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Jueves, 1 de julio de 2010

CAMILO BLAJAQUIS, DEL AGUANTADERO A PUáN

Los versos inimputables

Estuvo en cuatro institutos y dos penales, y se ganó golpes
y bardos por ser poeta. Pero salió en libertad, editó la revista literaria ¿Todo piola? y su poemario. “No soy inocente –reconoce–, pero el arte puede salvarte.”

 Por José Esses

Camilo Blajaquis luce impecable. Zapatillas blancas, camperita de la selección de Francia. “Esta gana sola”, se ríe y se la cierra hasta el cuello. Toda su ropa es nueva. La vieja ya no le entra o estaba demasiado gastada. Así que, después de cinco años en prisión, invirtió unos pesos en la renovación del placard. “Tampoco creas que mi sueldo me alcanza para tanto”, aclara. Trabaja en la Secretaría de Cultura del Municipio de Morón, en tareas administrativas. “Hago un poco de todo”, resume, claramente más entusiasmado porque el mes que viene abrirá un taller de literatura en la villa Carlos Gardel, su barrio. Su lugar. Ahí se crió y ahí volvió apenas pudo. Cuando cayó preso por secuestro extorsivo, en 2005, tenía 16 y se llamaba César González. “No soy inocente, eso también forma parte de mi vida”, se hace cargo. El secuestro de un empresario brasileño empezó en Ramos y siguió en la Carlos Gardel, donde se sumó a la movida. A los pocos días allanaron la casa y fue condenado a siete años de prisión. “Era un re cachivache. Tengo cuatro balazos de la policía en la pierna derecha, uno en la izquierda y uno en la panza. Así que te podés imaginar lo que era”, diferencia con el hoy el autor que estrenó la firma Camilo Blajaquis en los cuatro ejemplares de su revista literaria ¿Todo piola?

César pasó por los cuatro institutos de menores de Buenos Aires, y estuvo detenido en los penales de Ezeiza y Marcos Paz. En el Instituto Belgrano, un mago que daba un taller le prestó Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. “Me metía fichas, me juraba que me iba a gustar y yo le decía que no me gustaba leer”, recuerda. Pero cuando se animó a abrirlo, el clic fue instantáneo. “No sé cómo explicarlo, me flasheó, sentía que quería saber cada vez más, que tenía que ir para ese lado.” Así se acercó a autores como Roberto Arlt y Baruch Spinoza, y ya nada fue igual. “La lectura me ayudaba a encontrar aire, significó una ruptura. Empecé a darme cuenta de para qué mierda tenemos la cabeza y la empecé a usar un poquito. Soy alguien completamente distinto.” El cambio fue tan profundo que incluyó su nombre. “Quería uno artístico para mis primeros escritos, porque César González me sonaba muy común.” Se inspiró en el revolucionario cubano Camilo Cienfuegos y en Domingo Blajaquis, un militante peronista cuyo asesinato fue investigado por Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?

Su revista literaria ¿Todo piola? fue editada mientras estaba encerrado. El título de la publicación esconde algo más que una simple pregunta. “Es una muletilla, pero quiero ir más allá. ¿Realmente está todo piola como nos lo venden? Todo piola las pelotas, una mierda está todo piola, está todo re mal. ¿Sabés cuánta gente está sufriendo y no la vemos? ¿No ves lo egoístas e indiferentes que somos?” El nuevo César, activo, curioso y agitador, despertaba odios en la cárcel. Sobre todo en los guardias. “Venían del mismo lugar que yo. Eran villeros y campesinos, pero con uniforme. ¿Vos te pensás que los que me fajaban eran chetos de clase alta?” Los guardiacárceles no entendían por qué César escribía o se interesaba por restaurar una biblioteca, como hizo en el Instituto Luis Agote. “Nunca aceptaron que pensara. Me verduguearon. Me decían que era una mierda, una escoria, una lacra social. Me dieron mucho. Este diente me lo rompieron ellos. Me acuerdo bien de la cara del que me lo rompió.”

–¿Qué harías si lo volvieras a ver?

