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Jueves, 31 de julio de 2008

ALEJANDRO SOKOL SE HINCHó LAS PELOTAS

“Puse otra sucursal”

El ahora líder de El Vuelto sigue sin querer hablar de su alejamiento de Las Pelotas, pero desnuda, en cambio, que le gustan las máquinas y los DJ’s, que quiere divertirse y hacer algo de rocanrol. “Siempre fui pobre y feliz”, dice en una larga charla con el NO.

 Por Cristian Vitale


Foto: Guadalupe Lombardo

Con Sokol nunca se sabe. Pasó una hora del momento pactado para el encuentro con el NO, y no hay señales de aparición. Hace frío. Los trenes paran en la Estación Rubén Darío, devuelven trabajadores a los suburbios y se van. El centro de Hurlingham, en invierno y a las ocho de la noche, es un lugar fugaz: el paseo Florido está despoblado, y uno de los pocos lugares que registra presencia humana fija es Jack, algo así como el eje de operaciones del Bocha, desde que dejó Las Pelotas. El bar está en el medio de la galería, cerca de una encrucijada ideológicamente mortal: Jauretche y Julio “Argentino” Roca. “! Este Alejandro!... tarda pero viene, eh”, comenta la mesera al paso. “Llamen un toque antes de llegar así lo voy despabilando”, había advertido el manager. Así es Sokol. El Sokol que todos conocen. El Sokol de la gente. “¿Todavía no vino?”, pregunta alguien por ahí, al detectar un ánimo impaciente. El momento, igual, se sostiene. Hay Fernet del rico y en el bar están pasando una versión de La noche que derrotaron al viejo Dixie, de Bob Dylan, cantada por Joan Baez. Un lujito.

Finalmente irrumpe. Secundado por una mini comitiva integrada por el Gordo Gaby –manager, pero además productor, despertador, pulmotor y sostén humano del cantante– y alguien que nunca dice quién es. “Ey, qué hacés ojos lejos”, saluda el Bocha al de seguridad, tras el enorme ventanal que divide el adentro y el afuera. Acto de presencia. Su movimiento, en la zona, es como el de un pez en el agua. No nació en Hurlingham pero vive ahí desde los seis meses. Moró hasta los 24 años en una casa que quedaba a 20 cuadras de la estación. “Atrás de la Good Year –señala y sigue–, antes que todo esto se pueble como está, mi casa se veía desde la estación. Esto estaba lleno de verde, árboles y terrenos despoblados. Era un campo bárbaro.”

Pese a un devenir rockero-errante que lo paseó por Nono algunos años, otros por Chivilcoy, Sokol jamás perdió el sentido empírico de la pertenencia. Está naturalizado con el barrio. “Es mi pueblo, estoy cómodo. Yo pienso que el barrio une, genera una amistad enorme. No podés ni querés dejarlo así nomás. A los 20 años yo era como un barriletito, andaba vagueando por estas calles, tocando la guitarra y hacía mucho que no estudiaba. A los 16 conocí a Germán (Daffunchio) y después, la historia oficial: Timmy, Luca, Arnedo... a los 20 arranqué con Sumo: era tocar, descargar y cargar equipos, emborracharse, jugar, divertirse. Por suerte, sigo siendo así.”

–¿A Luca lo conociste acá, no?

–Sí. Me parecía un tipo extraño, tal vez porque venía de afuera. Tenía una actitud muy sufrida, como si tuviera una revolución por dentro que no podía sacar. El primer saludo fue amargo, después le caí bien y terminamos siendo amigos.

–¿Amigos?

–No como los del barrio. A mí, para contar los amigos me sobran los dedos de una mano. Fue buena onda, una cosa de compartir momentos juntos.

