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Jueves, 5 de marzo de 2015

TRIBULACIONES DESDE LA CIMA DE LA CORDILLERA

Rock Andes Roll

Allá arriba las piedras ruedan de verdad, suicidas, cayendo al precipicio. El Cruce de los Andes paspa culos y tiñe labios, pero ofrece a cambio silencios e imágenes únicos en una travesía de 80 kilómetros a caballo.

 Por María Daniela Yaccar

Desde la Cordillera de los Andes

Por largos ratos, en la Cordillera se oye una única música: la de las herraduras contra la piedra o la tierra. Es eso y el sonido del viento. Entre otras cosas, la del Cruce de los Andes es la historia de una relación que puede adquirir tintes dramáticos: la del expedicionario con su caballo o mula. Son seis días. Casi 80 kilómetros. Más de 30 horas sobre este medio de transporte con sangre en las venas, transitando llanos y subiendo y bajando senderos, como en una montaña rusa natural. La mayoría de esas horas transcurre en un silencio tan absoluto que sólo puede hallarse en lugares como éste, entre montañas de distintas alturas y colores –verdes, anaranjadas y marrones–, algunas nevadas, y pocos signos de vida, como algunos guanacos habitando una cima o un cóndor sobrevolando la escena, muy de vez en cuando. Es como estar dentro de una película. Es sentir el abrazo de montañas que parece que se extenderán hasta el infinito. El clima es amable, aunque cambiante; un rato hace calor como para remera de manga larga, en otro momento hay que abrigarse con dos camperas. El sol es tirano, omnipresente.

El Cruce de los Andes es, en parte, esta ecuación metafísica, este trance introspectivo: uno, el caballo y lucubraciones en la magnificencia de la montaña. Para colmo, no son pocos en el grupo los que parten del desconocimiento: jamás anduvieron a caballo o, si lo hicieron, la experiencia es tan lejana que ni cuenta. Una semana de febrero, con el clima absolutamente a favor, cruzan los Andes. Llegan a picos de más de 4 mil metros sobre el nivel del mar. A lomo de caballo o mula, tal como lo hizo San Martín, con sus hombres, 200 años atrás, para la libertad de Sudamérica: según aclara el historiador Edgardo Mendoza en una charla previa, nada de caballo blanco, fue en mula y detrás de todos. La hazaña 2015 está organizada por el gobierno de San Juan y sigue los pasos del general: se transita el mismo camino que hizo la columna principal en 1817, hasta llegar al paso Valle Hermoso. Las alternativas turísticas están a cargo de empresas como Explora Parques (con un costo de unos 2 mil dólares, que incluye logística y vianda), Trekking Travel o Hontravel, y son para grupos más reducidos.

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“En un momento cerré los ojos. Fue muy lindo porque sentí, de otro modo, los movimientos de mi caballo, su musculatura.” Tras las arduas jornadas de cabalgata –muy arduas: algunas de más de ocho horas, con una sola parada a descansar– se hilan los descubrimientos poéticos y amorosos con comentarios que remiten a los conflictos con los animales o al dolor físico: duele tanto la cola que la crema para paspaduras es el pan de cada día. Y los labios se resquebrajan a causa del sol y del viento frío, se ponen más oscuros, casi morados.

La Rubia, Asombro, Llavallol, Gelatina, Marta: son varios los jinetes que les otorgan una identidad a sus aliados, y varios, muchos, casi todos, los que pasan conversando con ellos. En ocasiones, en las más duras, dándoles ánimo. Puede sonar exagerado y a lo mejor lo sea, pero esto es lo que se siente acá arriba, en esta inmensidad de cordones montañosos y picos nevados, cerca del Mercedario y del Aconcagua y lejos de mamá, papá, novios y amigos; viviendo la vida, una partecita de la vida, por fuera de la sensación de protección que otorgan cuatro paredes y un techo y una rutina.

En esta intemperie lejana de sol y de viento, de sol y luna coexistiendo en el mismo cielo, de una tierra que vuela cuando los animales avanzan, pegándose al rostro, lo que se siente es que del caballo depende la propia vida. Sobre todo cuando escala y baja senderos angostos de piedras que ruedan hacia abajo, piedras suicidas. Sobre todo cuando a un costado o a ambos sólo hay... el precipicio. Se insiste con un lema que con los días adquiere status de verdad científica: “Hay que confiar en el caballo”. Es cierto que el caballo o la mula son nobles y no boludos, saben mejor que uno lo que están haciendo, conocen muy bien el recorrido porque suelen hacerlo, siguen con fidelidad a sus compañeros, galopan para no perderse del resto y, la mayor parte del tiempo, salvo que estén sacados, apurados por un poquito de hierba o un trago de agua (que en el camino escasean), o por ser más rápidos que el conjunto, van derecho por la huella. Pero también es cierto que casi no hay jinete tan suertudo como para recibir un caballo a su imagen y semejanza el primer día, en Estancia Los Manantiales, y continuar el viaje con él. La mayoría afronta problemas de distinto nivel de gravedad. Problemas tan naturales como el paisaje y la experiencia toda, porque, en definitiva, no se está andando en 4x4, y como advierte un arriero, el animal todo lo siente.

