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Jueves, 13 de enero de 2011

VIAJE AL CORAZÓN DE UN ROLINGA

Oioioioi, oioioioi, es el Fer Pita rocanrol

El guitarrista de Heroicos Sobrevivientes es parte de la aristocracia del rolingaje local, una suerte de Iggy Pop más baqueteado que a sus 60 años tiene cantito propio, siete hijos y se bancó una paliza en la cancha de Tigre. “Antes de los shows, tomo la leche”, sorprende.

 Por Jose Totah

El encuentro comienza con un malentendido. Fer Pita, guitarrista de Heroicos Sobrevivientes, llega al boliche a las 23.30 y se topa en la puerta con un grupo de chicas exaltadas, que aplauden y gritan. Creyendo que los vítores son para él, las mira de reojo, con aire seductor, quizá pensando “por fin se me dio”. Pero no: son las fanáticas de la banda que viene de tocar, que esperan la salida de sus verdaderos ídolos. Un poco desilusionado, pero sin que se note, Pita va hasta la boletería y pregunta cómo viene la venta de entradas para su show, ya que se presenta como solista en unos minutos. Aunque puede parecer una escena triste, este tipo es uno de los músicos más queridos del rock local, una mezcla de Iggy Pop baqueteado (sí, se puede) y Keith Richards con 10 años más pero 10 dientes menos, Fer Pita es una leyenda... secreta para muchos.

Quien esté en un bar tomando algo y de repente escuche el cantito “Oioioioi, Oioioioi, es el Fer Pita rocanrol...” sabrá que acaba de ingresar al recinto uno de los aristócratas del rolingaje argento. A sus 60 años, tiene el cuerpo de un lagarto flaco, manso y apaleado, con brazos como cañitas voladoras y una sonrisa de buenazo que dan ganas de abrazarlo, pero despacito para no romperle los huesos ni despeinar su flequillo stone. Si uno esperaba encontrarse con el cliché del viejita arruinado y más allá de su aspecto, Fer Pita no cumple con todas las expectativas en lo discursivo. No es ésta una previa de reviente, en un camarín sórdido y lleno de humo. Para nada. Es una charla en una mesita sobre la vereda del bar de Palermo Hollywood en donde va a tocar en un rato. “Mi previa es muy tranquila: tomo la leche, hago mi siesta, todo muy tranqui. Trato de estar lúcido porque los músicos dependen de mi estado”.

Fer Pita vive en Acassuso, tiene siete hijos, un perro, un gato y jura ser “muy sanito, muy del hogar”. Eso último no suena muy creíble, a juzgar por las risas sofocadas de los amigos que están escuchando la entrevista. “Tuve excesos, no te lo voy a negar, mirá la cara que tengo”, justifica –ese rostro es la prueba del delito, realmente–, pero jura que casi todo es una cuestión de imagen: “A la gente le gusta pensar que estoy hecho mierda; necesitan un rockstar promiscuo que toma drogas”, se desmarca.

“¿No te sentís un poco Pomelo?”, lo pincha el NO, y no se le mueve un pelo de la melena dorada. “Yo creo que Capusotto se burla del rockero soberbio y ése no soy yo sino alguien que todos sabemos; el público quiere ver amor y humildad, no soberbia”, responde. “Estás hablando de Juanse, ¿no?”, pregunta el suple, y el larguirucho devuelve una sonrisa cadavérica.

Cuenta la mitología rolinga que, a principios de los ‘90, a las discográficas no les cerraba que hubiera dos bandas stone en la Argentina, así que apostaron todas sus fichas a Los Ratones Paranoicos. Postergados quedaron los Heroicos Sobrevivientes, que desde entonces cargan con la estampa de loosers. Aunque, a decir verdad, la fama también se la ganaron solitos: hace unos años, por ejemplo, terminaron cagados a trompadas en un show en la cancha de Tigre, cuando tocaron el tema Rojo y negro, que a los barrabravas tigrenses les recordó los colores de Chacarita. También se pudrió todo en el Hard Rock Café, en un recital que tuvo a Andrés Calamaro de invitado estelar. “Esa vuelta creo que se enojaron los patovicas del lugar porque pensaban que la gente iba a romper todo. Nos tiraron gas pimienta, mandaron cinco patrulleros y nos pegaron con caños. Calamaro miraba y decía: ‘Esto es rocanrol’”, recuerda Pita.

La entrevista termina con frases como “con Keith Richards nos conocemos de otra vida y somos almas gemelas”. Después del desvarío, el guitarrista se encamina al escenario. Abajo, una troupe fiel de seguidores de los Heroicos corea cada una de las canciones. Mucho flequillo, jardinerito y zapatillas de lona Topper. Abundan expresiones como “un sentimiento”, “te llevo en el alma”, “sos mi vida” y demás manifestaciones existencialistas.

Cuando Fer Pita toca, hace con la boca un gesto de puchero de nene enojado que le alarga aún más la cara. Dice cosas como “el 2010 fue un año de mierda”, usa chalequito de cuero marrón y pulsera de perlas plateadas. Toma whisky puro e invita a cantar a una rolinga (muy) tetona; y luego a hijos, nietos y primos: una sucesión rolingueril asegurada de por vida. Abajo siguen los aplausos, que esta vez sí son para él.

“Escúchenlo, escúchenlo, escúchenlo / fumando porro, tomando ron / es el Fer Pita, la puta que lo parió”, corean. Y, obviamente, sigue el clásico “Oioioioi...”. Al contemplar la escena, no cabe duda de que se trata de una ceremonia, un ritual privado para no más de 60 personas, una tribu en reconocimiento a su Gran Jefe averiado. Allí cobra sentido otra de las frases del reportaje: “Somos héroes no descubiertos”.

Saliendo del boliche, la boletera regala la última perlita de la noche. “¿Viste la tetona que subió? Es mi hija. ¿Y qué me decís del Tío Fer? Tiene 60 y ahí lo tenés. ¿No es divino?” Seguramente “divino” no sea la palabra, pero definitivamente este hombre tiene algo que emociona. Tal vez sea la atracción que genera el hermoso perdedor o ese cariño que provocan aquellos a los que se les ha negado, por uno o mil motivos, el reconocimiento de una mayoría.

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Imagen: ANDRÈS GHIORZO
 
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