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Jueves, 29 de junio de 2006

LA BANDA DE ROCK-FOLKLORE EN UNA “PATRIADA”

Si es Arbolito, es bueno

Había un indio apodado Arbolito que ajustició al Coronel Rauch, quien exterminó a los ranqueles. 180 años después, el escritor Osvaldo Bayer y la banda homónima quieren cambiar el nombre de la calle Rauch (en Azul).

 Por Cristian Vitale

Agustín, hombre orquesta de Arbolito, abre la puerta del pequeño estudio de grabación que tiene en Boedo. Enciende la PC y coloca el pulgar derecho sobre el icono que aparece en el monitor: el brazo de un Indio sosteniendo la lanza que mató a Rauch. Así empieza el único video del grupo en diez años y prueba la bola que le dan a la imagen. El resto de sus compañeros –menos Pedro, el clarinetista, que metió mano en la edición– se sorprende ante las tomas. “Es la primera vez que lo vemos”, asegura el Chino, percushowman. El clip conjuga escenas de protestas sociales con varias ejecuciones del bellísimo Huayno del desocupado. Transcurren shows en Independiente, Tandil, Parque Lezama, Lago Puelo y nadie se aviva de que, en la parte que Agustín recita las penurias del desocupado, la imagen va más lenta que el sonido. “Esta toma nos costó como seis horas”, reniega Pedro. Lo hicieron como todo en su carrera: independiente, artesanal... sin la menor intención de rotar en algún programa onda MTV. Así es el mundo folkie-rock de Arbolito: hippón, austero, comprometido, anticareta y con el arte al frente. Los seis son muy talentosos y ni se les cruza transar libertad creativa por unas monedas más.

Breve historia: Agustín y Ezequiel –cantante y guitarrista– se conocieron viajando mochila al hombro por Latinoamérica, y al año ya estaban tocando quena, charango y guitarra en Balizas, Uruguay. “La gente se prendía entre el vino y la fiesta. Dijimos: ‘Esto tiene que andar’”, evoca Eze. El dúo volvió con la idea de mutar en banda y trocó el sol de Balizas por la oscura claridad de los subtes de Baires. Y aparecieron un tercero –el percusionista Quintín– y el nombre. “Se lo pusimos con absoluta convicción”, profesa Agustín, especie de Ian Anderson argento. El motivo es conocido: Arbolito es el sobrenombre con que Osvaldo Bayer identificó al Indio que ajustició a Rauch, el Coronel prusiano que había contratado Bernardino Rivadavia para exterminar a los ranqueles en 1826. “A tres meses del arranque, caímos en la casa de Bayer”, reseñan.

Arbolito toca este sábado a las 19 en El Teatro de Flores (Rivadavia 7800).

–¿Y qué les dijo?

Agustín: –Primero se sorprendió de que tocáramos folklore. Se imaginaba que, por la pinta, éramos rockeros. Nos recordó que Fun People había puesto a Severino en la tapa de uno de sus discos. Le sonó raro lo comprometido de nuestro mensaje, pero con el tiempo nos fue conociendo.

La primera visita no pasó de un intercambio de palabras, que incluyó el pedido del permiso para usar el nombre. Bayer, claro, estalló en entusiasmo. ¡Alguien se había acordado del incidente con el bisnieto del Coronel! “Se emocionó de que pibes que podían ser sus nietos se interesaran por esa historia”, refleja el guitarrista. Bayer, se aclara, había intentado cambiarle el nombre al pueblo de Rauch en 1963, pero no sólo fracasó sino que fue detenido en Buenos Aires a instancias de Juan Rauch, ministro del interior del gobierno de José María Guido.

Al segundo encuentro, Ezequiel y Agustín llevaron una portaestudio, un micrófono y Bayer grabó el speech en off que aparece en Arbolito, el tema batalla del disco debut: Arbolito folklore. El combate prosiguió con un viaje a Rauch, donde el historiador y sus discípulos fueron a exigirle al intendente que trueque ese nombre genocida por el del Indio justiciero.

Agitaron el avispero, pero la movida no prosperó allí sino en la vecina Azul, donde un grupo de concejales presentó un proyecto de ley para que se cambie el nombre de la calle Rauch por ¡Arbolito! El próximo 27 de agosto, Bayer y su brazo musical viajarán por la revancha. “Osvaldo se contactó vía mail desde Alemania. Está embalado, no ve la hora de venir”, cuenta Eze. “Esto significa materializar la idea de que se puedan cambiar las cosas. Que la plaza Ramón Falcón se llame Che Guevara ya es un gran avance”, sigue Agustín.

–¿Cómo continuó la historia después del encuentro con Bayer?Agustín: –Para el segundo disco (La mala reputación, 2000) todavía éramos muy callejeros. Improvisábamos huaynos que tenían estrofas cortitas, de 40 segundos, y los llevábamos a cinco minutos. Zapábamos muchísimo.

–¿En qué condiciones técnicas grabaron La mala reputación? La edición original no tiene un buen sonido...

