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Jueves, 1 de marzo de 2007

Una niña que no es niña, ni inocente

 Por Martin Perez

Vaya uno a saber si, como dice el tango, veinte años no son nada. Pero les aseguro que quince impresionan. Al menos para un periodista de rock, que creció haciendo crónicas sobre un género que hizo causa eso de “vive rápido, muere joven y tendrás un cadáver bien parecido”. Un suplemento de rock semanal tiene, casi por definición, una vida rápida: cada semana hay que hacerlo de nuevo. Pero eso del cadáver bien parecido suele estar destinado a las revistas del medio, muchas de las cuales han hecho historia, y uno se ha acostumbrado a hojear sus viejos ejemplares como quien recorre un cementerio de tarde, pensando más en el paseo que en la conmemoración. Aunque hay suplementos semanales refugiados en diarios que han muerto jóvenes, claro que sí.

Vuelvo al tema mencionado al comienzo de estas líneas: cumplimos quince, y si no hay fiesta es porque la niña no es niña, y jamás tuvo inocencia alguna. Y, en mi caso, porque de adolescencia no hay nada, quince años son demasiada adultez, y si hago cuentas, arranqué en este suplemento con veinticinco y ahora... no, mejor no hacerlas. Mejor quedarse recordando esas cosas que, quince años después, ya no están.

Ya no está la máquina de escribir donde tipié mi primera nota, un reportaje a los Bersuit Vergarabat, que habían editado su primer disco. Quince años atrás, las primicias las escuchábamos en casetes que conseguíamos en las discográficas. ¿Cómo olvidar aquel con el adelanto de Vauxhall and I, de Morrissey, que fue nota en un suple y que codiciaron tanto Fabregat como Andrade? Pero me acuerdo también de otras cosas que no cambiaron de entonces a ahora. La Bersuit, por ejemplo, insultando a Menem quince años atrás, poniéndose en malla en el Riachuelo para putear por la Argentinidad al palo y con contaminación. O si no Charly García, al que recuerdo haber ido a ver muchas veces, siempre sin tener en claro lo que iba a pasar ahí. Tanto entonces como ahora.

De hecho, tengo que agradecer al NO haber terminado cubriendo una extraña feria provincial en San Luis, donde cerraba Charly. Estuve allá un fin de semana sin hacer nada, dando la vuelta al perro como cualquier puntano, e incluso recibiendo comentarios ridículos de Pancho Dotto —que había llevado a sus chicas hasta allá— del tipo: “¿Sos de Página? ¿Qué hacés acá? Ustedes deberían cubrir sólo marchas y protestas...”. Pero valió la pena, porque pude ser testigo de ese día en que pudo suceder la catástrofe, pero Charly nos salvó a todos. Sí, Charly.

Porque, en un momento del show, la gente de las primeras filas comenzó a sacar las maderas que hacían de vallas de contención, y las fueron pasando por sobre sus cabezas hacia atrás, hasta que caían, inútiles, allá en el fondo. La seguridad se preparaba para reprimir, pero Charly los echó. Y, ya sobre el escenario, le dijo a la gente, con una sonrisa: “Vengan”. No me voy a olvidar más: el público se asomó casi literalmente al escenario, como una fiera. Pero se quedó ahí, en primera fila, viendo a la verdadera fiera hacer su show completo, con rotura de teclados y bajada de lompas incluida. Lo adoraron. Lo vi desde arriba del escenario, al lado de Fernando Bravo, presentador del evento. Cuando salía, después de su arrebato, Charly abrazó a un Bravo que por su rostro pensaba que estaba recibiendo el abrazo del tigre, pero en cambio recibió una palmadita del hombro: “¿Viste que todo iba a salir bien?”, le dijo Charly con una sonrisa. Cuando empecé a escribir estas líneas no sabía qué iba a recordar. Salió Charly. Salió en el NO. Feliz cumpleaños, muchachos.

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