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Jueves, 22 de febrero de 2007

TIBURON, TIBURON: JUMPTHESHARK.COM

Cuando la tele hace agua

 Por Federico Lisica

En Estados Unidos le llaman “Saltar el tiburón”. En la Argentina podría traducirse como “Uriarte esquiva el bulto” o “La monita se salva del KO”. Aunque lo del amante de Laisa en Los Roldán tiene más apego al significado de la frase. Se trata de una metáfora utilizada en el mundo televisivo norteamericano. ¿Sobre? “Ese instante en el que sabés que tu serie alcanzó la cima. De allí en más viene la caída. Algunos lo llaman clímax. Nosotros lo llamamos ‘Jump the shark’.” Así presentan el concepto en el site que dio origen al fenómeno (www.jumptheshark.com), completísima web de retro pop, en la que le da sin asco —pero con mucho humor, ternura y memoria— a la TV de aquel país.

Obra de una semicelebridad de Internet llamada Jon Hein, las secciones ofrecidas sirven para repasar todos los clisés de los que abusan en la TV del norte —y de acá— más acaboses varios: Dar el sí (el casamiento de Mork y Mindy y

La niñera, los casos más reconocidos); nuevo chico en el pueblo (cuando el hermano pelirrojo de Arnold, Sam, ingresa en Blanco y Negro o la aparición del insoportable perrito Scrappy en Scooby Doo); pubertad (Kevin de Aquellos años felices y Screech de Salvado por la campana rankean alto); hacerlo (el momento en que Rachel y Ross finalmente van a los bifes en Friends).

Y hay más en el zapping cibernético: graduaciones, muertes sorpresivas, vueltas del más allá, nacimientos, invitados estrella, especiales, canciones, películas, y demás manotazos de ahogado a los que recurren las neuronas en ascuas de los guionistas. El furor fue tal que Hein escribió libros, vendió su empresa en algunos millones de dólares, y se hizo columnista del programa radial de Howard Stern, además de regalarle al inconsciente colectivo norteamericano una frase que sirve para describir cualquier ruina, sean personas u objetos.

La expresión, en sí, proviene de una serie estadounidense, muy popular por los ‘70, llamada Happy Days —esa que parodiaba Weezer en su video Buddy Holly dirigido por Spike Jonze—. Luego de varios años al aire hicieron que Fonzie —su personaje principal— cambiara su moto chopera por un jet—ski y, sí, saltara un tiburón. Hein, en sus años universitarios, trataba de recordar shows que hayan ido en picada luego de un acontecimiento, y alguien le mencionó el salto de

Fonzie. De allí en más, el parnaso de la decadencia catódica se le abrió de par en par. Es que no importa zafar de los afilados dientes de guiones imposibles, del olor a sangre que regurgita el rating, o del ánimo depredador de los directivos televisivos: la debacle es tan evidente que no queda otra más que esperar un final decoroso para el programa al que le debemos ojos rojos y cansancio corporal.

En la Argentina la cosa varía. Gracias si un show suele durar más de una temporada, por lo que se utiliza toda la gama de obviedades e inverosimilitudes con tal de mantenerlo al aire. Tal como, a falta de un Gastón Trezeguet, encerrar en una casa a dos gays (o uno y medio); que Charly García interprete a un fantasma en Resistiré; o el Diego se autoentreviste en La noche del diez. Expertos, estos últimos, en saltar el pececito. Básicamente se tira toda la carne al asador. O los chorizos, como hizo Chiche Gelblung en su programa sobre salud. Y si eso no funciona, los programadores siempre tendrán a mano unos capítulos de El Chavo del 8 (¿habrá saltado el tiburón cuando los infantes conocen la casa de la bruja del 71?) o de Los Simpson (una de las pocas series que según el site “nunca saltó el tiburón”, aunque “cuando Homero se pone realmente muy estúpido” le sigue cerca en los votos). Pues se sabe, en la TV, y en todo lo que ésta pareciera proyectar, el tiempo es tirano.

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