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Jueves, 28 de enero de 2010

AGUAS (RE) FUERTES

Skate: patinar no es un crimen

 Por Facundo Di Genova

¿Acaso los surfistas se quedaron sin agua alguna vez? Bueno, los skaters andan sufriendo una sequía que lleva ya décadas. Andan secos de skateparks, che. Macri ponete las pilas, vieja. Se va pudrir con vos. ¿Qué pasa con el Parque Sarmiento? Lo destruyeron como a Kosovo, y ahora nadie hace nada. Una lágrima. Hagan un skatepark público ahí, loco, si les sale monedas, eh. Dos pesos. El circuito de Munro de hace dos décadas, sus ollas y ollones, hoy son un sueño eterno, la meca perdida, un paraíso imposible. Las construyó un loco durante el premenemismo, y todo lo demás ya lo sabemos. Ahora no hay nada parecido. Jorge Ladas Amarilla, que andaba por ahí cuando era un piojo, y que ahora es uno de los mejores skaters old school del país, junto con la Asociación que nuclea a los patinadores, ha elevado proyectos una y otra vez para construir una pista en el río de Vicente López, o en cualquier lado, y rescatar a los pibes que andan en cualquiera. Que se entienda: andar en patineta es más flashero que fumar cualquier porquería. El Japo García, intendente vitalicio del partido, ni cargo se hace. Dos monedas le saldría. Lo que pasa es que la estética skater les suena a desvío, a suciedad y mala fama, medio falopa, viste, cuando en realidad no hay nada más incompatible que una tabla de skate y los estupefacientes; por caso, un escabio, o un porro. Fumate uno y ponete andar. Te vas a la mierda enseguida. Será que el patear la patineta –el skateboarding– es un arte y un deporte menos elitista de lo que parece. Popular, seguro. Cachivachero. Muy social. Nadie anda solo. Se sale en rancho. Y acá tiene historia. Y mucho código. Más de veinte años de historia tiene. Recuérdese a Luchito –que en paz, y con una tabla bajo sus pies, descanse–, Rolf Durrieu, Javier Ferrari y Pablo Ipucha: la rompían, cada uno con su estilo en el half de Ciudad Universitaria, allá promediando los ‘80. Preguntarle a Walas de Masacre, si no. En Buenos Aires, pero también en Córdoba y Mendoza, hay más skaters que corredores palermitanos, eso seguro. Pero a los corredores les hicieron un puentecito relindo. La gente del conurbano lo sabe. Los fundadores de las tablas Cara de Pito también. La gente de la ciudad ni hablar. Hay mucho cemento, pero poco para surfearlo legalmente. ¿Se entiende? Todo de camulina. Medio de guerrilla. Hay que saltar (y asaltar) escaleras y barandas, escalones y caños, y replegarse antes de que vengan las fuerzas del orden. Ojo, se va evolucionando, y no sólo porque ahora las ruedas son más chiquitas. El viejo slogan “skate & destruction” cambió por el de “skate & create”. Es un avance. Igual hay que decirlo. Patinar no es un crimen. Eso para los oscurantistas de siempre. Que hay muchos. En Florida, en una iglesia de Melo y Panamericana, hay un cartel de advertencia. No dice “prohibido comerse pibitos”, “meter caño” o “soplar poxi”. Dice: “Prohibido andar en skate”. Copado.

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