Hay caídas, algunas cinematográficas. Está el que cayó tres veces, que cayó, incluso, en la cima del Portezuelo del Espinacito, uno de los picos más elevados y, por eso, en el siguiente tramo complicado, opta por el trekking. Está el que vuela por los aires, en serio, vuela haciendo una suerte de salto mortal, y cae, raspándose fuerte la espalda contra una roca. Está la periodista que por agarrar una botella de agua de su mochila hace engranar al equino, y éste, de pronto, la quita de la columna, le galopa a una velocidad impensada, corcovea, la tira al piso, al costado, por suerte en un terreno blando. Están los pobres caballos que se agotan y que, a mitad de camino se van agachando lentamente y se echan, y continúan solos y libres. Están los compañeros que se tiran, por algún problema con la montura. El record es para alguien que cae dos veces con 10 minutos de diferencia, por un drama con los estribos, y tiene que someterse a que le cosan la frente.

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En la Quebrada de la Honda, ya volviendo a Estancia Los Manantiales, desde donde se aprecia un paisaje de ensueño, el más lindo de la travesía, una mula se resiste a subir y el jinete recibe auxilio de uno de los médicos. Una yegua resbala más de dos metros en ese cuco que es la bajada de la Honda, un camino de laja por el que los animales van moviéndose en zigzag, en el que hay una ventana, también de piedra, que deben atravesar de a uno. Lo positivo es que los malos momentos son sólo secuencias que piden una resolución rápida y pragmática para continuar, y que acaban siendo recuerdos futuros. Nada fatal ha sucedido, en ninguna de las ediciones del Cruce. Y ésta fue la décima. “¿Por qué a San Martín no se le ocurrió liberar Brasil?”, pregunta un expedicionario ultramedicado.

Descendiendo por la Honda, a la izquierda y a la derecha, el precipicio. Esta última tarde, desde acá arriba, se ve lo que nadie quiere: el cuerpo, en el piso, de una mula muerta. Era una de las cargueras que, hace un tiempo, aparentemente apuró su paso y se estroló contra la piedra. Y cayó. La imagen es de una tristeza única. Y transitando este caminito aterrador, en el cual, se sabe, alguien se meó encima, más de uno piensa en las desgracias que lo acechan.

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“Todos somos iguales en la montaña”, es otro de los mantras. Aquí no hay lugar para sentirse superior ni egos.

Hay que saber ayudar y dejarse ayudar. Y no hay nada más reconfortante que una ronda de mate o una charla distendida con los compañeros después de una tarde agotadora, en la que pudieron haber aflorado dos tipos de malestares. Los físicos –los médicos, que cargan medicamentos en sus alforjas y tienen una “mula ambulancia”, bromean con que pincharon muchos culos– y los emocionales –miedo, ataque de pánico, vértigo–. Al convaleciente se lo cuida y se lo alienta. Otro modo de decirlo es que el Cruce es una convivencia, un “gran hermano”, surge como definición en una noche de fogón. Reúne a más de 150 personas que provienen de mundos diferentes y que durante casi una semana despiertan con el (surrealista) toque de diana de Gendarmería Nacional, izan la bandera, desayunan, almuerzan, cenan y duermen en el mismo espacio, perdido en la montaña. Hay médicos, periodistas, militares, gendarmes, empresarios, funcionarios y artistas.

Lo curioso es cómo, con el correr de los días, se teje, con el que ayer era un completo desconocido, un vínculo intenso. El contexto, el aislamiento de los seres queridos –no hay señal en los celulares, sólo un teléfono satelital para todos– y lo extrema que es la experiencia lo habilitan. Además, se tiene la sensación de estar compartiendo con este grupo de extraños algo único, intransferible. Es un momento en que todos están sensibles, abiertos, corriendo sus certezas, corridos de sus hábitos y entregados a lo impredecible; por momentos risueños, celebrando los objetivos cumplidos. Por momentos, emocionados. A casi todos les llegan las lágrimas. Al padre que cruzó con el hijo, al que lo hizo por su hijo. Ante la hermosura del valle o en el límite con Chile, desde donde empieza el regreso. Sobran, pareciera, motivos para llorar.

Se generan combinaciones interesantes; por ejemplo, todas las mujeres descansan juntas, en la misma habitación o carpa, dependiendo del refugio (son dos: Las Frías Trincheras de Soler e Ingeniero Sardina, mejor equipado). Entonces, puede darse un diálogo sorpresivo en el baño, entre gendarmes y periodistas, como éste: “Al principio me costaba mucho esto de dormir en la misma habitación que ustedes. Me shockeaba cómo hablaban, cómo se reían. Después me di cuenta de que me daban envidia: porque, antes, yo era tan libre como ustedes”. A Belinda, una bella gendarme, siempre impecable, ojos delineados, pestañas arqueadas, rodete prolijo independientemente de los remolinos de tierra, una noche todos la homenajean con un ramo de flores por su reciente casamiento.

