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Jueves, 14 de marzo de 2013

ESPUELAS Y LAZOS EN EL ROCK ARGENTINO

Las vaquitas son ajenas

De Babasónicos, Calamaro y Los Auténticos Decadentes a Fantasmagoria, Los Alamos y El Festival de los Viajes, los forajidos de estas pampas surcan cada vez más los polvorientos terrenos estéticos y poéticos del Lejano Oeste. ¿Cómo una cultura yanqui del siglo XIX se inscribió en la música local del aún flamante XXI?

 Por Javier Aguirre

En el Western está el agite. Y aunque Divididos no aludió en El 38 al oeste lejano, rico en cactus y polvoriento de Nevada, Nuevo México o Texas, sino al cercano, rico en bondis y polvoriento de Hurlingham, Haedo o Morón, es indudable que la estética cowboy ha logrado reciclarse al punto de haberse consolidado como una referencia recurrente en la escena rocker. La cultura joven argentina no es la excepción: lazos, sombreros de ala ancha, pistolas que se disparan solas, riscos pedregosos, cielos estrellados, siouxs portadores de saberes psicodélicos, cueros cabelludos tallados con tomahawks, botas con espuelas torturadoras de equinos y ratis (que se hacen llamar sheriffs o alguaciles) son ingredientes que parecen combinar de maravillas con un solo de guitarra eléctrica astral, desértico y bien regado con insinuantes pedales de efectos.

La musa vaquera ha sido, por caso, un elemento clave para una banda fundamental del rock argentino de los últimos quince años, Babasónicos, no sólo a la hora de darle y darle con el look, sino más especialmente con el sonido de guitarras serpenteantes, ideales para musicalizar tu Saloon con corridos: Quentin Tarantino debería tener bien a mano buena parte de la obra babasónica en su librería de MP3, y quién te dice que cada tanto no se pega un atraco con los videos de Desfachatados e ¿Y qué?

Esos vientos arrastradores de cardos esféricos e inspiradores del Western han sido propicios, también, para que Daniel Melero titulara Vaquero su disco de 2001, que aunque en teoría aludía al pantalón de denim y no al cowboy, sonaba desolado, luminoso y desértico como un amanecer en Tucson, Arizona.

O para que el sonido folk & (nar)country instaurado por Andrés Calamaro (de a ratitos), Fantasmagoria y Los Alamos (por orden de aparición) pareciera ir abriéndose un nichito cool en el mercado porteño a través de ciclos y fechas temáticas, y tejiendo una escena, con la lentitud y la convicción de una diligencia que se adentra en un valle despoblado. Es que Los Alamos fundaron al cultivar su folk químico y forzaron hábilmente los paralelismos, como en la canción Kentucky, Pacífico, que remite tanto a la toponimia gringa como a la clásica pizzería de Juan B. Justo y Santa Fe (más que aquella derivación tana de clase B del Western que era el Western Spaghetti, Kentucky, Pacífico parece inaugurar el Western Mozzarella).

O para que Los Auténticos Decadentes reformularan su mística de juerga viril de Los piratas para irse al oeste (“Me voy al oeste”, diría Celeste Carballo) en Los machos, donde prometen que “volverán al rodeo” con sonido y estética de sheriffs cueteados.

O para que, dos o tres generaciones rockers más tarde, El Festival de los Viajes diseñara un oeste peligroso y psicodélico con una imaginería pródiga en conjuros, matados, fronteras, disparos, traidores y tamberos del estero.

O para que Nico Landa, a la sazón ex Decadentes, encumbrara en su obra solista y junto a ese combinado de forasteros llamado Los Animalitos un romanticismo de ala ancha que a menudo convierte al litoral en tierra de simbología vaquera.

O para que Club Astrolabio rindiera pleitesía a Ennio Morricone, el orquestador fetiche más rápido del oeste.

O para que The Siniestros desplegaran su rupestre desfachatez.

