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Jueves, 29 de diciembre de 2011

MAYAS Y MAYOS

Arma tu propio Apocalipsis

 Por Santiago Rial Ungaro

En el Libro XIII de las Anales de Confucio (551 a.C.-479 a.C.), Tzu le preguntó al gran maestro: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? Confucio le respondió: la reforma del lenguaje”. Que 2012 marque el inicio de una Nueva Era o que esta caótica Odisea Cualquierista de 2011 sea o no el fin del mundo en un punto resulta puramente anecdótico o absolutamente redundante: mundos hay muchos, sí, pero están en este. Inventar o aprender nuevos lenguajes es lo único que puede cambiar el mundo. O, por lo menos, ayudarnos a zafar el día. O el año. O el mundo: lo que ves no es sólo lo que hay.

Y lo que hay en los últimos instantes de este 2011 es un enorme anhelo de un Cambio (así con mayúscula), cambio que, por supuesto, requiere en principio de que esa reforma del lenguaje que nos recuerda a esa repentina y mágica (por la instantánea) revolución de la vida cotidiana que planteaban los situacionistas en Europa o los Motherfuckers en Estados Unidos a finales de los ‘60, en forma contemporánea a los pioneros del primer movimiento rockero argentino.

¿Qué mejor para cambiar la forma de pensar que cambiar la forma de medir el tiempo del calendario gregoriano (en parte responsable del caos y la desorganización que genera este calendario actual, regido por lo económico) por el calendario lunar de trece meses de 28 días más un día adicional de los mayas (el 25 de julio, día considerado como el “Día Fuera del Tiempo”? El cambio puede ayudarnos a tener una vida más ordenada, simétrica, sincronizada y linda. Si los mayas (que en realidad tenían tres calendarios simultáneos) creían que el tiempo es la fuerza que sincroniza todo el universo, en los últimos días de este mundo el tiempo se ha convertido en espacio. Ese espacio virtual bien puede ser Internet, ese “accidente de los accidentes” del que habla Paul Virilio y uno de los escenarios del Drama Digital en el que nuestras mentes y sentimientos se fusionan, se mezclan y se confunden en la búsqueda de un nuevo lenguaje: las necesidades de la China de Confucio son las mismas que la de esta Argenchina. O ese espacio real de esta Argentina en la que vivimos, y en el que todos somos lo que pensamos que somos: ni más ni menos. Y es que, a fin de cuentas, el fin del mundo, con todas las profecías cumplidas con creces, quizá sólo sea el fin de un mundo.

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