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Jueves, 1 de marzo de 2007

SEIS TAPONES

Aquellos momentos

“El esclavo se escapó”, decía la tapa del 1º de octubre de 1992, mientras el ministro Domingo Cavallo sentenciaba en el cuerpo del diario: “El que devalúe es un loco”. Hay tapas que no se olvidan. Una es ésa. Hay producciones que se guardan, que se muestran como modelo en las escuelas de periodismo y se van resignificando con el andar de los años. Corría la fiebre de las privatizaciones, y Diego Armando volvía a redimirse después de una larga estadía fuera de las canchas, convertido en jugador de Newell’s Old Boys. Luis Alberto Spinetta, Andrés Calamaro, Fito Páez, Charly García y el Indio Solari opinaron en estas páginas. El coqueteo del Diego con las drogas no lo alejó del rock sino que justamente lo acercó. Y cuando el Diego eligió Mi enfermedad de Andrés Calamaro, cantado por Fabiana Cantilo, para volver a jugar, no hizo más que ponerlos a todos en el bolsillo. “Maradona es intocable”, escribió el Indio Solari. “Pero no sólo como jugador de fútbol. Me parece un tipo fantástico. Sobre todo teniendo en cuenta desde dónde viene. (...) A mí me cuesta mucho estar con gente que cuando está en la intimidad sigue jugando a que es alguien. Si vos querés hacer creer a la gente que sos mengano, y que sos un banana, está bien; pero cuando estás con otros que son iguales que vos me parece ridículo que sigas haciendo el personaje. No somos Maradona. Ninguno acá es Maradona. Maradona es Maradona. Gardel es Gardel y Evita es Evita.”

En febrero del ‘95, con la primera visita de los Rolling Stones, el NO armaba una producción especial para reflejar la seguidilla de cinco shows en River, cuando Grinbank todavía parecía el único dueño del negocio del rock. “Pero hay reinados que no arrugan”, decía la última frase de la crónica de Eduardo Fabregat publicada el 16 de febrero, que no se refería al productor sino a lo que por entonces parecía un cierre definitivo en la historia del espectáculo en la Argentina. Aunque no iba a ser la última. Otras dos visitas de Sus Majestades (una en 2006, once años después) dejarían en claro que, si bien hay reinados que no se arrugan, hay arrugas que no dejan de reinar.

El 1º de agosto de 1996, después de dos años de silencio, el Indio Solari dio una imperdible entrevista exclusiva, donde se explayó como pocos pueden hacerlo sobre la “cultura rock” por la edición de Luzbelito. Sobre su paso de ser una banda de culto a convertirse en un objeto del rock callejero o barrial, el Indio decía: “A mí siempre me extrañó, porque nosotros nacimos de la clase media, no somos gente del suelo de la miseria. No venimos de Fuerte Apache. (...) Es un misterio. Chicos de 12 o 13 años vinculados con el sentimiento de tipos de nuestra edad. Quizá la independencia, el hecho de no estar referidos a un montón de tejes y manejes, intereses que están en las compañías”. Y todo, claro, mientras asumía Roque Fernández en lugar de Cavallo, asegurando que “no incurrirá en ninguna clase de populismo”.

§ “Fue.” En diciembre del ‘99 se acababa una época, y una generación de jóvenes que habían crecido con el karma de vivir privatizados parecía que iban a respirar un poco después de haber consumido tanta pizza con champagne. Los referentes de la “cultura joven”, empero, estaban cambiando. Andrés Ciro, Gustavo Cordera e Iván Noble hablaban de los dos gobiernos sucesivos del innombrable. Y, claro, Andrés Calamaro sentenciaba con su habitual lucidez: “Simplemente, la fiesta terminó. Estamos igual que siempre”. Fasolita de Los Piojos y El blues de Bolivia iban a quedar como banda de sonido del antimenemismo, aunque no lo fuesen. “Qué va a ser mañana de ti, promotora”, escribía Adrián Dárgelos.

Ya iba a haber tiempo de recuperarse. De la consolidación del rock barrial a la futbolización de las huestes, iba a haber una etapa de maduración o de involución. Ya nadie se acordaba —o prefería no hacerlo— de Cavallo, ni de Roque Fernández: Lavagna lideraba el “pensamiento” económico. El público de “rock chabón” iba a crecer exponencialmente, y muchos de los músicos protagonistas no iban a estar preparados para el gran salto. En ese contexto, la tapa negra después de la tragedia de Cromañón fue sin dudas la más triste de la historia de este suplemento.

Y, finalmente, promediando 2005 (tal vez no se dieron cuenta, pero ya estamos más cerca de 2010 que del siglo anterior) y ante el inminente —y finalmente bochornoso— juicio a Calamaro por su frase “me estoy sintiendo tan a gusto que me fumaría un porrito”, el NO recaló en las frases del rock. Desde el “Rompan todo” de Billy Bond a la inefable “¿Se van a portar bien?” de Callejeros, minutos antes de que se desate de la tragedia, marcarían una de esas producciones que seguirán siendo consultadas en el futuro por los rockólogos. La que probablemente nunca se vuelva a intentar es la recordada (e insultada por los ricoteros dogmáticos) tapa “Vuelven Los Redondos” para el Día de los Santos Inocentes. Es que aquí nadie es santo, ni mucho menos inocente.

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