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Jueves, 24 de noviembre de 2005

VIAJE AL MUNDO DE BALAS PERDIDAS

Dock and roll

En el borde de la gran urbe, unos pibes de Dock Sud siguen militando el espíritu rolinga (acaso otro de los grandes inventos argentinos). Pero hacen diferencia: “Somos tan de barrio como Cerati o Spinetta”, dicen.

 Por Cristian Vitale

“Lo de Mingo” es un bar ginebrero, ruidoso y multigeneracional. Está ubicado en el corazón del Docke –donde chocan Alem y Huergo– y es un poco chico. Pero igual, suficiente como para albergar personajes heterogéneos y coloridos. O grises. Por ejemplo, cinco pibes rolingas que se cruzan a abrazo limpio con bebedores frustrados y laburantes de todas las edades. Hay unas diez mesas ubicadas desprolijamente. El mozo es amigo de todos y el del mostrador conoce todos los gustos. ¿El combo de la casa? Maní, cerveza, vino sin hielo y, claro, ginebra cortada al limón. Todo por dos pesos. De pronto, se escucha desde afuera: “Aguante los balas”, pero no se refiere a lo que uno puede imaginarse en una primera instancia. Balas es la abreviación del bajofondo del grupo Balas Perdidas que, según una enciclopedia rocker española, traduce el término Rolling Stone como “gente de la que nada bueno se puede esperar”.

¡Flor de arranque! “La cultura stone nos enseñó a tomar su verdadero espíritu: el glamour y la calle. El color de sus discos, sus fotos o alguna gilada. Los pibes más grandes, acá en el Dock, andaban con suecos o pantalones raros y nosotros tomamos eso”, dispara Martín Cueva, el cantante, un mini-Jagger. Tiene pómulos marcados, labios gruesos, melena por los hombros, ojos –aunque marrones– medios chinos y se viste como si quisiera eternizar la veta setentoide del frontman británico. “Los Stones son impecables desde el ‘69 al ‘75. Es la mejor formación, la más agresiva, la que interpretamos nosotros”, adoba uno de los guitarristas, Matías Salort, en consonancia con la estética imperante.

La banda surgida entre chapas de zinc y olor a azufre la completan el guasón Fabián Korn en bajo, Christian Uxi en batería y ¿se acuerdan del guitarrista de Viejas Locas? El mismísimo Pollo, ese que sostuvo las locuras de Pity. “Esta banda es más auténtica, porque toma como referentes directos a los Stones. Los Pordioseros, por ejemplo, son como las Viejas y eso se nota desde la imagen hasta sus discos. Nosotros no tenemos referentes de acá: ni los Paranoicos, ni las Viejas, ni nada. Vamos directo a las fuentes”, dice. Pero más allá de internas estéticas y posturas ideológicas, lo que identifica al grupo es su raíz geográfica. Si bien por mudanzas y reemplazos ya no es puramente de la zona, conserva la localía. Por lo pronto, mientras sucede la entrevista, a “Lo de Mingo” (Alem y Huergo) –algo así como el corazón del Docke– siguen llegando parroquianos y bebedores. Y parroquianos bebedores.

–Es impresionante cómo los quieren acá. ¿Esto es el rock barrial?

Martín: –Por la gente sí, pero musicalmente tratamos de salir de esa definición. Tratamos de tener nuestra identidad y no salir a mostrarnos con esa imagen trillada de rock de barrio.

Matías: –No hacemos rock barrial. Somos pibes de barrio haciendo rock, el rock stone que nunca se hizo.

Pollo: –Ese es un término discriminatorio, porque todos somos tan de barrio como Cerati o Spinetta. Me parece que han querido dividir las aguas: “Que esto es rock y esto otro rock chabón”, y para mí todo es rock.

–¿Qué herramientas usan para despegar de ese estigma?

Matías: –Hay una fórmula establecida, que es la calamaresca. Cuando Andrés salió con esto, todos lo miramos mal, y hoy todas las bandas están tocando ese estilo. Esa fórmula baladesca es la que intentamos esquivar.

Pollo: –La estructura musical de muchas bandas es muy limitada y no porque lo de Calamaro sea fácil... pero todos están con un do-re-fa, cantado arriba. Hay cierto empobrecimiento de la música. El Dock es mucho más suburbano que cualquier barrio de Capital y, sin embargo, vos escuchás Balas Perdidas y suena mucho más fina que una banda de Caballito. Lo quepasa es que acá se confunde barrio con aspereza, crudeza y falta de sutileza, cuando en nuestro caso es todo lo contrario. Este grupo es una limpiada de cara, una reivindicación de que se puede tocar bien.

Ahora, ¿se sostiene con hechos lo que el Pollo y compañía verbalizan? Es cierto que Basura caliente, último EP de la banda –en el que participan Ciro Fogliatta y Sarcófago de Los Ratones– escapa a la fórmula del éxito pongamos “calamaresca” (no es lo mismo Calamaro que los calamarescos, eh). Pero también lo es que alcanzar un sonido Sticky Fingers no es moco de pavo. Y que las letras de las canciones no son extrañas a los tópicos del mainstream rolinga: hablan de modales agitados, minitas, esquinas suburbanas, fumatas y alcohol. “El rock te sale de las venas, tenés que sentir lo que tocás. Quizá te escuche mucha gente o quizá no, pero no hay duda de que es legítimo si te sale de las venas”, se contenta Matías.

De los cuatro originales, el único que sigue viviendo en el Docke es Fabián (trabaja en un taller mecánico y su dueño ¡le pidió por favor estar en la nota!), mientras que Christian se mudó a Piñeyro y el mini-Jagger a Gerli. En cambio, Matías –que vende cirugía ortopédica– siempre vivió en Villa Domínico, cerca de la casa de Pablo Echarri, y fue una suerte. “Me lo crucé en un asado, le di el disco, le gustó y a los cuatro meses empezamos a trabajar con Veneno verdadero. Nos trajo gente de Telefé gratis, lo dirigió y lo actuó. ¿Qué más podemos pedir?”, señala el guitarrista. El clip fue filmado con tres cámaras, iluminadores y camarógrafos “de primera”, sistema Delta Digital y las locaciones salieron de una intensa recorrida por los barrios del sur, desde Domínico hasta “Lo de Mingo”.

“Cuando llegamos al bar había doscientas personas en la puerta saludando a las cámaras. En 10 minutos se juntó un montón de personajes de acá”, evoca graciosamente Martín, sobre lo que fue un verdadero disloque para la barriada femenina. “Me dejaron bocha de cartas y ramos de flores en la puerta de casa, pero no eran para mí. Eran para Echarri.” Fue una desilusión para el Guasón.

Balas Perdidas presenta Basura caliente el miércoles 30 de noviembre en El Teatro.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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