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Jueves, 1 de marzo de 2007

DROGAS

¿Para qué?

Siempre ha sido una proeza mantenerse en la fina línea de lo prohibido. Contar al borde de la denuncia fácil, pero saber entender el otro lado. Identificar entre la experimentación y el reviente. Arrancaba 1995 y si bien ya no era frecuente pincharse cocaína, muchos se la metían por la nariz que daba miedo, escabiando alcohol en dosis temerarias. Algunos músicos se manifestaban hartos del reviente (Pappo andaba por Punta del Este en pública abstinencia de pucho y alcohol) y este suplemento le dedicó una tapa al tema. “Dejé la cocaína un día que estuve con una mujer y no me la pude coger”, decía Javier Martínez, batero de Manal, y proclamaba: “Eso de morir joven y dejar un cadáver bonito... Andá a la puta que te parió”. También hablaron David Lebon, recuperado de su dipsomanía etílica, y Adrián Otero, voz de Memphis, quien afirmaba, tras una afección hepática, que no se había hecho careta, pero que “no me quedó otra que cortar, que sino me iba”.

El NO hizo tapa la historia del Momo, un transa adicto a la cocaína que vendía ácido lisérgico (LSD) hace cuatro años. A este personaje que paseaba perros mientras guardaba en su casa cientos de tizas de clorhidrato de cocaína de 14 gramos cada una, le gustaba tomar merca, pero sólo vendía pepas, cartones y triangulitos, que le llegaban en planchas de cincuenta dosis bien troqueladas desde Holanda, vía intermediario. Momo ganaba 500 pesos por semana, que financiaban su adicción a la cocaína, pero colgó los botines: al momento de la nota, trabajaba en una maderera doce horas por día de lunes a sábados. Ganaba 500 pesos por mes.

Cuatro días después de la elección que puso a Fernando de la Rúa en la presindencia, el 28 de octubre de 1999, se publicaban testimonios de quienes fumaban churro regularmente y cifras oficiales de la Sedronar, según las cuales “el 8,6 por ciento de la población (estudiada) fuma marihuana” ¿Y De la Rúa?

La historia de un fraude científico —que el éxtasis no sólo quemaba neuronas sino que además provocaba el Mal de Parkinson— también fue contada en estas páginas. La noticia hacía pensar que podías quedar tembleque para siempre luego de una Creamfields, según estudios del científico ecuatoriano Jorge Ricaurte hecho con monos, a quienes meta pastilla les destruyó el “80 por ciento de las neuronas” y los dejó irreversiblemente temblando, pero con una salvedad, que resultó en fraude: las pastillas no contenían MDMA, principio activo del éxtasis.

El paco apareció en la tapa el año pasado. Sin embargo, siete años antes, el 22 de abril de 1999, este suplemento documentaba la por entonces desconocida práctica del lateo, o fumar pasta base (sulfato de cocaína) mezclada con ceniza de cigarrillo en latitas de gaseosa o cerveza, antecedente directo del fumar el residuo de la conversión del sulfato en clorhidrato, o sea el paco. La protagonista, de sólo 16 años, era descendiente de Pascual Contursi, autor de “Mi noche triste”, el primer tango canción de la historia. Tanto Pascual como su hijo José María y más tarde su nieto, o sea el padre de la muchacha que vivía y fumaba lata en el Abasto, murieron cuando apenas habían pasado los cuarenta años, según se dijo, fulminados por el alcohol.

El NO fue el primer medio gráfico nacional en publicar la historia de Pablo Fernández Cobo, un horticultor que además de tomates cultivaba marihuana para tratar su asma. Cobo no vendía porro, pero estaba preso: le habían encontrado unas 320 plantas de cannabis, aunque la mayoría eran plantines, y más de 8 mil semillas clasificadas. La nota, del 24 de julio de 2003, impulsó la campaña que Cobo había emprendido desde la cárcel, titulada “la gesta del marihuano”, iniciada en Internet. Semanas después, la agencia española EFE despachaba un cable con su historia. Le dieron cuatro años y medio. Luego de 20 meses a la sombra, el 6 de octubre de 2004 fue excarcelado.

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