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Jueves, 4 de diciembre de 2014

A MORBO & MAMBO LE CABE EL MEZCLADITO

“Lo mejor es que hoy no existe nada puro”

Aunque sólo tenían un disco, hace ocho años que agitan show tras show en un proyecto de música mutante que solamente larga el ancla si hay swing donde amarrar. Pero en Boa se confirman como una de las bandas más camaleónicas, entre el stoner, el jazz y los folklores negros, y con mayor proyección.

 Por Juan Barberis

La palabra “boa” se le presentó a Manuel Aguilar, bajista y uno de los fundadores de Morbo & Mambo, mientras leía el libro Catatau, del poeta curitibano Paulo Leminski, un texto surrealista, de asociación libre. Básicamente, Leminski, en un revoleo de palabras, describe al reptil como un gran espiral que a su paso se lleva granjas, caballos, peces, vacas. “Y pensando en Morbo & Mambo como universo, tiene esa cosa medio orgánica y biológica, de depredador y sofocante”, dice Aguilar, como revolviendo en su cabeza. “Yo siento que la banda o te copa o no te gusta nada, no sé si genera un término medio. Es un depredador dual, con buena onda, pero antes de que te des cuenta ya te agarró y te ahorcó.”

Boa es el segundo larga duración de Morbo & Mambo, y sin dudas el más efectivo. Una postal viva de cómo este proyecto sensorial e intuitivo (que se ladea sin ganas de ataduras entre el dub, el afrobeat, el stoner y el free jazz) fue teniendo que atravesar una serie de desafíos internos y externos que terminaron por contornear una nueva fisonomía, aunque el plan inicial todavía sobreviva intacto. “La premisa fue: swing oscuro. Como Black Sabbath y Django Reinhardt juntos”, recuerda Manu.

Junto a su hermano Mateo Aguilar en batería, Fermín Echeveste en trompeta, Carla Flores en guitarra y Mauro Alberelli en teclados, encabezó la primera versión de la banda en Mar del Plata, su ciudad natal, en el verano de 2006. La fórmula: suprimir el diálogo y apelar a la improvisación total en busca de timbres y mucho groove, inspirados por discos de Os Mutantes y, sobre todo, las sesiones completas de Britches Brew de Miles Davies. “Veníamos escuchando el rock en general en castellano, bastante más controlado, y de pronto empezar a escuchar discos de hace cuarenta años que abrían el juego a cualquier cosa fue increíble”, recuerdan. “Entramos en ese clima sonoro y nos marcó de forma definitiva.”

Desde aquel minuto cero hasta la actualidad, Morbo & Mambo abandonó su hábitat natural para instalarse de manera completa en Buenos Aires y desarrollar una de las carreras independientes más nutridas y de mayor proyección de la zona. Sin tener siquiera su disco debut, ya habían girado en varias oportunidades por Brasil y tocado con artistas como Do Amor (backing band de Caetano Veloso) y Oghene Kologbo (de Africa 70, la banda de Fela Kuti), la primera canción que compusieron (La espada de Cadorna, que abre Morbo & Mambo, de 2011) fue seleccionada para una película en la que actúa Will Smith, y su vivo se llegó a consolidar en el último tiempo como una propuesta instrumental maleable y camaleónica, capaz de acoplarse en armonía a festivales masivos de rock, de folklore y hasta de jazz. “Las posibilidades explotan, no sabemos para dónde puede disparar todo esto”, tira Aguilar.

Grabado en ION, Boa representa todo ese recorrido de la banda en tan sólo nueve temas. Ahí está su esencia inicial de raíz africana, su groove sostenido y bailable, y también algunos gestos novedosos más vinculados con la arquitectura electrónica, el rock industrial y el notable efecto de la polución urbana, dando como resultado una lisergia de tonos opacos, como si ese bicho en permanente desplazamiento ahora acumulara el smog en su piel escamosa después de un par de temporadas de aventura en la gran ciudad. “El otro día, un amigo me decía que era como si Morbo & Mambo fuera una tribu de negros que la agarraban y para el segundo disco la metían en la ciudad y... ¡arreglate con lo que puedas!”, cuenta Manuel Aguilar. “Pero, de todas formas, todavía se conserva ese musgo que sale del adoquín.”

Otra de las alteraciones físicas del septeto para este nuevo disco fue la llegada de Nacho de Andrés, guitarrista de Mompox, en reemplazo de Carla; un movimiento que le terminó dando a la guitarra un incipiente protagonismo, apuntalando por momentos el rumbo de las canciones. “Fue un desafío cambiar un integrante, sobre todo la guitarra, que tenía un enfoque muy etéreo, pero no quisimos buscar a un chabón que siguiera haciendo lo mismo”, analiza Mateo Aguilar, baterista. “Nachito venía de una gira en donde reemplazó toda su línea de pedales y quedó con unos timbres muy crudos, buenas distorsiones, mucho grano sintético. Así que desde la composición nos pareció bueno aportarle un lugar más preponderante a la guitarra, que hasta el momento lo había tenido en la mezcla, pero no en la composición. La guitarra de Carla era como un halo que cubría toda nuestra música, pero ahora es como un hacha que va abriendo camino.”