Agustín: –En 1999, con Eze y el baterista Diego alquilamos una casa en Once y vivimos todo el año ahí. Fue cuando empezamos a tocar en el Lezama. Nos habían prestado una Fiorino para los equipos y ahí comprendimos que necesitábamos un móvil. Entonces, compramos la combi con plata prestada -la de la tapa de Mientras la chata nos lleve (2004)– y nos fuimos a girar por la costa. Tocamos a la gorra, todo bárbaro. Pero cuando volvimos, nos miramos y dijimos: ‘¿Y ahora qué hacemos?’. Ya habíamos dejado la otra casa y no teníamos dónde vivir. Por suerte, un amigo que se iba al exterior nos prestó la casa. Y grabamos el disco allí, con una computadora chiquita y micrófonos prestados.

El sonido de las chacareras, cuecas y candombes adobados con rock que habitan el tercer disco, La arveja esperanza (2002), mejoró notablemente. ¿Razones? “Le pagamos a alguien para que lo grabe”, se ríe Agustín. “La grabación nos agarró en plena crisis... habíamos elegido el 19 y el 20 de diciembre para demear los temas y, de repente, estábamos en Plaza de Mayo. Salimos, escuchamos los ruidos de la calle y corrimos tras ellos.” Ese verano, pese al bajón, se fueron de gira. “Fue una garompa, en la costa no estaba ni el loro. Igual sacamos unos pesos y contratamos un profesional.”

–¿La banda siempre se sostuvo con recursos propios o alguna vez tuvieron que poner plata de sus bolsillos?

Ezequiel: –La prioridad siempre fue autogestionarse. Cuando empezamos, veíamos bandas amigas que perdían mucha plata por tocar. Salían 300, 500 pesos abajo. A nosotros jamás nos pasó. No vivimos de la banda aún, pero jamás aceptamos poner plata para que nos conozcan. ¿Qué es eso?

Agustín: –La inversión es subirnos a la camioneta y tocar. Por eso, nos conoce tanta gente en los pueblos. Son muchos veranos, muchos domingos en el Lezama, miles de discos en la calle. La inversión está puesta en nuestro cuerpo. Cada uno puso su tiempo, sus instrumentos, su esfuerzo.

Entre La arveja esperanza y Mientras la chata nos lleve, Arbolito se convirtió en una banda muy popular sin recurrir a ninguna productora. Más de una vez superaron las mil personas en el Verdi de La Boca, también colmaron el polideportivo de Independiente, el Teatro de Flores (1600 personas) y este sábado van por la revancha en el mismo lugar. “Nos encanta alquilar lugares, pero ya no se puede –reniega Ezequiel–. La idea de alquilar es hacer lo que quieras, no irte a las 11 de la noche. El Verdi hoy está habilitado para 300 personas. ¿A qué precio tenés que poner las entradas?

–¿Por qué no tocan más en el Lezama?

Diego: –Porque pedir una habilitación es un karma. Si no la conseguís y vas igual, te corre la policía. Laburan para convencerte de que no toques. Podés rayarte y colgarte de la luz... pero es un riesgo.

Ezequiel: –La última vez que tocamos fui a la municipalidad 80 veces para que me den un papel que no decía nada. Nos pedían baños químicos, vallados... una ridiculez.

Rama por rama

Agustín Ronconi (o Tatín). Multiinstrumentista. Empezó estudiando guitarra con un profe de barrio y completó los estudios de flauta, charango y guitarra en la Escuela Popular de Avellaneda. Pasó por Alma los Blancos (que hizo el himno de la hinchada de Quilmes), Bossa Nostra, Cenzontle (el pájaro de La Maza, de Silvio Rodríguez) “y otras bandas de exploración musical andina”.

Ezequiel Jusid (o Enano). Empuñó por primera vez la guitarra ¡de su hermano Lolo! Su banda debut fue Axolotl, como el cuento de Cortázar. Después entró al Conservatorio Nacional, pero duró poco. “Fui a ver a Afrocuba a la Escuela de Avellaneda y me quedé.” Es profesor de música y dio clases en jardines y escuelas en barrios alejados de la provincia. “Dejé porque no era serio caer los lunes a dar clases, después de las giras.”

Andrés Fariña (o Bilardo). Toca el bajo desde los 14. Integró bandas under como Tony 70 y Zanahoria. “¡Hasta estoy en la tapa de un disco tropical que no grabé!”, dice. También se calzó la camiseta fucsia de la comparsa Los Herederos de Palermo. “Como verás, no me importa nada”, remarca.

Diego Fariza (o El Oreja). Nació en Tandil. Empezó a tocar batería a los doce. Siete años después se mudó a Baires y se anotó en la Escuela de Avellaneda. “Cuando estaba en 2º año conocí a estos hippies... me dijeron que necesitaban un baterista para cuatro fechas y me integré.”

Pedro Borgobello (o Houston ¡por Matt!). Nació en Rosario, pero se crió en Chañar Ladeado. Agarró el clarinete a los 10 y, a los 15, integró la big band de jazz del pueblo hasta que perfeccionó el clarinete y armó un grupo de rock progresivo llamado Abacoprofagador. Tardó dos años en aburrirse del Conservatorio Nacional y pasarse a la Escuela de Avellaneda.

El Chino (o Sebastián Demenstri). Empezó como “rockerito” a los 14. “Mi hobby era el hardcore-punk.” Después incursionó en DAM, 12 Monos, La Mandinga, La Chiringa y Caturba. En el 2002 entró en Arbolito. Fue el último.

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