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Jueves, 17 de mayo de 2007

LA QUIJOTADA DE BLACK REBEL MOTORCYCLE CLUB

“El capitalismo destruyó la cultura”

“El suicidio es fácil, ¿qué pasó con la revolución?”, se preguntan los BRMC en una de las canciones del magnífico cuarto álbum de la banda, llamado Baby 81. Todavía no se sabe cuándo se editará en la Argentina.

 Por Roque Casciero

Cuando los conocimos, los Black Rebel Motorcycle Club eran tres veinteañeros de San Francisco con raros peinados viejos, cuero negro y jeans gastados por el uso, y un sonido que cruzaba a Jesus & Mary Chain con My Bloody Valentine. Fue durante la explosión del retro rock que le siguió a la aparición de los Strokes, en aquellos días en los que parecía no haber nada más cool en el planeta que Julian Casablancas y Jack White. Por entonces, los BRMC se envalentonaban y arrojaban la pregunta como un tiro al corazón de una generación perdida entre la abulia, el bling bling y el consumismo: “¿Qué le pasó a mi rock and roll?”. Siete años más tarde, el trío compuesto por Peter Hayes (voz y guitarra), Robert Been (bajo y guitarra) y Nick Jago (batería) sigue cuestionando al estado de las cosas, pero desde una óptica de madurez que no les ha hecho perder la enjundia guitarrera: “El suicidio es fácil, ¿qué pasó con la revolución?”, plantean en Berlin, una de las canciones más urgentes del cuarto y magnífico álbum de la banda, Baby 81. El disco, que por ahora no tendrá edición local, se llama así como referencia —”para que cada uno se forme su propia idea”, según el guitarrista— a Abhilasha Jeyarajah, un bebé que sobrevivió al tsunami de diciembre de 2004. Al principio nadie podía identificarlo, de ahí el nombre de “bebé 81”, y nueve parejas lo reclamaban como propio. Finalmente, análisis mediante, Abhilasha se reencontró con sus verdaderos padres.

Baby 81, el disco, es un nuevo paso adelante para los BRMC, aunque los muchachos tienen sus detractores, que consideran que lo suyo es sólo una pose. Es comprensible: no todo el mundo está dispuesto, en pleno 2007, a escuchar que un rockero diga que se dedicó a la música con la utópica y sesentista idea de cambiar al mundo. Que es precisamente lo que asegura Hayes: “Todavía tenemos la misma opinión, aunque no queremos forzar ese pensamiento en nadie más. A veces decir eso suena a ‘somos mejores que el resto’, pero no tiene nada que ver con eso. Simplemente estamos tratando de descubrir qué es lo mejor para nosotros. Y pensamos que lo mejor es vivir en el mundo en el que queremos vivir, lo mejor que podamos, y dejar que los demás respiren. Queremos llegar a las personas de a una. Y si lo logramos con todas, con suerte se producirá un cambio”.

La idea, entonces, de los BRMC pasa más por inspirar a un cambio personal que por imponer grandes slogans. “Queremos ayudar a que exista otro modo de pensar, porque parece haber una carencia de cultura”, explica el guitarrista. “Antes la cultura era el arte de una nación. El arte es cultura. Y eso parece estar desapareciendo. No hablo sólo sobre música sino también sobre poesía y pintura. Todo el arte. Nosotros hacemos música, así que supongo que en parte venimos de ahí. Pero la cultura ha sido destruida por el capitalismo y en parte es culpa de los músicos. Cuando ves a alguien con doce autos en su garaje, pensás: ‘Mierda, ¿para qué los necesitás?’. Eso es el capitalismo. Eso es el dinero. Y no está bien, sencillamente. No es el modo en el que quiero vivir. Y estamos buscando personas que piensen del mismo modo y tratando de darle una voz a ese pensamiento, porque no escucho una voz que lo exprese. Simplemente no la escucho. ¿Dónde está? Así que pueden estar seguros de que yo voy a hablar sobre eso.”

Las estrategias sónicas de BRMC cambiaron en el tiempo que llevan en la ruta, especialmente a partir de la situación en la que se encontraron después del segundo disco, Take them on, on your own: se quedaron sin sello discográfico y sin batero, porque Jago tuvo problemas con drogas y alcohol. Entonces, la dupla Hayes-Been se jugó con un trabajo de quiebre, Howl, en el que se desenchufaron para explorarse a sí mismos en el blues, el gospel y el folk. Afortunadamente, el batero regresó a tiempo para tocar en una canción. El álbum fue de lo mejor (sino el mejor) de 2005. El flamante Baby 81 empezó a gestarse en esas mismas sesiones en las que la electricidad se había cambiado por la introspección y la búsqueda de la canción en estado de desnudez.

Toda una paradoja, porque el nuevo disco es, a primera escucha, otro rayo que parte los parlantes a puro guitarrazo. El mejor ejemplo es American X, nueve minutos de pura intensidad, con varias capas de guitarras, cruza entre los Jesus & Mary Chain con Spacemen 3. “Iba a llamarse American Sex”, recuerda Hayes. “Robert tenía en mente la idea de por qué los seres humanos estamos obsesionados con el sexo, y de por qué al mismo tiempo es un tabú y una constante en todo. Cuanto más se metía en ese pensamiento, más se convertía en algo político. El intentaba reacomodarlo para que no lo fuera, pero no había forma. Ahí se convirtió en American X.”

Pero en cuanto se le presta más atención, en Baby 81 se encuentran todas las lecciones que el trío aprendió con Howl: las canciones respiran de otro modo. El álbum abre con Took out a Loan, perfecta amalgama entre el blues y el garage, lo mismo que 666 Conducer. En Weapon of Choice brillan guitarras acústicas antes de un estribillo a lo Foo Fighters, y en Window el pulso está acentuado por un piano que hace pensar en Oasis pensando en Lennon. All you Do is Talk tiene un aire gospel que recuerda a otras épocas de U2 y Am I only, que cierra el álbum, es una vieja perlita acústica que la banda no había podido hacer encajar en ninguno de sus discos anteriores. “Durante Baby 81 me obsesioné con la idea de crear una extraña profundidad dentro de la música, tan profunda que pueda verse”, afirma Hayes. “Es muy difícil, no sé cómo lograrlo y no creo que lo hayamos logrado todavía. Pero nuestra intención es crearlo.” En eso están los BRMC. Y es un gusto acompañarlos en su quijotada.

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