No es la intención repetir el devenir de Sumo. Apenas, que Sokol fue el bajista de la primera formación (con Daffunchio en guitarra y la inglesa Stephanie Nuttal en batería), que debutó a principios de 1982 en Caroline’s, un bar extinto de El Palomar; que pasó a la batería cuando Nuttal regresó a Londres dejándole el bajo a Diego Arnedo, otro pibe del barrio; y que permaneció hasta el viaje de Luca a Inglaterra, en 1983, cuando sólo había un registro sonoro multiplicado por 300 casetes: Corpiños en la madrugada. “Yo creo que hoy me está pasando lo mismo que en los principios de Sumo. Con El Vuelto existe ese clima onda ‘vamos a divertirnos, a tocar’. Es una banda de rock cruda, abierta y espontánea. Yo pienso que ser rockero es, principalmente, hacer música. Y, paralelamente, ser una especie de expositor de lo que es la calle, la gente, los pibes”, compara.

Al vuelto, entonces. Desde que dejó Las Pelotas (tras 17 años y 9 discos), Sokol profundizó y organizó –dentro de lo posible– un proyecto que antes se desarrollaba a cuentagotas, en los resquicios que le dejaba su trabajo profesional. “Cuando Las Pelotas me daba un espacio, yo hacía mis fechitas”, evoca. El Vuelto, integrado por los hermanos Gustavo y Damián Bustos, más Nicolás Angiolini, Lucas Mamani, Sebastián e Ismael Sokol, su hijo mayor, es un conglomerado caótico, de sangre joven que, en cierto sentido –sí–, se espeja en los desbandes del Sumo inicial. El Gordo Gaby, que trabajó con Las Pelotas mientras duró Sokol, relata pormenores bizarros que suceden en los radios de acción: Laferrere, San Justo, San Miguel, Villa Tesei... estos pibes toman los lugares por asalto. Nosotros, con Las Pelotas, ya hicimos la experiencia de tocar para miles de personas. Ya está. Ahora, vamos a lugares de 300, 400 personas y la pasamos bien. Marilyn (San Justo) es como la casa del Bocha, viste... hace lo que quiere y Electricity de Lafe también. Los shows son caóticos, tienen fuerza.”

El repertorio de la banda “recupera” viejas canciones del acervo Sokol modificadas, despojadas y nerviosas: Ovejas, Escaleras, Muchos Mitos... más clásicos inoxidables de Sumo Heroine, DeBeDe mechados con covers de Pink Floyd, Bowie, algún tema propio (Cría de lobos) o The Beatles. La versión de Come Together suena impecable. “Los Beatles fueron los primeros para mí. Cuando tenía 13 años, me armaba baterías caseras y tocaba sobre las canciones, que ponía en un wincofón. Luego, se me había dado por la guitarra, empecé a tocar folklore pero me aburrí del método de enseñanza, la tiré arriba del ropero y la volví a agarrar años después”, cuenta.

–¿Con qué objetivo?

–No sé. Empecé a tocar canciones de Sui Generis. Me acuerdo que cuando conocí a Germán le enseñé a tocar Confesiones de invierno (risas). El siguió perfeccionándose y yo nada más la rasco lindo, para acompañarme.

–Se sabe que te cuesta hablar del tema, pero ya pasó un tiempo y por ahí la cosa está más calma. ¿Por qué dejaste Las Pelotas?

–Por diferencias entre ellos y yo, que no pienso contar nunca. No es un tema musical, es muy personal.

–¿Te costó irte?

–No.

–Sin embargo, en el recital despedida se te vio mal, con poco brillo...

–El recital fue con poco brillo. Estaba todo medio tenso, incluida una carencia mía: no me sale el hecho de sonreírte por sonreírte, viste... dije ‘éste es mi último show’, ya estaba definido. Fue todo muy deslucido y triste. No mostré un diente (se ríe). Igual, Las Pelotas implicó un desarrollo enorme como artista. Aún no llegué a todo, pero la banda me sirvió para aprender a cantar como un autodidacta. En este sentido, estoy agradecido a la banda. No reniego de lo que significó para mí.