Con su mundo aparte, algo ajenos a lo que sucede, no tan dados, al principio, para la conversación, están los arrieros, los baqueanos. Son los que cabalgan al costado de la huella, zarandeando a sus caballos, trotando con agilidad y decisión, para dar una mano con los problemas que puedan aparecer, al igual que los gendarmes. Se levantan al amanecer y toman mate. Luego, ensillan mulas y caballos. Cambian favores por botellas de tinto. Son generosos con los inexpertos. Trabajan muchas horas. Incluso a oscuras, por la tarde, se los ve haciendo cosas. Por la noche se reúnen alrededor del fuego, como los militares. “En la montaña, uno se olvida de las cosas –dice Humberto, jefe de baqueanos–. Es que no le das pelota a tu vida: te concentrás en otra cosa”, resume, sin dar demasiadas explicaciones. “Yo siempre le pido al Gauchito Gil que me ayude a subir la cuesta.”

Completan el grupo dos aventureros que están haciendo el mismo recorrido pero caminando. Son una bioquímica y un veterano de Malvinas que está atravesando la Cordillera en homenaje a una hija fallecida.

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Las noches no son menos intensas que los días. Las ganas de celebrar se alimentan con tinto en jarritos de aluminio, alguna bebida espirituosa, el sonido de las cuerdas gastadas de una criolla, el chocolate machucado que se parte para todos y el solo hecho de contemplar tremendo cielo. Cielo estrellado que es lujo y entretenimiento, razón para que a algún loco se le ocurra poner la bolsa de dormir afuera, con sensación térmica bajo cero.

En las tardes, los elementos de unión son el mate y la zamba; en las noches los guisos o el chivito, la guitarra, los chistes. El animador es Rulo, guitarrista y payador, empleado municipal, a quien, después de la patada de una mula y por prevención, tienen que trasladar en helicóptero hasta la capital sanjuanina. Se ve que ama como nadie esta experiencia porque, según la leyenda que circula tras su partida, el cantor se retiró diciendo: “¡No es nada! ¡El único problema fue el jamón crudo que me comí!”.

La galería del refugio Ingeniero Sardina se convierte en un boliche improvisado, con cartelito luminoso y todo: El Mandinga Cocktail Bar. Una noche, se organiza una bailanta. Sin parlantes, por supuesto. Con lo que hay. Manuco, héroe de este momento, boina en la cabeza, gaucho cordobés, guitarrero, regala clásicos de la cumbia. La Nueva Luna, Tambó Tambó, Ráfaga. También Rodrigo. Manuco toca la que le pidan. Hay trencito y baile hasta que algunos recuerdan que se aproximan ocho horas de cabalgata. Otros la siguen hasta la madrugada y terminan asando una punta de espalda.

Hay una historia todavía más emblemática, que es la serenata de la primera noche en Sardina. En este ritual, los más compenetrados con la movida nocturna se pasean con sus linternas frontales por el valle, entonando canciones mexicanas, y molestando a los que intentan pegar un ojo. El trato es así, y es definitivamente imposible no cumplirlo: una bebida a cambio de silencio. El momento más gracioso y absurdo, que parece de un film de Kusturica, ocurre cuando revolean piedras a una habitación, la de arriba del refugio, donde duerme el intendente de la capital de San Juan, Marcelo Lima. El funcionario más importante de la expedición no suelta alcohol. Sí una gaseosa, que es lo que anda faltando para el fernet.

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Hay un hombre que durante toda la travesía grita mucho y fuerte. El grito es tan característico –vivaz e imperativo, y grave la voz, como de un blues–, que dio origen a un ringtone que circula al interior del grupo de expedicionarios. Hay hasta una versión remixada, con música de fondo. El hombre que arenga es el gendarme Abarca. “Viva la Patria, viva San Juan... ¡talón y talón!”, insta en el momento cúlmine de la expedición, cuando la tropa debe avanzar, cueste lo que cueste. Entonces, caballos y mulas ya fastidiosos van al encuentro de los compatriotas chilenos que, al otro lado de la línea imaginaria vienen, también, atravesando cordones montañosos.

En el límite, donde están los bustos de San Martín y O’Higgins, se realiza un acto, se cantan ambos himnos, se sigue con bailes típicos y palabras alusivas. Hay llantos, abrazos y emoción ante cámaras televisivas y fotográficas, y todo se mezcla. Algunos lloran cantando el himno, otros por sus hijos, otros por haber superado sus límites. “Me siento San Martín”, se escucha. Otros, escépticos, charlan sobre la Patria, sobre qué es la Patria, qué son las fronteras. Porque el Cruce, por si hace falta decirlo –y aunque haya quedado para lo último– es, también, experiencia histórica.

Tal vez sea en la pregunta de una joven periodista sanjuanina que valga la pena detenerse. Porque su planteo mira al futuro. Porque no es una pregunta que aparecería en Billiken, porque, quizá, San Martín pondría su atención en lo mismo. La pregunta es por la palabra libertad: ¿Qué libertades consiguió el continente en estos 200 años? ¿Y cuáles son las que faltan?

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Imagen: Mariano Ortiz
 
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