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Jueves, 11 de julio de 2013

EL PICADOR #4: JAKE BUGG, DE JAKE BUGG

El bicho te quema

Simple por igual al hablar de pastis y porros o de abandono y dolor, Bugg recoge la voz de su generación: otra más que quiere dejar de estar aburrida.

 Por Luis Paz

En un mundo como éste, en el que Justin Bieber es uno de los músicos más requeridos, vendidos y premiados, quizá la elección de esa tapa para el debut epónimo del joven Jake Bugg represente un traspié. Desde acá, en el cuadrante más alejado del suyo (al profundo Sur y al extremo Oeste de su Nottingham, lejos de las olas expansivas de su aparición brit-europea), la lectura automática a esa portada es quién carajos es este pendejo. ¿La respuesta flequilluda a Bieber? ¿Un solista inventado para telonear a One Direction? ¿El sobrino nieto de Noel Gallagher? ¿El borrego pedante que todos llevamos dentro? Y más aún: ¿dónde está su acné reglamentario?

Jake Bugg (Clifton, 28/02/1994) es todo eso a la vez, excepto producto diseñado para anteceder a One Direction, a quienes de hecho ya ajustició en alguna alfombra roja. Bugg aprendió a tocar la guitarra a los 12 años, compuso su primera canción a los 14, dejó la secundaria a los 16 y se convirtió en el varón inglés más joven en encabezar las listas de ventas con su primer disco, a los 18 años y ocho meses, en octubre pasado.

Capo del ping pong en los backstages de cuanto festival irrumpió (T in the Park, Coachella, Glastonbury), este crío de cierre hasta el cuello y temprana adicción al cigarrillo lleva medio millón de copias vendidas de Jake Bugg (recientemente aparecido en la Argentina) y, como hacía rato no pasaba en la música adolescente de la doble entente angloparlante (USA–UK), está bueno que así sea. “Solía practicar en mi cama y escuchar a Johnny Cash y Los Beatles, tratando de sacar sus temas. Pasé mucho tiempo en ésa, no por sentir que debía hacerlo para mejorar sino sencillamente porque lo disfrutaba y, además, no tenía nada mejor que hacer”, explicó.

Su omelette de country, folk rítmico y skiffle pre-beatle resulta lo suficientemente simple, macanudo y redondito como para que varias de sus canciones se queden pegadas como esos mocos secos que nos sacamos a la salida de cualquier recital: Lighting Bolt, Two Fingers, Seen it All o Country Song, por caso. La primera es un frenético intento de remozar las canciones sobre despertar un lunes por la mañana y que todo siga igual de jodido, aburrido, gris y serio que el domingo a la noche. Está compuesta junto a Iain Archer, al igual que casi todo el disco. Two Fingers es específica respecto de por qué es que, generación tras generación, los jóvenes y los viejos nos llenamos la panza de escabio y los pulmones de puchos y puchos. Seen it All habla sobre tomarse un par de rolas un viernes y enfrentar una sobredosis de realidad. Y la cuarta, escrita por Bugg a solas con su alma, es hermosa, al fin de cuentas, porque es el canto del cisne de un pibito apenas u día mayor que Bieber. “Escuché muchos discos sobre el amor, pero es mejor escribir sobre lo que uno ve y hace de primera mano”, dignifica.

Rumores de romance con la supermodelo adolescente Cara Delevingne al margen, este benjamín de los barrios obreros de Nottingham (la Remedios de Escalada de Gran Bretaña... ¡en Nottingham no hay nothing!) descubrió la música de su referente Don McLean a través de un capítulo de Los Simpson. En particular, la canción sobre “el día que murió la música”, aquél del fallecimiento de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Booper en un accidente de aviación en 1959, llamada American Pie.

Pero más generacionalmente contundente que su simpsoniano acceso a un ídolo fue su aclaración de por qué es tan bueno al ping pong: “Acabo de terminar la escuela y me la pasaba jugando durante el recreo”.

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