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Jueves, 21 de mayo de 2009

DOñA MARIA

Nos han dado la máquina

Una de las bandas con más proyección en el neo-folk urbano.

 Por Cristian Vitale

El mantel de la mesa del bar tiene un lamparón de cerveza. Huele a rancio. María José y Sergio se sientan pegados, ropa a ropa, y reparan de inmediato en el detalle: “Por favor, que cambien esto”. Es de tarde y tienen el olfato tibio. Tienen la idea fija de clavarse un tostado con café con leche. Nada de alcohol. El mozo saca el mantel, ordena el menú y llega el sandwich. Es de jamón cocido y queso. “Por ejemplo, ¿esto es un tostado o un sandwich caliente?”, tira él, onda alegoría al paso. Ahí está: es otra forma de explicar, por asociación libre, si la música que hace Doña María (ambos, más Fernando, Juan Ignacio, Marcelo y Raffa) es folklore o no. Cuesta. Doña María –enmarcado como uno de los grupos de neo-folklore más importantes del momento– no es, por definición, una agrupación típica onda “nueva camada de tal género”. Es muchas cosas a la vez: una amalgama de ritmos. Un universo sonoro en gestación. Una arriesgada reinterpretación del cancionero latinoamericano. “¿Dónde nos ponemos? No sé, y tampoco nos importa. Tal vez mañana aparezca alguna góndola que nos identifique como tendencia, o género. Por ahora no pasa.” Sigue Sergio: “Folklore nuevo es Juan Quintero, un tipo muy natural a quien admiramos y respetamos, pero no nosotros. De hecho, la banda comparte fechas con bandas de rock. Funciona en los dos ambientes sin ningún problema”.

Ordenando: Doña María funciona como una multiprocesadora de sonidos capaz de captar un mundo ecléctico de receptores. Sergio es contrabajista. Y el enorme instrumento, de por sí, propone un guiño atemporal en cada puesta en vivo. Sorprende. “El contrabajo suena a contrabajo, ¿sabés? Pero está utilizado de una manera diferente. La cosa es buscarle la vuelta a cómo utilizarlo sin cambiarle la sonoridad. Es el único límite estético que le pongo”, explica. Lo mismo pasa con las voces. María José es dueña de una voz fresca, versátil, adaptable a múltiples formatos: una zamba, una cumbia, una chacarera, un huayno, una baguala.

Apta, en su totalidad, para revisitar un antiguo canto con la melodía puesta en la voz, que Isabel Aretz recopiló en su recorrida etnomusical por el Noroeste argentino, en 1952. “Ya me voy.” Tanto como para sobrellevar con enorme gusto Fuego de Anymana, la hermosísima La diablera, Vidala del monte –tomada de De Ushuaia a La Quiaca–, o el remix que lleva el nombre del grupo, mientras una segunda voz (la de Fernando) rapea e improvisa en cualquier momento. Propone giros inesperados.

lo singular en Doña María está dado también en los contrastes. A una nena –devota de Leda Valladares– con voz de bagualera, el rapero y el contrabajo, se le suman el buen tacto guitarrístico de Juan Ignacio (Juanito el Cantor), el djembé y el bombo legüero de Marcelo; pero se le opone la presencia de Raffa, el Dj de Nuca. Sampler y scratch. Música electrónica. Programaciones. Tierra y máquinas. Mundos en tensión. Lo viejo y lo nuevo pasado por el tamiz de la música popular latinoamericana. “Hay gente que no se acercó nunca al folklore, y como no hay un formato muy típico, muy tradicional del género en lo que hacemos, se acercan y les gusta”, señala María.

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