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Jueves, 12 de julio de 2007

CRONICA DEL RODAJE DE “UNIDAD 25”, DE ALEJO HOIJMAN

El reino de Dios

El penal evangélico ubicado en Olmos se propone como un espacio para el encuentro con Dios. Entre “religiosos”, “cómodos” y “refugiados”, un film documental recién terminado muestra la conversión de los recién llegados.

 Por Mariano Blejman

Dios tiene su cárcel propia. Para encaminar a las ovejas descarriadas (chorros, malandras, violadores, estafadores, asesinos seriales, policías sin ley y matadores ocasionales) más vale juntarlos a todos, y ponerlos a rezar hasta que aprendan. Y si no aprenden, que se vayan.

Es una vieja costumbre política: en menesteres terrenales, Dios usa siempre intermediarios. Para enseñar su palabra, en cambio, usa otra gente: pastores, siervos, y también guardiacárceles y directores del servicio penitenciario. Tarde o temprano, todos hacen su Penitencia.

La Unidad 25 del Penal de Olmos se ha convertido desde hace unos cinco años en una especie de residencia que recibe presos evangelistas, en principio, de otros servicios religiosos de otras cárceles argentinas. Un rejunte de esfuerzos que pretende congraciarse con Dios (y la sociedad, dicen; y la reinserción, aseguran) después de haber metido la pata. En la Unidad 25, la consigna es servir a Dios. Un régimen de curiosa convivencia y aprendizaje, donde el grado de seguridad ha bajado a niveles increíbles.

Pero, con Dios en el ambiente, es cuestión de ver para creer.

En el medio, también, apareció Alejo Hoijman, documentalista, que conoció el “caso” de la cárcel evangelista por una nota periodística, y decidió meterse en el corazón de los internos, para retratar en vivo y en directo la “conversión” de un preso recién llegado. Estuvo seis meses en el riñón de la redención, y registró cómo la conducta de sus retratados fue mutando desde la llegada inesperada a una cárcel después de recorrer todo tipo de institutos mayores y menores.

El rodaje de la película documental Unidad 25 acaba de terminar. Ganador del Buenos Aires Laboratory (BAL) en el pasado Bafici, el film se abre caminos con la presencia de Lagarto Cine, bajo el mando de Hugo Castro Fau. El talento del director ha sido permanecer durante un buen tiempo en compañía de los reclusos hasta desaparecer finamente del entorno. De tanto estar, la cámara se convierte en una presencia invisible, ante el consenso generalizado de que se está haciendo historia. Y, así, la llegada de reclusos vírgenes de fe queda impactada en el High Definition de Hoijman, capaz de ver aquello que sólo se ve con el tiempo. Mucho tiempo.

Cuando el NO visita el penal, transcurre uno de los últimos días de rodaje de Unidad 25, y el equipo liderado por Hoijman se prepara para las últimas tomas. Es una media decena de hombres conformada entre productores, sonidistas y el realizador, que se han ganado la confianza de los reclusos después de tanta convivencia. “¿Sabés qué? Ellos se vinieron a pasar Navidad y Año Nuevo con nosotros”, cuenta Simón Pedro, que recién alcanza la mayoría de edad, y ya lleva demasiadas cruces en su barrio de afuera. Pero aquí, se sabe, las cruces son distintas.

El Tío Lucas tiene una pinta de psicópata de vacaciones. Abrazó a Dios después de unos cuantos años recorriendo la oscura senda del delito; pero ahora es pastor de la cárcel-iglesia. Un pastor no-mentiroso. Es el que ordena cómo son las cosas, el que decide sobre los demás y el informante sobre las acciones que podrían poner en peligro el delicado equilibrio reinante. El rol del Tío Lucas es el de guardián de un poder enmascarado bajo otro poder: no tiene control legal sobre los reclusos, pero tiene un poder real sobre futuras posibles conductas. El Tío Lucas recibe a este cronista vestido de elegante sport (un buzo y pantalón del tipo Adidas) que le cubre todo el cuerpo –quemado casi por completo–. Es él quien explica la metodología por la que tiene que pasar el recién llegado, para poder pasar sus días en el reino de Dios.

El Tío Lucas, representante de Dios en la Tierra, explica que para quedarse aquí hay que participar de las oraciones organizadas en cada pabellón; pero antes de eso, el recluso pasa un período en la zona de observación, hasta saber si se integra a la metodología organizada por los pastores, o es “devuelto” a su lugar de origen, sin posibilidad de repetir el intento. “Acá hay presos que salen libres y vuelven a la noche a dormir o a saludar”, cuenta el Tío Lucas, y no es el cuento de ningún tío.

Los datos son alentadores: según cifras oficiales, el índice de reincidencia de los que salen de la Unidad 25 es de menos del 5 por ciento. La llamada “fábrica de delincuentes” –como se las conoce habitualmente a las cárceles– es, entonces, una de las que menos “produce” en el país. En ese contexto, la cámara de Hoijman muestra ese lugar que asegura que el diablo fue un ángel de Dios. Y está dispuesto a hacerle la guerra en la tierra. “Dios te quita la venda que te puso el diablo”, dice el Tío Lucas. Y quién va a refutárselo...

Hay una escena escalofriante de Unidad 25, que no tiene que ver estrictamente con el nudo dramático del documental, pero sí sirve para entender la lógica carcelaria. Es un larguísimo plano secuencia que comienza en el momento en que un guardiacárcel va a buscar a un detenido en su último día de prisión, y lo acompaña desde la pieza hasta la salida. Una respiración permanente del recluso, un caminar cansino y presuroso; uno y otro silencio seguidos de suspiros, y por fin ese afuera oscuro y tardío, donde los hombres aislados se encuentran con ellos mismos.

El diablo está al acecho. Es un deber de los integrantes de la Unidad 25 resistirlo. Y es mejor encontrarse con Dios al amparo de las rejas que dejan pasar el frío, pero no al diablo. Por eso, entre otras cosas, los 250 presos se levantan a rezar a las 6.30 de la mañana, y empiezan, como dice Simón Pedro, “a clavar mucha rodilla”. Luego hay talleres de carpintería, cocina, teatro, cursos de escuela primaria, y un régimen de visitas mucho más laxo que en el resto de los penales. A la hora de buscar la salvación, el espiritual no es el único motivo que los acerca: los reclusos se dividen de algún modo entre los “religiosos”, los “cómodos” y los “refugiados”. En ese sentido, los pastores saben que el gancho está en la redención. “Salvarte” tiene un precio: sólo es cuestión de asegurar haber encontrado a Dios en el camino. Mientras tanto, la Unidad 25 es una especie de peaje. Y la mirada de Hoijman, en el medio, es algo así como la cámara de ese olvidado peaje de una aterida ruta provincial.

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