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Jueves, 26 de enero de 2006

SOBRE LOS EXTRANJEROS QUE SE FUERON QUEDANDO

Unos quedados

Eramos un puntito (caro) en el mapa foráneo, hasta que la devaluación los atrajo de a uno, como la sopa que atrae a la mosca. Llegaron cuantos quisieron y fueron tratados bien: los gringos entendieron que este país daba para más que unas meras vacaciones. Y comenzaron a echar raíces. Aquí, anotaciones sobre esta enésima corriente migratoria.

 Por Betania Crespo

Ninguno de ellos vino en barco. Usaron medios un tanto más modernos para iniciar esta nueva ola inmigratoria. Algunos usaron aviones, otros llegaron en micros de larga distancia. Aparecieron desde lugares vecinos, y se fueron quedando. Muchos venían como turistas, otros a buscar suerte. A lo mejor se enamoraron. Y les gustó: la ciudad, su gente, el precio de la cerveza, la posibilidad de aprender un idioma. Las ganas de estar en movimiento, sin moverse demasiado. Vaya uno a saber por qué, pero estos extranjeros se quedaron. O algunos van y vuelven a Buenos Aires, esta gran metrópoli, también formados por un abanico enorme de ciudadanos extranjeros que dejan algunas de sus distinciones nacionales en la valija. Pero, a la vez, estos visitantes contribuyen a generar otra corriente alternativa que tiene más que ver con el ser cosmopolita que con el nacionalista puro. Icono que se ha ido desdibujando a merced de la aplanadora de la globalización. Algunos afirman que experimentar una realidad diferente a la de su país es la mejor escuela: la escuela de una calle que no es propia. Así, de a poco Buenos Aires se fue transformando en el trampolín de muchas historias que buscan zambullirse en lo que queda de la cultura argentina desde la desembocadura del continente.

Lo desconocido

Es la primera vez que toma mate. Al principio aleja la boca de la bombilla para preguntar si está bien que sea tan caliente. El segundo sorbo la entusiasma. Y que tenga casi los mismos efectos que el café es el detalle definitivo para que lo adopte como nueva infusión. Christine llegó desde Alemania hace algunas semanas. Tiene 21 años y es estudiante de Derecho. La Argentina fue el final de su viaje porque la universidad en la que estudia tiene convenios con distintas facultades privadas en Buenos Aires. No habla casi nada de castellano y está tomando clases de idioma para entender al menos algo de lo que dicen sus profesores.

A las 11 de la mañana empieza su día. Ella dice algo así como que quiere desayunar. Y nada parece hacerla cambiar de opinión. El inglés se reivindica como el idioma universal en el hostal de Palermo. Es un lugar que se propone sentir en cualquier otra parte, menos en una esquina de barrio porteño. Parece enojarse por la entrevista, y pregunta por qué no le avisamos antes como para tener algo preparado. Cuenta que sabe francés además de alemán e inglés. Su estadía se extiende hasta el fin de año, que es cuando termina el curso. Una vez que se roza el tema estudiantil, empieza a confiar un poco más en la nota. En las clases se siente mal porque no entiende lo que hablan los profesores, y en los recreos se queda sola porque los demás no hablan ni una palabra en inglés.

–¿Por qué elegiste la Argentina?

–Una vez mi novio se fue a Asia. Siempre creí que esos territorios eran aburridos. Cuando fui a visitarlo me encontré con lugares fascinantes. Con la Argentina sentí lo mismo; como no sabía nada del país, decidí correr el riesgo y venir. Y no me arrepiento.

Sudamérica es para los europeos una especie de safari a lo desconocido que les provoca una curiosidad inmensa.

Christine dibuja, y muy bien. El grado de su modestia es también exagerado. En Alemania es casi obligación viajar a otros países para perfeccionarse. Así que todos sus amigos están desparramados por el mundo.

Un inglés baja las escaleras de su habitación envuelto en una toalla y sin siquiera ver a nadie. Ella le silba, y lo que eso significa es universal.

Christine sigue intentando con el castellano en su clase, y al final sonríe. Entonces se compromete a tener terminado para la próxima un retrato.

El segundo hogar

Guy tiene 33 años y viene de Israel. Conoce Chile, Bolivia, Australia, España, Malvinas y toda la Patagonia. El desierto y la pampa de la Argentina son los principales motivos por los que está desde enero del 2005 parando en Buenos Aires. Hace algunos años trabajó como tripulante de un yate privado chileno con el que recorrió la costa del país vecino y la misma geografía en el Atlántico. “Viéndola desde el mar, la Argentina era un lugar que valía la pena conocer”, asegura. Y así fue que volvió para recorrer las tierras del sur, haciéndoles compañía a los camioneros que lo levantaban en la ruta. Vivió un tiempo en una estancia en Santa Cruz y llegó en un barco a Islas Malvinas. En Israel estuvieron muy al tanto de la guerra de 1982, y cuando le propusieron hacer aquel viaje aceptó de inmediato.