Dispersos en La Fábrica, un inmenso edificio multifuncional plantado en San Telmo que comparten con proyectos amigos como Banda de Turistas y Mompox, Morbo & Mambo (que se completa con Fer Barrey en percusión y Maxi Russo en trombón) experimenta en medio de ese aire a recreo de secundaria permanente que gravita en ese espacio, el apego de los exiliados en tierra neutral. “El tema de no ser de acá siempre estuvo presente: no estábamos metidos en ninguna escena, sabíamos que si la frenábamos esto se frenaba, por eso la agitamos a fondo”, dice Manuel. “La gente tiene la sensación de que la banda no es de Mar del Plata, ni de Buenos Aires, ni de Burkina Faso”, agrega el trompetista Fermín Echeveste. “Podemos caer a cualquier lugar, establecernos un tiempo, hacer una gira. De hecho existieron planes de irnos a vivir a Río de Janeiro y seguramente sucederá en algún tiempo: pasar ahí una temporada, grabar un disco y flashear. La curtimos donde sea que haya que hacerla y nos la ganamos con la música.”

Plantearon Boa como un LP, con dos lados y la duración estándar para un vinilo... ¿cómo incidió eso en la música?

Fer: –De arranque cambió el concepto de audio y de música, y fue algo que nos flasheó. Eso de sentarte a escuchar un disco y que realmente te lleve. Cuando hicimos ese primer testeo, el resultado fue: “¡Che, qué viaje!”. Como cuando ves una peli que duró dos horas y media y, cuando te querés acordar, parece que hubieran pasado diez minutos.

Fermín: –Lo que genera la idea del vinilo es la doble cara. El lado A está más asociado al inicio de la banda y el lado B nos termina llevando más hacia a lo nuevo. Como si el disco arrancara con el groove más caribeño o africano del primer disco, y se fuera metiendo dentro de una cosa más densa, más urbana.

Manu: –A la vez sumamos sintes, y eso definió bastante el sonido. Que se vaya Carla hizo que nos pusiéramos a pensar qué hacer posta, porque nunca nos habíamos puesto a reemplazar miembros.

Contra todos los pronósticos, el hecho de ser una banda instrumental no terminó siendo una desventaja, todo lo contrario.

Manu: –Sí, la verdad es que nos termina jugando a favor, porque cuando tuvimos la posibilidad de ir a Brasil, por ejemplo, nos sirvió mucho no tener una letra que transmitir; nuestra música se basa en los ritmos que ellos conocen desde siempre. Y a la vez no es que vamos por un género específico, lo nuestro es una propuesta bien amplia. Tocamos con quien sea y está buenísimo. Lo mejor es que hoy no existe nada realmente puro.

Fermín: –Todo va mutando, y Morbo & Mambo también, todo el tiempo. Somos bastante fieles a lo que le pasa a la música, al músico y eso nos da libertad. Louis Armstrong había sacado un sonido que para la época, en los años ‘30, era súper novedoso, y todavía en las décadas del ‘50 y del ‘60 lo seguía reproduciendo, y era súper valorable. Pero nosotros flasheamos más con Miles Davies, que es un chabón que desde el principio hasta el final siempre fue mutando y evolucionando con relación al sonido que estaba dando vueltas en el aire, lo que uno escucha por todos lados, lo que está moviendo la energía.

La clave de Morbo & Mambo parece estar en esa incitación natural al baile, al movimiento.

Manu: –Lo que pasa es que acá lo instrumental está bastante ligado al cuelgue, que es algo que a nosotros nos gusta mucho, de hecho exploramos en cosas bien introspectivas, pero sobre todo eso planteamos el ritmo y la cosa medio eufórica. A mí me parece que ésa es nuestra diferencia. Todos flasheamos con Kyuss, con el stoner, reconocemos eso, pero también nos gusta la fiesta, algo más arriba.

Con un disco nuevo y todas las posibilidades que se les fueron abriendo en este tiempo, ¿cuál es el próximo paso?

Fermín: –Lo mejor de todo es seguir teniendo la posibilidad de hacer tu propia música. Tocarla y lograr que se expanda, hacer bailar y volarle la cabeza a la mayor cantidad de gente posible, porque es una cuestión energética de transmitir eso y lograr reciprocidad. El plan siempre es buscar el flash desde los dos lados: nosotros desde arriba y el público desde abajo.

Manu: –Queremos seguir viajando para tocar fuera y dentro del país. El show pasó a ser mundialmente la fuente de ingresos para un músico y, como nosotros estuvimos tres años sin disco y laburando sólo con los shows, eso hizo que tuviéramos mucho más pulido el vivo que la cintura para hacer muchos discos. Todos estos años nos sirvieron para darnos cuenta de que nuestro show vale más que todo.

Viernes 12 en Niceto Club, Niceto Vega 5510. A las 21.

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Imagen: CECILIA SALAS
 
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