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Jueves, 19 de junio de 2014

FILHOS NUESTROS, EL SUB-SUPLEMENTO MUNDIALISTA

Até a final

Apostillas de la primera semana de una Copa con el pueblo local fracturado, tráfico de figuritas y tránsito muy lento, pero sin vuvuzelas ni olas.

 Por Mariano Verrina

Desde Brasil 2014

El uruguayo no esperó la orden. Se sacó el cinturón de seguridad mucho antes de que la señal del avión lo indicara. Montevideo, San Pablo, Río de Janeiro, Fortaleza. “Apúrate a retirar el equipaje”, intentó aconsejarlo el mexicano que viajaba a su lado. El loco de ojos saltones lo miró, movió levemente su rostro y apuntó con el mentón hacia su bufanda de la Celeste. “Mi equipaje es esto y una mochilita”, sentenció y empezó a ganar terreno rumbo a la salida apenas aterrizó el avión. Ese mismo día haría el camino inverso: Fortaleza, Río de Janeiro, San Pablo y Montevideo.

  • El piso del enorme aeropuerto de San Pablo se convirtió en improvisada habitación para sobrellevar la eterna escala. Un rinconcito oscuro, lejos de los policías molestos que buscan solucionar problemas en una especie de monopatín eléctrico. La esperanza de conciliar el sueño, latente. Hasta que empiezan a sonar timbales. Hay instrumentos de viento, también. Cinco de la mañana y la “barra” de Costa de Marfil se encarga de contarle a mundo que llegó a Brasil. Ya habrá tiempo para dormir.

  • Estación Uruguaiana. Se abren las puertas del subte y dentro es Argentina. Faltan casi cuatro horas para el debut contra Bosnia y el viaje al Maracaná le pone marco perfecto a la tarde. Al bajar, el estadio se ve de todos lados y el puente que conduce al mítico escenario tiembla por la cantidad de zapatillas que lo pisan al mismo tiempo. La organización en torno al partido tiene muy pocos lunares y todo termina bien, pese a la cantidad de cerveza ingerida.

  • Hay una sola cosa más lamentable que un argentino intentando hablar en portugués: un mexicano intentando hablar portugués. Es que a la indigna situación, los mexicanos le adjuntan un cotillón que violentaría hasta a Juan Carr. Sombreros, gorros, cornetas, pintura en la cara y un extraño e injustificable derroche de optimismo deportivo. El combo lo completan con su hit “Alabim, alabam, alabim, bom, bam. México, México, ra, ra, ra”.

  • “Até a final.” Esa es la advertencia de todos los brasileños a cada remera argentina que se cruzan. Hasta la final, desafían. Y cuando se les complica la discusión, abren bien grande la mano, mueven los dedos con ritmo y enrostran el “Pentacampeón” que deja en orsai a cualquiera. Un dato de color: en la TV brasileña pasan a cada rato una publicidad por el Mundial. Tan heroica y lineal como las de Argentina, hasta que irrumpe una nena chiquitita. “Yo quiero ver a Brasil campeón, nunca lo vi”, ruega. Obviamente la nena tiene menos de 12 años. Y se hace inevitable proyectar con la sequía de títulos argentinos.

  • Posnet para todos. Desde el “camarao” frito que un morocho vende en la playa, un agua mineral en un quiosco y hasta los taxis se pueden pagar con tarjeta. Los precios permiten hacer una estadía gasolera, sin sobresaltos. Una lata de medio litro de cerveza se consigue en mercados por menos de 10 pesos argentinos y en el Fan Fest (los puestos FIFA en la playa para ver los partidos en pantalla gigante) asciende a 25, 30. ¿Comida? Por 15 reales (unos 70 pesos) se consigue un buen plato de pollo, pescado o carne con guarnición en cualquier barcito.

  • Banquito plegable y una pequeña mesa ubicada en una de las esquinas céntricas más concurridas. Sobre la mesa, un montón de pilas de figuritas. “¿Tenés al Pocho Lavezzi?”, se acerca y pregunta un argentino grandulón. El pibe con pinta de crack ni levanta la cabeza ni contesta. Después de revisar uno de los pilones a alta velocidad extiende la mano y entrega al delantero del PSG por dos reales. El centro de Río es la combinación exacta de Constitución y Retiro, con la considerable diferencia de que a 15 minutos de distancia (seis estaciones de subte) salís a la superficie y llegás a las playas de Copacabana. Trasladarse bajo tierra es perfecto, inversamente proporcional a moverse en auto o en colectivos.

  • Vos sos contra mío, diría el Coco Basile. Y así hacen sentir la rivalidad los brasileños. No hay término medio: la gran mayoría quiere a Argentina fuera de la Copa y para eso mucho mérito es argento: mires para donde mires hay un argentino, cada grupito arma su propio viaje de egresados y convive en la delgada frontera del invitado confianzudo y molesto. “Va a llorar, argentino, va pra casa.” El otro extremo de los brasileños se compra la celeste y blanca con la 10 de Messi y quiere que el equipo de Sabella levante la Copa. No por fraternidad sudamericana sino por expresar de la manera más radical su repudio a la realización del Mundial. Paréntesis: también son los dos extremos los que se manifiestan. Por un lado, la base de la pirámide, los más pobres, los que duermen en las veredas de la avenida Uruguaiana y comparten sus penas a cambio de un cigarrillo. A ellos la fiesta les pasa frente a sus narices. Por el otro, los que más tienen, los de la cima de la pirámide, que critican todo lo que esté relacionado con Dilma. En su caso, los argumentos son mucho menos sólidos.

  • Acá se ven los partidos. Parece una obviedad, no lo es. Los brasileños disfrutan de ir a la cancha en Nigeria-Irán, Estados Unidos-Ghana o Argentina-Bosnia. No hay vuvuzelas ni accesorios que manchen la pelota. No se hizo nunca la ola y eso debe ser valorado como una conquista cultural.

  • Termina Alemania-Portugal. La misión de cambiar camisetas de La Saladita por casacas lindas superó con éxito su primera prueba en el Fan Fest de Río. Suena un cover de Amigo, la canción que hizo popular Roberto Carlos. Y sí, camino al mar ocurre lo inevitable: un grupo de argentinos apiñados gira y salta en ronda al reconocer la canción. “Se viene la banda de Merlo, se viene la banda de Merlo, Parque San Martín”, agitan y revolean lo que tienen a mano. Algo así es el Mundial.

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