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Jueves, 29 de diciembre de 2011

LA MILITANCIA

Que se vayan todos

 Por Brian Majlin

¿Cómo describir una historia de la militancia que no redunde en una historia de la Humanidad? La militancia ha sido siempre la historia de la defensa de una idea, de la búsqueda de algo que excede al beneficio personal. O eso se supone. La película El estudiante, que fue furor, y aún lo es, pone de manifiesto algunas cosas sabidas y negadas en los pasillos de la militancia: se milita por convicción, pero también por poder. Se milita por amor y, a veces, por calentura. Pero, ¿qué es eso que calienta tanto hoy —y calentó tanto durante tantos años— y que pareció dormido pero siempre latente durante los dobleces del fin de la historia en los ‘90?

No seamos hipócritas. Hubo militancia juvenil antes de 2006. Hubo militancia juvenil antes de 2003. Hay, como se ve, mucho más militancia en el mundo que lo que creímos saber. Indignados en España, revueltos en Plaza Tahir, encolumnados en Occupy Wall Street o esparcidos en Grecia. La juventud copó la parada de un sistema desmadrado hace décadas y recauchutado con parches cada lustro. Pero antes, cuando eran pocos, también resistían.

Los imberbes de Perón en los ‘70, La Cámpora de hoy, la juventud militante de izquierda que pone el cuerpo como lo puso Mariano Ferreyra o hasta los, valga el oxímoron, jóvenes radicales. La juventud está en todas partes y se juega por lo que cree. Copó la calle cuando asumió Cristina. Copó la cancha de Huracán con Moyano. Y copó la Plaza de Mayo el 20 de diciembre, a diez años del Argentinazo. No todos militan igual ni por lo mismo. Amor, escaños, negocios o ideales.

Cuando no fue la política, se militó por un equipo de fútbol. Una bandera cualquiera. Pero la militancia política, esa que calienta hoy a millones de jóvenes en todo el mundo, es la que busca mover las estructuras. Agitarlas. Se milita, y por eso calienta tanto, para cambiar el mundo. No hay nada más rockero y juvenil que eso. Más contracultural y, a la vez, centrado. Se milita así, lo demás es acomodo.

Por eso no extraña que tantos rockeros se pongan al servicio de las causas. Los hay oficialistas, hoy que el oficialismo es popular, y los hay de izquierda (resulta difícil hallar un rockero que se jacte de causas impopulares). No es raro, es obvio. A nadie le calienta conservar lo establecido. No hay militancia que no nazca y florezca en el sueño de grandes gestas.

¿El mundo se derrumba a nuestros pies y nosotros qué? ¡Nosotros militamos para que se derrumbe más rápido!

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