Estuvo también en Barcelona y ahí aprendió castellano. En realidad parece un argentino más, porque no hay rastro de acentos ibéricos en ninguna de sus expresiones.

Guy aclara que a la hora de hablar de la gente es imposible ser preciso en generalidades, y dice: “Personas malas hay en todos los idiomas”.

Además le simpatizan los argentinos porque son muy generosos, amables y hospitalarios. “Pero Buenos Aires es otro país en relación con las provincias”, señala. Le encanta el mate y está al tanto de todos sus rituales. Así, cuando vuelve a Israel a ver a su familia, se asegura de conseguir paquetes de yerba para almacenar durante su estadía.

Trabaja en el albergue a la mañana, se anotó en un maratón y estudia francés. Ante la posibilidad de quedarse para siempre, responde que “es imposible saberlo”, y deja la probabilidad flotando en el aire. Le gusta el rock nacional, aunque no conoce los nombres de las bandas. Tiene discos de todo el mundo. “Creo que la música es un testimonio de cultura muy importante, aun más allá del idioma o el género.” Su nombre no tiene traducción. Lo escribe y cuenta que Guy es una palabra en inglés que suena igual al hebreo. Quedó pendiente un viaje por la Cordillera que promete cumplir en algún momento.

No sabe nada del “turismo piquetero” y no le llama la atención aprender a bailar el tango. La Argentina es un país lejano a Israel, sin embargo saben de la dictadura militar y que a sus habitantes les encanta la carne. “Culturalmente no somos tan distintos. En Israel hay muchos argentinos porque hubo dos importantes migraciones: la primera vez fueron exiliados de la dictadura y la segunda después del 2001, cuando la gente se iba buscando un mejor futuro”, señala Guy. Dice que la Patagonia es el punto de mayor interés para sus coterráneos. “Se percibe como un territorio mítico, desconocido. El aire del desierto es una satisfacción enorme al menos para mí. Porque de vez en cuando me gusta dejar el humo de la ciudad y respirar el viento, que es tan parecido a la libertad.”

A principios del siglo XX, las guerras llevaron a miles de extranjeros a desembarcar en la Argentina. Cuando el siglo XXI empezó a desperezarse, la situación se repitió en forma inversa. Los restos de la crisis del 2001 hicieron ebullición cuando Ezeiza se convirtió en el destino preferido de los que creyeron ver en otras tierras un porvenir más ajustado a sus necesidades. Así, muchos argentinos que no alcanzaban los treinta años se dispusieron a vivir afuera y trabajar en los ámbitos más variados, admitiendo que la adaptación sería un proceso largo y doloroso, pero positivo. La devaluación de la moneda argenta fue sin dudas el atractivo para que los ciudadanos de otros países se decidieran a conocer los últimos metros del Cono Sur. Incluso dejando abierta la posibilidad de quedarse en la Argentina, aprender castellano y experimentar más de cerca la realidad de un país en llamas.

A medida que el mal sueño se iba disipando, esta tendencia se mantuvo y probablemente esos visitantes hayan terminado ocupando el lugar vacío de los que se fueron: según cifras del último censo oficial, el total deregistros de visitas en el 2001 es de 1.531.940. En esa suma, 559.313 son los extranjeros de veinticinco a cuarenta años que ingresan al país. No hay fechas ciertas sobre los que se quedaron.

En la misma tierra

John dejó Cleveland, Estados Unidos, hace siete meses. La Argentina resultó una elección después de ganar una beca de estudios en Chile y haber convivido con una familia del país trasandino en julio del 2004. Es profesor de ciencias, tiene 26 años, y da clases de inglés en institutos privados de Capital Federal. “Tengo especial interés en conocer América latina y sobre todo en aprender castellano. Vine a Buenos Aires porque es una ciudad enorme, que no tiene límites, en la que se pueden hacer muchas cosas a cualquier hora. Este es un país exótico, que está lejos de todo. Para mí es muy importante pensar en América como una unidad, es la misma tierra. Tenemos una historia en común”, señala.

John dice que en Estados Unidos apenas se conoce lo que pasa en América latina. Tenía pensado quedarse hasta diciembre, pero la vuelta a su país se plantea para más adelante. Antes prefiere viajar y conocer.

–¿Qué hacés en tus ratos libres?