Y acaso allí, en todas esas argentinizaciones rústicas e irrespetuosas del Western, haya una clave. Un puente rocalloso que revela una conexión (que podría ser aún más fuerte y más explorada) entre el Far West de los cowboys y la road movie nac&pop que subyace en la gauchesca pampeana. Un paralelo presente en la película Aballay, el hombre sin miedo (2010), de Fernando Spiner, basada en el cuento de Antonio Di Benedetto y cuya banda sonora —de Gustavo Pomeranec— mestizaba el septentrional groove country con el austral sonido de la Quebrada de Humahuaca. Un lazo norte (y sud)americano que también intuyeron los Kapanga en el video de El bailarín asesino, de Operación rebenque (2000), donde participa entre tranqueras, cuadrúpedos y sombreros de campo, precisamente, el cowboy babasónico Adrián Dárgelos.

Y que a los más chiquitillos, aquellos que no llegaron tal vez a los John Ford, a los John Ireland, a los Clint Eastwood, sigue entrometiéndoles Pixar con el memorable Woody de Toy Story. O que a los adolescentes les sirven en juegos como Red Dead Redemption, Desperado o Fallout: New Vegas. Es que no parece haber demasiadas diferencias entre las escenografías del Western norteamericano y casi todo eso que hubo al oeste de Buenos Aires hasta el nada rocker siglo XIX: la pampa, la nada, el pastizal, el llamado “desierto” por los porteños de entonces, la zona liberada, la tierra de nadie, el infinito territorio malón-friendly, el país de los ranqueles y de los gauchos prófugos, las cautivas más hot, el futuro ElDorado que Julio Argentino Roca y sus socios latifundistas le mexicanearían a sangre y fuego a la monada amerindia. Un escenario natural fabuloso, hostil y épico, bien argentino pero a la vez lleno de analogías geográficas y sociales con el popular género cinematográfico norteamericano que, a lo largo del siglo XX, Hollywood se ocuparía de insertar en cada pantalla y en cada pantallita del planeta. Aunque, claro, ese potencial Western argentino era más de facón que de pistolas (un saludo para Michael Moore, la tradición enfierrada estadounidense y las políticas de la Casa Blanca contra la tenencia de armas de fuego cada vez que hay un tiroteo en una escuela).

Pues bien. Ese género cinematográfico y televisivo que en Estados Unidos tuvo prehistoria pulp, de comic y folletín, de mito fundacional y folclórico del Imperio, y que se convirtió en lugar común y discurso único para la conquista cultural durante la era de oro del cine y de la TV en blanco y negro, hoy continúa actualizándose y adquiriendo estatus de culto allí en la metrópoli anglo. Lo acaba de probar Tarantino, ahora meeeesmo, canejo, con su sanguinolenta historia de pistoleros decimonónicos Django desencadenado.

Y lo probará en algunas semanas el keithrichardsófilo actor rocker Johnny Depp, lookeado más como una cruza de KISS con Marilyn Manson y The Cure que como un atildado Village People en su caracterización darkie del indio Toro para la versión siglo XXI de El llanero solitario, aquel superhéroe del Western que aparejaba cierta idea de renegado y justiciero social. Y que en las llanuras argentinas bien podría haber tenido su paralelo con otro jinete de rifle, antifaz y sombrero ancho, pero éste muy real, de carne y hueso y sin pantalones con flecos diseñados por vestuaristas profesionales de Hollywood: nuestro justiciero campestre y defensor de humildes, Juan Bautista Vairoleto, a quien León Gieco tributara en Bandidos rurales.

¿Cuántos rockers argentinos habrán tenido entre sus influencias formadoras a las películas de vaqueros, o al menos, a los Western Spaghetti de los cracks italianos Trinity (Terence Hill) y Bambino (Bud Spencer)? ¿Cuántas colecciones más de clásicos del género seguirá reeditando en la Argentina AVH en formato DVD (ya van tres, y ese catálogo siempre sale)? ¿Cuántos de los espectadores que bailaron hace días con Jamiroquai en Ferro se habrán sentido reencarnaciones de un Space Cowboy matrero y sudamericano? ¿Cuántos de los que vieron el último paso de Enrique Bunbury se habrán considerado parte de una juerga cantinera? Es que el rocker de rasgos duros, piel curtida y horizontes insondables, donde pone el ojo, pone la bala.

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