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Jueves, 7 de septiembre de 2006

LAURA MAGURNO, úNICA BATERISTA TRASH

Sucia y desprolija, ¿y qué?

“Siempre aparece algún gil que te falta el respeto. El guitarrista anterior me quiso cachondear, y le pegué una terrible piña antes de un recital.” Así arranca y más vale que no te hagas el malo. Se llama Laura Magurno. Tiene 26 años, dos brazos morrudos, pelo largo, lacio y morocho, un anillo calavera en el meñique izquierdo y sobrelleva una forma de aguante útil para lo que eligió. Es “la única” baterista de trash metal en un medio lleno de huevos. Y supervive por apta. Una metalera de ley, motoquera y fanática enorme de Sepultura, V8, Slayer, Creator, Testament y todo el trash de los ‘80. “Tenés que ser pilla para poner puntos”, completa inmutable. Laura toca la batería en Sacred Trash, quinteto crudísimo influenciado por Sodom y Nuclear Assault, con larga prédica en la Argentina, que tardó diez años en grabar su primer disco: Legalizando poder, incrementando miseria. La presentaron en la banda como una mujer “con la re fuerza” y se integró en el 2003, cuando salió Injusticia, segundo CD. “Al heavy lo llevo en la sangre. Mi primer novio tocaba la batería y yo lo observaba, hasta que un día me subí. La adrenalina que sentí no me la saqué más en mi vida.”

Es la primera vez que la entrevistan, pero la trashera se desenvuelve como pez en el agua. Pide una cerveza, habla de Visceral y Malón, pide otra, y despacha que sus gustos son masculinos, pero que es mujer y le gustan los hombres. “Aclaro, por las dudas”, ríe. Todo empezó por casa. En San Andrés de Giles, su papá tenía un taller mecánico, y ahí tomó contacto con los fierros. A los 9 escuchó el primer disco pesado (Ruedas de metal, de Riff) y a los 10, Kill em all, de Metallica. El dealer fue un tío. “Mi viejo es fierrero a fondo, pero de rock and roll, nada. Además, en esa época no había disquerías heavies en mi pueblo. Apenas una bandita de metaleros, pero tenían 20 años. ¿Qué iba a hacer un pendeja de 11 con ellos?” Laura se mudó a Baires cuando tenía 17. Fue a parar a una pensión, sola, y se metió en el ambiente transpirando recitales.

—¿Sos poguera?

—A morir, y los chabones están conmigo. Si te agarra una avalancha, aparecen cinco monos, te levantan y seguís agitando. Mis amigos me dicen: “Loca, qué potencia que tenés... siempre llegás al borde del escenario”.

El culto a la fuerza la llevó a transformarse en una batera ultrapotente. No importó que a los 14 años le partieran la rótula en un torneo de taekwondo, ni que haya pasado su adolescencia sin caminar bien. “Me pusieron dos prótesis. Igual, voy al gimnasio, porque lo aeróbico te suelta para tocar doble pedal. Después de 12 temas trash, cualquiera necesita un pulmotor.” Laura ostenta con orgullo haberse hecho un camino entre la selva. Se sabe: el heavy suele reservar sus códigos herméticos al universo masculino. Las chicas son las que van atrás en las motos, acompañan a sus novios o sostienen resacas. Pero difícilmente se las cuente como integrantes de una banda. Ella es una excepción. “Los pibes dicen que tengo motores en los brazos.” Con los padres, ni un rollo. Una vez le insistió a su mamá para que la dejara viajar a Buenos Aires para ver a los Guns N’Roses. Tenía 12 años. “No me dejó ni a ganchos”, ríe. Pero después, nunca un problema. “Manejé la primera moto a los 8 y nunca perdí la costumbre. Incluso, los voy a visitar en una grandísima que tengo. Me encantan los fierros, ir a un taller, escuchar rock y arreglar motores.”

—¿Nunca pensaste en armar una banda heavy con mujeres?

—Hace mucho quiero armar una de black metal, pero sólo se prende una amiga fanática de King Diamond. Estaría bueno hacer una mezcla entre ellos y Sepultura, pero puse avisos en revistas del palo, y no me llamó nadie.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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