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Jueves, 3 de octubre de 2013

WALTER WHITE, POR SIEMPRE EN LA MEMORIA DE LOS PIBES

Epitafio para su corazón

La parábola que recorrió el personaje central de Breaking Bad, que llegó a su final en estos días, es posiblemente lo más excepcional de una serie que estuvo llena de excepciones.

 Por Lola Sasturain

El monólogo final de Fabio Alberti en Todo por dos pesos empezaría así: “¿Qué nos pasa con Breaking Bad? ¿Estamos todos locos?”. Y la respuesta sería un fuerte y claro: “Sí, estamos todos locos con Breaking Bad, y a mucha honra”. ¿Qué pasa con esta serie? El cuentito se conoce: Walter White, un profesor de Química con un hijo con parálisis cerebral y un bebé en camino, se entera de que tiene un cáncer inoperable que acabará con él en pocos meses, y para asegurarle un futuro de estabilidad económica a su familia se asocia con un ex alumno yonqui y arman un negocio multimillonario de metanfetamina. Ahora bien: este cuentito no le hace para nada justicia al complejísimo entramado psicológico que hace al esqueleto de Breaking Bad, la cual podría, a partir de la misma premisa, haber sido una fábula más acerca del amor, la familia y la posterior redención. Pero nada más lejos de la realidad.

Con 10 millones de televidentes prendidos a la pantalla, Felina, el final de la serie, fue emitido el pasado domingo. Increíblemente, para muchos, Breaking Bad tuvo final feliz. A su manera, donde absolutamente nadie gana, pero por lo menos los malos más malos mueren, Jesse huye, Walt se deja morir y el espectador, por primera vez en mucho tiempo, acaba el capítulo sintiéndose en paz.

La parábola que recorre el personaje de Walter en el corazón de los espectadores es, posiblemente, lo más excepcional de una serie llena de excepciones. El Walter del inicio, el que todos querían, era un hombre amoroso, sonriente y con pelo, que así y todo se cargaba a su primer hombre en el tercer episodio. Pero, claro, en esa instancia, Walt no despertaba más que compasión por las desesperadas circunstancias que lo llevaron hasta ese punto. A medida que la serie avanzó, Walter dejó de estar dominado por el miedo para revelarse como un afiladísimo hombre de negocios y una mente brillante para resolver problemas: se convirtió en Heisenberg, el hombre de mirada impenetrable y sombrero negro, la encarnación de su ¿lado oscuro?

La quinta y siniestra temporada funciona como epílogo; es el desenlace de la tragedia griega y, como dirían los Magnetic Fields, el epitafio para nuestro corazón. Y ahí es cuando el espectador se percata de que todo estuvo delante de sus ojos, y se culpa por no haberse dado cuenta antes: el orgullo siempre fue la razón suprema de Walt, desde el momento mismo en el cual rechazó que sus ex colegas pagaran su tratamiento, ex colegas a los cuales vuelve –en una escena magistral– en este último capítulo. Este hombre construyó su propio imperio con sus propias manos. En el último capítulo, cuando ya todo es en vano y no le queda nadie en este mundo, es catártica la confesión a su esposa: “Lo hice por mí, me gustaba. Era bueno en ello. Me hacía sentir vivo”.

Vince Gilligan, el autor, dijo que quería hacer una serie en la cual “el protagonista se convirtiera en antagonista”, y vaya si lo logró. La serie está plagada de gente detestable e inescrupulosa, todos personajes memorables; sin embargo, la maldad en sí misma, aun dentro de un mundo de malos, está encarnada en Todd Alquist, jovencito bobalicón que pasa de socio obediente a asesino despiadado sin dejar nunca de ser ambas cosas a la vez, quien es tal vez el psicópata más desconcertante y finamente confeccionado de la ficción de los últimos años y haría sonrojar a la mismísima Patricia Highsmith. De más está decir que fue un disfrute verlo morir en manos de Jesse. En la serie, los malos mueren, pero los buenos sufren hasta morir en vida. Los pocos personajes por los que uno siente compasión, Jesse como ejemplo máximo, son víctimas de haber creído que se puede entrar y salir. ¿Jesse tiene la culpa de todo lo que le pasó por delatar a quien estaba arruinando su vida? La moraleja parece decir que sí. No se buchonea, chicos.

Muchos se preguntarán en dónde está el placer entre tanta oscuridad: y la respuesta es que, con todo, Breaking Bad es puro placer. Está en el espectador atar cabos, hacer asociaciones, recordar aquello que parecía un detalle menor y que –dos temporadas después– acaba siendo totalmente revelador. Y es por eso la locura por esta serie: porque jamás subestima al espectador. Es más: lo hace pensar, utilizar su ingenio y cuestionar no solamente la moral de los personajes sino la suya misma. ¿De qué lado estoy? ¿Por qué es tan irresistible la desgracia? Y sobre todo, ¿qué haría yo en una situación como ésa?

Desde ya que la profundidad del mensaje va de la mano del triunfo estético. Otro logro de la serie fue el manejo de la esquizofrenia de géneros: acción, cine negro, dramón familiar, thriller, comedia, western (esas sublimes y larguísimas secuencias de tensión in crescendo en el desierto) y parodia negra a las buddy movies, esas películas estadounidenses en las cuales dos compañeros de aventuras permanecen juntos a través de todas las adversidades. Este dúo y su química matadora son el Yin y el Yang que hacen al equilibrio de la serie: Bryan Cranston compone a un personaje tan polar como es Walter White con una soltura inaudita, lo mismo que Aaraon Paul al torturado Jesse Pinkman. Todos los secundarios también son excepcionales, piezas de un todo inalterable que funciona como un reloj suizo. ¿La realización? Más que cinematográfica, cámaras con ángulos imposibles, una fotografía que constantemente gira en torno al amarillo y el verde que ya es una marca registrada, y una musicalización tan precisa como sus silencios, que en esta serie gritan de significado.

Gran parte del equipo –protagonistas incluidos– se tatuaron el Br.Ba. Ha de ser una marca difícil de superar en sus vidas, considerando lo difícil de superar que es para los simples mortales. Se habla del fin de una era, de que los antihéroes se extinguirán porque Walter White no les dejó ningún tipo de posibilidad... La cosa es que todavía hay que asimilar el vacío que dejó. Live Free or Die.

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