–¿Musicalmente?

–Claro, canciones que son increíbles como Corderos en la noche, Día feliz, Hola que tal, Ya no estás o Puede ser, un tema marchoso, muy lindo para bailar. Igual que Veo llover. Bailar es dejarse llevar, viste. Me acuerdo que en el primer recital de Las Pelotas, yo andaba con el pelo corto y alguien del público me gritó “¡Aguante Bocha!”, ahí nació el apodo.

–¿A qué viene la anécdota?

–Porque ese día, en Halley, estaba duro como el pie del micrófono (risas)... tenía un miedo que ni siquiera bailé un paso. Después empecé a mover la patita y chau, me largué.

–¿Bailás siempre o sólo cuando tocás?

–Siempre. Me encanta ir a las discos... me pongo al lado de las cajas y bailo horas. Voy exclusivamente a bailar y me copa la música de los Dj’s.

–Qué loco... no das con ese perfil.

–Es que no es todo igual, como piensa la gente. Hay cosas que son comerciales, muy malas, y otras que son locas. Muy buenas. Se alejan mucho del rock y está bueno, porque hacés otra cosa: bailás y te divertís. Las máquinas son alucinantes, hacen música, crean climas y sensaciones, si las sabés usar.

Las referencias de Sokol hacia Las Pelotas intentan ser elípticas. Veladas. No queda claro si esta posición que habla de saber usar las máquinas alude, irónicamente, a la última etapa de la banda, o no. Sí aclara más que oscurecer cuando contrasta profesionalismo versus diversión; alegría versus dinero. “Esta es una época de cambio y renovación: es volver a la sangre, a la fuerza y a la libertad. No importa ensayar mucho ni brillar. Puede haber vestuario, escenografía, lo que sea, pero lo importante es hacer rock. Yo no hago números... siempre fui pobre y feliz, así que no me importa eso.”

–Clarísimo el objetivo con El Vuelto, al menos por ahora...

–El fin es crecer. Queremos desarrollarnos con la banda. Esta es una banda de rocanrol... no hay teclados, no hay máquinas. Pura guitarra, bajo, batería y voz. Pretendo que siga así, si se puede, por siempre, la cosa cruda. Lo digo de nuevo: esto no es por el dinero, ni por la figuración: si no se pierde la alegría de laburar en equipo, de divertirse y empiezan las cosas de mierda. Cuando empieza eso yo corto, o corto cabezas. No me gusta.

–¿Favorece estar rodeado de pibes jóvenes?, ¿importa que tengas 48 y el resto no?

–No (risas). El entusiasmo es otro. Igual, en todos los proyectos, yo siempre soy el más viejo. Creo que a esta altura nací viejo.

–Ismael, tu hijo, tiene 24... ¿todo bien con él?

–Es muy buen violero, muy inteligente pero cuando está bien. Cuando está pasado de alcohol, la cosa cambia. Tratamos de que esté bien... a veces lo logramos y a veces no. Lo amo como hijo, pero lo quiero en la banda no por eso sino porque es un excelente guitarrista, te agarra un equipo y una guitarra chota y te saca sonidos únicos. Tiene mucho feeling. Se combina muy bien con Gustavo, con tres o cuatro cositas, ellos te hacen un quilombo. Sebastián en el bajo es como Arnedo y Damián es de la escuela de Gil Solá. ¿Sabías que antes estaba Catriel (Ciaravella) con nosotros?

–Sí.

–Me lo sacó Divididos... ¡ya los voy a agarrar! No, es un chiste, che. Mata que esté tocando con ellos.

–Mucha gente se queja de que te hayas ido de Las Pelotas. Sufrió como una especie de pérdida de identificación con la banda, sobre todo los viejos fans. ¿Qué les decís?

–Los sigo viendo... me vienen a ver siempre. Digamos que se expandió el supermercado: puse otra sucursal.

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