–Me gusta el cine. En avenida Corrientes hay muchos cines, los conozco a casi todos. Voy a ver películas argentinas, que es algo que no conocía antes. Y además veo cine europeo, que no es tan común en Estados Unidos. Nosotros vemos casi solamente películas de Hollywood. Las opciones son muy distintas.

–¿Qué música consumís?

–Me gusta el tango. No es algo que me apasione, ni vine especialmente a aprender a bailarlo. Escucho de todo, porque en los cursos de castellano conozco a muchos extranjeros que están igual que yo y cada uno trae su propia música.

Dice haber llegado sin esperanzas. “No tenía idea de cómo sería Buenos Aires”, confiesa. Cleveland tiene aproximadamente un millón de habitantes y para él es una ciudad chica comparada con esta Capital y el conurbano.

Todavía le cuesta acostumbrarse a la forma de vida. Los argentinos desde la mirada de John son extrovertidos, “sienten con la misma intensidad las cosas malas y las buenas; yo prefiero esa forma de ser porque es mucho más auténtica”. En un principio, la melancolía asociada al porteño y al ser rioplatense no le era fácilmente detectable. “Ahora lo entiendo. Será porque en otro tiempo la Argentina era uno de los países más ricos del mundo, y ya no lo es.” Aprendió a encontrar los restos de ese esplendor, sobre todo en la arquitectura y en la falta de políticas de conservación con algunos monumentos. Pero también en la recurrente aparición de historias de dictadura en libros y películas.

Las principales diferencias con los estadounidenses en materia de costumbres pasan por la comida (más del 50 por ciento de los estadounidenses es obeso) y por el interés cultural. “En Buenos Aires todos leen, en el subte, en las plazas; diarios, libros, revistas. Y después de los últimos años es imposible no tener una opinión política siendo estadounidense. Son tiempos muy fuertes. La palabra corrupción ahora no es tan ajena para los norteamericanos.”

John alquila una habitación en un departamento de Caballito. Trabaja todos los días, y aún le queda tiempo para encontrar en la calle los rastros de una argentinidad cada vez más familiar.

Destino tango

Pide que se le hable en inglés: “Hoy no es un buen día para pensar en castellano”, dice. El azul oscuro en sus ojos combina con el tono de voz, sumamente tranquilo. Se quedará en Buenos Aires por seis meses y volverá a Budapest para retomar su carrera de Comunicación en la universidad: Judites húngara, tiene 23 años y llegó al país hace un mes para estudiar tango. Es también abonada a los cursos de castellano de la UBA. Su padre tenía miedo de que ella hiciera este viaje. “Pensaba que América latina era un lugar de conflicto, que podía haber guerras y que algo podría pasarme. Si supiera lo distinto que es a lo que imagina, se sorprendería mucho.”

La decisión de viajar a la Argentina tiene que ver con un documental que vio cuando era chica. Si bien en la pantalla se encontró con el Amazonas y alrededores, Judit decidió que la Argentina sería un destino fascinante.

Una vez más, “exótico” es la primera palabra para describir a este país. Cuenta que en Hungría no hace falta parar a los colectivos. “Porque definitivamente tienen que parar, es una cuestión de respeto. Acá hay que levantar el brazo, como cuando se pide un taxi. Eso, al principio, me resultaba gracioso. Como los piqueteros y los cortes de calles. No estoy segura de que las protestas sean por algo, más bien parece que reclaman por el simple hecho de poder hacerlo.”

Parece que en Europa las relaciones entre amigos no son como acá: Judit se enteró de que su mejor amiga estaba de visita en la Argentina cuando la encontró por casualidad en una clase de tango. “Me llama la atención que la gente sepa tanto sobre Europa. Todos saben dónde queda mi país y cuál es su capital. Nosotros sólo sabemos de la Argentina por Maradona, el tango y el inventor de las biromes, que en realidad nació en Hungría y creció acá. También que cuando salen a la noche se quedan hasta las siete de la mañana sin importarles demasiado la hora que sea.” Judit encuentra similitudes en la fachada de Buenos Aires con su Budapest. “La única diferencia es que acá se mezclan edificios modernos con antiguos. Las calles son bastante parecidas, sólo que en Buenos Aires el caos es más visible”, señala.

Después del curso quiere viajar. Los destinos son todavía una incógnita, porque buscará recomendaciones de sus amigos locales. Y piensa volver más adelante trayendo a alguien que la acompañe. “Quiero mostrar en mi país cómo se siente el tango desde el lugar en el que surgió.” Estamos hechos de distintas corrientes migratorias. Llevamos tatuado el sentido nómade de la historia. Pero ese mundo andante ha venido a instalarse en el país, teniendo a Buenos Aires como un lugar de paso permanente.

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Imagen: Nora Lezano
 
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