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Jueves, 17 de julio de 2014

FILHOS NUESTROS, EL SUB-SUPLEMENTO MUNDIALISTA > EL MEJOR MUNDIAL DE LA HISTORIA

Gracias porvenir

La mejor Selección del universo

 Por Luis Paz

El NO apareció por primera vez el 5 de marzo de 1992. Desde entonces y hasta el domingo pasado, la Selección Argentina no había llegado a definir una final de una Copa del Mundo. Tampoco una semi. Este ejemplar es el número 1172 del NO. Fueron 22 años, cuatro meses y ocho días o 9376 páginas o casi un millón de caracteres, entonces, en los que no pudimos abrazar el significado de jugar una final de un Mundial. Pero peor es que, doméstica y cotidianamente, ninguno entendía por qué los más viejos nos aseguraban que nosotros, los argentinos, éramos los mejores.

Esos tipos, hombres y viejos que nos inocularon aquello están (los que están) ahora en la tele y las veredas, hablando de culpables, recalculando hacia el dominio de la criminalística el asunto de conducir bien una pelota a una red; confinando al cajón del dolo eventual, la alevosía, el ensañamiento y los tribunales al más maravilloso juego y deporte. Pero los chicos estamos bien. Lloramos, claro. Puteamos. También aplaudimos, gritamos un gol en posición adelantada, sentimos helarse nuestra espalda con la de Mortal Kombat que Neuer le puso a Higuaín. Quisimos más del Messi de la figurita que guardamos para estampita invernal, del pibe turbo que conocimos por el Winning Eleven. Pero igual, ahora, lo queremos más. Los queremos.

Los pibes estamos bien porque asistimos al mejor mes de fútbol de selecciones de nuestras vidas. Al mejor en varias generaciones. Al Mundial que hizo carne aquello del fútbol como dinámica de lo impensado y se rectificó cuando los equipos con pasado de campeonato sometieron al resto. El mundial del gran magma pop y el gran promedio de goles. El mundial del Jefe Mascherano y el Capitán Mordisco. El Mundial que vimos completo, el que no abandonamos después de la fase de grupos o de octavos de final o de cuartos para seguir con nuestra serie o jueguito de turno. Porque no tuvimos que hacerlo, pues en éste seguía habiendo capítulos argentinos.

Nunca antes como con esta generación de futbolistas pudimos creer el relato de los viejos. Kempes, Bernabé Ferreyra, Di Stéfano y hasta Maradona, sí, el mismo Diego, son para muchos de nosotros como Los Reyes Magos o el Ratón Pérez: un lindo cuento altruista de otra era que nunca tuvimos cara a cara. Ahí afuera y en la tele los grandes siguen cacareando que el Messías, al final, no fue D10S. Qué lucidez. El asunto es que nosotros no vamos a la iglesia, el tema es que nuestra fe no fue conmovida por ninguna Mano divina. Todo lo que tuvimos fue frustración, nunca gloria, nunca loor. Y por eso necesitamos de un pastor cotidiano. Y ahí, el único que apareció, cada puto día tras cada otro puto día, fue Lionel Messi. Desde el canal deportivo, el noticiero, la Play, la tablet, el celu, las revis, los videojuegos, las publicidades, las camisetas truchas del Once y las ferias del conurbano profundo. Messi estuvo ahí. Y con él Agüero, Higuaín, Mascherano y Di María. Y ahora otros más.

Nuestras barrileteadas cósmicas fueron las de Lío a Bosnia-Herzegovina y a Irán, nuestros botinazos galácticos los de Maxi Rodríguez a México y Messi a Nigeria, nuestros guantazos atómicos los de Romero a Holanda y, en algún caso de tardío veinteañero, los de Roa a Inglaterra. Y nuestros capocómicos, ahora, el Pocho y Sabella. Ni Diegos ni Matadores ni Goycos ni Vascos ni bidones. Estos 23 y no otros.

Ahora sabemos qué se siente jugar una final de un Mundial. Disfrutarla, sufrirla y atesorarla para siempre. Sabemos que perderla duele en el pecho mucho más que quedar fuera en cuartos. Muy básico: porque este pecho fue inflado y expandido partido a partido, porque este corazón estuvo overclockeado minuto a minuto.

Tenemos por primeros recuerdos de Selección imágenes diversas pero siempre posteriores a la de la enfermera Ingrid María llevándose a Diego de la mano, a la Copa América del '93, a Codesal, a Valdano y al Gol del Siglo. Esa es la historia mundialista de nuestros padres. Y ésta la nuestra, estos nuestro Messi, nuestro Mascherano, nuestro Rojo, nuestro Romero, nuestro Sabella, nuestro Brasil 2014. Inolvidable y desgarrador. Hermoso. Mágico. El mejor Mundial de la Historia porque fue en él, y no en otro, que esta Selección nos mostró la gloria que contaron nuestros viejos y nos dio ganas de contársela a nuestros hijos, que algún día tendrán otros pastores y aplaudirán mientras nosotros cacareamos en la vereda, buscando al culpable. Hasta entonces, estamos bien gracias a ellos, que también son chicos: la mejor Selección del Universo, hasta el infinito punto rojo.

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