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Jueves, 19 de enero de 2012

EL ESCRITOR, PERIODISTA Y MúSICO PUNK MARIANO LUDUEñA

“Seguí en lancha a Mick Jagger y combatí a los custodios de Madonna”

Cansado de ver que “cuando pinta la plata, los músicos se toman la raya y quieren cogerse a la novia del compañero”, este muchacho punk –curtido en guardias periodísticas humillantes– agotó la primera edición de un libro en el que se mofa de vicios y arquetipos del rock. Y prepara el segundo.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Giras, punk rock, alcohol, shows, dealers, drogas, groupies, peleas, más alcohol, más drogas y más peleas. Tal como le sugirió León Tolstoi en su frase más célebre, hace un siglo y medio, Mariano Ludueña pintó el mundo del rock comenzando por Constitución, barrio rockero de mil bemoles en el que, asegura, se hizo hombre. Un mundo que transcurre sobre el escenario, en una noche de gira o dentro del camarín (que es “el útero de mamá rock”, escribió) y que cobra tenor de realismo tóxico en las 120 páginas de De todo lo que vi... recuerdo la mitad, un libro en el que el cantante del grupo Buenísimo y periodista de Radio Nacional combina prosa y poesía con el tino de los escritores malditos y el frenetismo del punk rock más venal. “Las historias son, en su mayoría, reales, aunque muchas están ficcionalizadas o tienen un final elegido por mí”, apunta. “Se trata de situaciones cotidianas que muchos músicos de rock vivimos o padecimos, con finales desopilantes o desmadres y enredos cinematográficos. La vida del rock es así: imprevisible y caótica, pero muy divertida. Yo quise contar lo que pasa una banda para poder salir a tocar y los obstáculos que debe sortear para no caer en los precipicios que pone la industria musical.”

Su carrera se resume en dos bandas. Por Os Faveleiros –nacida y extinta con la década del ‘90– alguna vez pasaron Luciano Scaglione y Mariano Martínez, de Attaque 77, banda que también les supo facilitar su sala para los primeros ensayos. Con Buenísimo, desde 2005, pudo grabar su primer disco como cantante y letrista, además de girar por el interior, Chile y Uruguay, telonear y hospedar a Reincidentes (experiencia narrada en el cuento “La raya más larga del mundo”), y tocar “con el 80 por ciento de las bandas de punk actuales en casi todos los bares y tugurios de Buenos Aires y alrededores”.

Como periodista, en cambio, egresó de TEA y, antes de encargarse de los boletines informativos de Radio Nacional, trabajó “en una revista que espía a los famosos cagando y les publica las fotos de los soretes en la tapa”. Entre sus medallas, enumera: “Seguí en lancha a Mick Jagger por el Tigre y en helicóptero a Luis Miguel, hice las humillantes guardias periodísticas, entré girado y extasiado a Casa de Gobierno para entrevistar a un ministro en su despacho, le rompí un diente de una trompada a un subcomisario, le dejé mi mail a Alain Delon y combatí a los custodios de Madonna en un restaurante del microcentro”. ¡Eso es un CV!

Entre sus referentes literarios hay plumas clásicas –Borges, Benedetti, Soriano, Fontanarrosa, Quiroga, Galeano, Bioy Casares, Gelman, Neruda y Storni– tanto como escritores contemporáneos como Cristian Alarcón, Mariana Enriquez, Washington Cucurto, Fabián Casas y Ezequiel Abalos. Algo de eso se sublima en De todo lo que vi..., alumbrado menos por voluntaria decisión de sacar un libro que por la acumulación de textos aislados, todos escritos, editados y lanzados de manera independiente por su propio autor en un proceso que concluyó el día de su cumpleaños número 40. “Ese día me entregaron las primeras 500 copias. Ahora está agotado y ya estoy terminando la segunda parte: La mitad que no recuerdo, justamente.”

La autogestión parece ser una cruzada moral encarnada en Ludueña como una marca de estilo. De estilo punk, por supuesto: “Lo mismo sucede con Buenísimo, en la que no nos interesa la carrera musical convencional. No tocamos en festivales porque no nos quieren pagar, ni regalar droga, ni alcohol. Tampoco tocamos en lugares donde no se les paga a los músicos, ni con bandas caretas, aunque sean de amigos. No cedemos ni medio centímetro en nuestra ideología: el músico debe cobrar por tocar, a como dé lugar, por las buenas o por las malas”, aclara. En la misma línea, explica que en ambos libros se mofa de la actitud de los rockeros y también de su propia experiencia: “No creo en el rock como estilo de vida, pero los personajes de mis cuentos viven como supuestamente lo haría un rockero”.

–En esta primera parte, parece que confesás cómo te boicoteaste como músico y, a la vez, te ponés en un plan Spinal Tap. ¿Cuánto hay de eso?

–Toda banda de rock tiene actitudes de diva, cositas a lo Spinal Tap. A algunas se les nota más que a otras, pero todas tiene esos pequeños vicios de estrellita. En bandas donde abunda la droga, el boicot es corriente. Que una banda pida por contrato que haya agua mineral francesa, panqueques con dulce de leche o 20 gramos de cocaína en el camarín es tan normal como que el manager te haga bicicletas y cornetitas con tu recaudación. El rock no es coherente sino, más bien, ridículo, salvo muy pocas excepciones: Cristian Aldana y Carlos “Boom Boom Kid” son algunas. Lo demás es casi todo de lo mismo. Cuando pinta la plata, se sacan los ojos, se toman la raya del otro o quieren cogerse a la novia del compañero.

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