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Jueves, 23 de mayo de 2013

ESTE RITMO QUE ES UNA ORKESTA POPULAR SAN BOMBA

Cumbia explosiva, más inclusiva que nunca

Ni adoración por la “hair cumbia” ni utilización comercial: este ensamble alimenta su música tropical con Los Redondos, Björk, un DJ y sonidos balcánicos.

 Por José Totah

En la sala de ensayo donde se junta la Orkesta Popular San Bomba hay una mandíbula de burro con los dientes flojos, que castañetean casi de la misma forma que si a uno le dieran golpes rítmicos con un palo en el comedor. Ese esqueleto es un instrumento de percusión afro peruano, se llama quijada y forma parte del universo de la banda tanto como la música balcánica, Björk o Los Redondos. Con un repertorio de canciones propias de cumbia e influencias de un par de tribus urbanas y continentes, la orquesta que formó el violero Matías Jalil en 2008 desembarca en La Trastienda Club para presentar El conjuro, su segundo trabajo discográfico.

¿Qué hubiese pasado con una banda como la Orkesta Popular San Bomba en los ‘90, cuando estallaba la “hair cumbia” de la mano de cabelleras al viento como la de Ariel Pucheta (Ráfaga), rulos mojados como los de Alcides y platinados sedosos como los de Commanche? “No hubiera pasado nada”, desacredita Jalil, muy consciente de la revalorización del género durante los últimos cinco años por parte de la clase media porteña, que empezó a consumir (y a ejecutar) la música que se tocaba en los salones de Colombia en los años ‘50, reversionada por orquestas jóvenes de acá.

A diferencia de otros grupos locales, San Bomba no se clava con las momias del pasado –todos los respetos a Don Lucho Bermúdez– sino que pone sus influencias al servicio de la cumbia. Si hasta la cantante, la peruana Tilsa Llerena, cantaba y componía en inglés, en una onda más Björk, hasta que se sumó a ellos. “Con nosotros le salió todo el latinaje”, cuenta Jalil. Si pelaron una cumbia oscura, sumisa como un guiso cruel, cuando se metieron a hacer una versión bailantera de Salando las heridas, de Los Redondos. Si se animaron a incluir en la orquesta a un talentoso DJ de ritmos andinos, ChoqueManta. “No soy un amante de la electrónica, pero creo que es un central en la música popular contemporánea, tanto como la guitarra”, entiende Jalil.

El grupo toca cumbia con acordeones, guitarras (criollas y eléctricas), charango, cavaquiño, violines, viola, chelo, sección de vientos, voz y percusiones varias. Pero hay una base rockera de bajo y batería. Y en el medio del barro, un tipo en las bandejas, con faso y rastas colgando, concentrado en tirar samples y hacer scratch. El resultado, a nivel musical y visual, es algo que no se ve todos los días en escena.

Es cierto que en el primer trabajo discográfico, Sal de tu cuerpo, el repertorio tenía un salpicado de ritmos de Sudamérica. Esto es porque Jalil daba talleres de música latinoamericana (los sigue dando) y armó San Bomba con alumnos de su cosecha. La idea era formar una orquesta en la que cualquiera pudiera tocar y en la que los sonidos fuesen amigables para todos. En aquella muestra anual subieron cuarenta personas al escenario y tocaron un huayno. Con el tiempo, Jalil entendió que sumar demasiados géneros musicales de la región iba a terminar limando la propuesta. Para no perderse en tantos géneros, Jalil apuntó los cañones a lo que realmente le interesaba: la cumbia. “Hoy compongo con una idea más clara; de hecho este disco es mucho más cumbiero, pero nos permitimos influencias de muchos palos”, admite. La música balcánica aparece en canciones como La fuga, que chorrea guerreo melancólico y baile gitanillo a la Goran Bregovic.

La Orkesta Popular San Bomba cocina, al fin de cuentas, un guiso de cumbia al que le mete un poco de todo, sin perder identidad, aunque haya mil instrumentos en el escenario haciendo mil cosas. También demuestra que se puede tocar cumbia sin ponerla en ridículo como los rugbiers Agapornis. San Bomba tiene una señora patrona: la cumbia. Y si le mete un poco los cuernos, con un balcán polvoriento, un DJ y guiños ricoteros, es para hacerla más feliz.

* Viernes 24 en La Trastienda Club (Balcarce 460). A las 21.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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