí. De hecho, cuando empezamos a tocar, nos llamó Tinelli para que tocáramos en Ritmo de la noche. Eramos muy amigos de Luciano Jr, uno de los fundadores de los Cadillacs, que es primo de Tinelli. Cuando nos vio con nuestra propuesta de skate rock, nos llamó para su programa, incluso se contactó con uestro manager. Y nosotros dijimos: “No, ni locos”. Otro grupo hubiera dicho que sí, por supuesto. Nuestro manager no podía entender que lo rechazáramos. Y aparte, la verdad, siempre nos pusimos trabas para ser exitosos.

–¿Por qué?

–Creo que también tiene que ver con el skate, un deporte que no le importaba a nadie. Si vos en el ‘78 tenías como ídolo a Mario Kempes, vas a aspirar a la gloria. Nosotros elegimos un deporte en el que te decían: “Andá, boludo, con la patineta”. Nos automarginábamos, entonces nuestra vida era la automarginación. Y lo mismo nos pasó cuando elegimos el rock: no queríamos ser Aerosmith sino Circle Jerks. Veíamos los videos con tipos tirándose desde el escenario, feos para la sociedad, porque el punk era ser la rata de la sociedad. Y nos criamos en esos modelos.

–Está bien, pero para llegar a ese modelo, algo que tiene que atraerte. ¿Cuál era el impulso?

–La verdad, no lo sé. Quizás el subconsciente indica que uno es tan brillante, tan grosso, que puede darse el lujo de ser loser.

–Pero beautiful loser, perdedor hermoso, como el libro de Leonard Cohen.

–¡Claro! Beautiful loser: Bukowski, incomprendido, antisistema... Por eso, mientras todos querían ser grandiosos como Mick Jagger, nosotros siempre quisimos ser los más soretes.

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