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Jueves, 3 de junio de 2010

UNA PELICULA SOBRE EL HOMBRE DE LOS PINGüINITOS Y LOS HOMBRES CON SOMBREROS

Estación de Liniers

El reconocido dibujante –que surgió de las entrañas del NO con Bonjour– sigue cosechando elogios, incluyendo el visto bueno de Matt Groening. Su vida, en la película Liniers: el trazo simple de las cosas.

 Por Federico Lisica

Cuando Ricardo Siri estudiaba junto a sus compañeros de primaria las Invasiones Inglesas, se le hinchaba el pecho de orgullo. Pero sólo “dos” clases después, al aprender sobre la Revolución de Mayo, este descendiente directo de Santiago de Liniers volvía a su casa con un dolor en el pecho. Por alguna razón es muy fácil imaginarlo con sus anteojos de marco grueso, cabizbajo, oteando las baldosas, pateando una piedrita en alguna plaza porteña, con un globito por sobre su cabeza que dice: “La pucha”. “Pensaba como que habían fusilado a mi abuelito”, señala entre risas, y con un dejo de tristeza, en uno de los fragmentos más intimistas del documental Liniers: el trazo simple de las cosas.

Su linaje no es ningún secreto –por algo lo eligió como seudónimo para firmar sus obras–, pero el logro de Franca González, la directora, es despojar al artista del personaje que uno puede o, mejor dicho, cree conocer por las viñetas artesanales que comenzaron a circular hace algún tiempo desde las páginas del NO. Otra develación en cámara: Matt Groening se llevó una pila de sus trabajos editados de una librería de Buenos Aires. Basta con googlear Life is Hell para darse cuenta de la influencia del creador de Los Simpson en Siri. Uno más: se lo ve creando de una manera muy directa, “desde el punto de vista del pincel”, o dibujando la pantalla como un Jackson Pollock con el pelo más revuelto. “Me encanta ver dibujar, es como un baile, algo hipnótico. Me acuerdo de cuando en la Feria del Libro lo espiaba a Fontanarrosa para ver por dónde empezaba, por la nariz o por las orejas; después yo hacía lo mismo y me salía un Boogie malísimo.”

–¿Es la primera vez que se te ve trabajando tan en detalle?

–Sí, soy muy fóbico a las cámaras. Y la narración del documental va por ese lado. Ella, intentándome convencer, fue literal; y yo, como la gente bonachona que uno quiere ser, diciéndole: “¿Te parece...? No sé, qué sé yo”. Hasta que me venció en la pulseada.

–¿Qué fue lo que quebró tu reticencia?

–Franca generó mucha confianza en mí, tuvo mucha sensibilidad. Creo que tengo una pulsión diametralmente opuesta a la de mucha gente. Les pasa algo y lo primero que hacen es mostrarlo a las revistas. Nace el bebito y van con el cuasi feto a la tele. ¡Pará un cacho! Yo puedo mostrar cosas mías a través de las historietas, pero no tanto mi intimidad. Lo lindo de Franca es que le interesaba mi trabajo, cómo funciona mi cabeza. Y además venía con un vino, me emborrachaba y ya no podía decir que no.

Más que un testimonio, la película que se estrena hoy comprende una serie de eventos afortunados: cineasta y dibujante –desconocidos entre sí– ganan una beca artística; comparten el mismo techo bajo la cruda primavera de Montreal; se llevan muy bien y ella lo filma como hobby; a la vuelta en Buenos Aires, él se niega a ser objeto de un documental (¿Cómo le digo que no?, expresa el conejito del dibujo en señal de perdón que le da en un bar); lo va convenciendo; él se va haciendo padre, un tanto más famoso, forma parte de la troupe de Kevin Johansen y más; finalmente deja su miedo en el tintero, firma con dibujitos en un colectivo y come tostadas en cámara. Todo bajo el arrope sonoro de Cheba Massolo y las animaciones home made del mundo liniersiano hechas por Pablo Goitisolo.

–Los dibujantes suelen usar seudónimos, casi no se los ve en público... y en un momento que capta la película pasás de las historietas a tocar en vivo, de hacer tapas de discos para Andrés Calamaro a conducir en radio...

–Es que yo soy muy inquieto. Hay una mirada muy conservadora dentro de los artistas: “¿Por qué si éste pinta sube a un escenario? A lo sumo, dentro de lo posible, sufrí en tu casa y pegate un tiro. No te podés divertir”. Incluso yo, por mi timidez, no me imaginaba con una guitarra, hasta que pasé ese umbral; ahora me divierto y no me tengo que pegar el tiro, ¡buenísimo! Lo del documental también fue un poquito así.

–¿Y qué campo te falta cruzar?

–Los chicos de Farsa me ayudaron a cumplir una de mis fantasías. Actúo en la saga de Plaga Zombie: hago de zombie, y no es tan fácil, porque a los dos minutos no podés seguir con la boca abierta y con cara de tarado diciendo: “¡Cerebros!”.

* Liniers: el trazo simple de las cosas se proyecta en Arteplex y Malba.

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