–Le vendo una revista, así ve en qué ando. No es soberbia, pero me llena de orgullo. A pesar de estar encerrado, me animé a otra cosa. A la revista la hacemos entre varios. El sueño es que se transforme en un espacio de expresión para pibes con historias marginales. Uno puede salvarse a través de una manifestación artística. Me encantaría que se convierta en una herramienta de trabajo y que los pibes de la calle puedan vivir de la revista. Pero para eso hay que trabajar, voy a hacer todo lo posible para que crezca porque... ¿qué sentido tiene si me salvo solo?

–¿Vos cuál creés?

–Ninguno. Ya tuvimos tipos que se salvaron solos y que les chupó un huevo su pasado, como el Diego y como Tevez. Tienen millones y millones y no hicieron una mierda por su barrio. Yo no quiero eso. Prefiero la muerte. No quiero terminar como el Indio Solari, aislado en una mansión.

Camilo no quiere más encierros. Ni en cárceles, ni en su barrio, ni en su propia historia. Está dispuesto a hacer lo que sea con tal de seguir en libertad, aunque sea condicional y tenga que ir una vez al mes al Patronato de Liberados de Haedo. “Les digo qué hice, qué hago y qué dejé de hacer”, cuenta con la bronca que le despierta toda autoridad, pero sin perder de vista que en el juzgado aprueban sus nuevos intereses. Salió hace cinco meses y, sediento, puso en marcha varios proyectos. Editó su primer libro de poesías, La venganza del cordero atado, y empezó a cursar Filosofía en Puán. “¿Cuántos pibes tienen título universitario? La exclusión que sufrimos es cultural, no es económica. Ahí sí que estamos adentro, todos queremos guita para las zapatillas, pero lo peor que nos hicieron fue condenarnos a la ignorancia.”

No se siente uno más en el barrio, ni en la facultad. Sabe que su caso es único y llama la atención. “Soy una anomalía del sistema. Es antinatural que un pibe de una villa piense como yo. Recién estoy comenzando mi camino, todavía no llegué ni al 1 por ciento de lo que tengo para dar como poeta. Me interesa aprovechar todo espacio que aparezca en el camino para transmitir un mensaje”, se planta. Presentó el libro en Mendoza y en Buenos Aires. Hace un mes lo convocaron de una parroquia de San Isidro, porque lo habían visto en un programa de televisión y lo quisieron conocer, pero lo primero que hizo fue imponer sus condiciones. “Les aclaré que no quería hablar en la iglesia. No quiero tener nada que ver con ella. Me mandaron un remís, me atendieron re bien, me preguntaban cosas. Los chetos lloraban cuando me escuchaban. Al final me regalaron esta notebook. Ahora cuando quiero escribir, saco la notebook y listo.”

–¿Cómo te sentís en Puán?

–Me encanta el clima de la facultad, pero soy muy crítico de la militancia actual. En la facultad veo banderas, pero no un espíritu revolucionario. De la boca para afuera somos todos revolucionarios, somos guevaristas, pero la onda son los actos, los hechos. Para pretender una revolución, primero hay que revolucionarse a sí mismo, si no, es un absurdo total.

–¿En qué instancia de tu revolución estás?

–En el comienzo; pero no me frena nada, sólo la muerte podría hacerlo. Estoy completamente decidido de hacia dónde quiero ir. Quiero seguir superándome.

–En tu blog camiloblajaquis.blogspot.com recibís muchos mensajes que dicen que sos un ejemplo. ¿Qué les respondés?

–Me generan sensaciones encontradas. Muchas veces depositan toda su fe en alguien porque no se animan a hacer algo ellos mismos. Me dicen “vos sos el ejemplo”, como si me dijeran “sé copado, hacé cosas por los demás”. Generan una figura y te terminan mareando. A mí no me importa lo que me dicen. Les agradezco los mails, uno por uno. ¿Sabés lo que es para un pibe con mi historia que le escriba gente de Zona Norte, de la Villa 1.11.14 o de un barrio de clase media como La Boca? Me gusta no haber generado enfrentamientos, ni discordia, ése es mi mejor premio. Cuando presenté el libro, un periodista me dijo al oído: “Sos la fiel representación del sueño guevarista del hombre nuevo”.

–¿Y vos qué le dijiste?

–¿Te parece?

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Imagen: Pablo Piovanno
 
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