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Jueves, 19 de marzo de 2015

UNA PUNKROCKER BAHIENSE A LA VUELTA DE SATURNO

Metamorfosis adolescente

Con su música visceral, Florcita Podrix quiere cambiarles el día a las chicas que viajan en tren.

 Por Santiago Rial Ungaro

“¡Tuve cincuenta mil millones de trabajos!”, exclama Flor Podrix y enumera con esa voz inconfundible: atendió un kiosco, vendió papelillos en la Bond Street, cuidó bebés, fue maquilladora, camarera de Kim & Novak. Dulce, ronca y canchera, esa voz es la protagonista de La vuelta de Saturno, un contundente disco debut de canciones simples y título pretencioso (sugerido por una amiga astróloga). “Me gustan las cosas crudas, no quería un sonido súper producido. Soy argentina y me represento en mi país. Me vine a vivir sola a los 16 años a Buenos Aires para hacer música y apenas paré para tener a Renata, mi hija: las canciones me salen de acá”, dice y se señala las vísceras.

Claro que a esa visceralidad hay que aprender a moderarla: “No siempre te llevan a un lugar bueno. Soy muy pasional. Pero todo vuelve: este disco es amor que yo di a otras personas y ahora me volvió con esto. Tengo mucha gente que me quiere, supongo que porque cuido mucho a mis amigos”. De eso se trata este disco grabado en los momentos libres de los estudios DDR: La vuelta de Saturno tiene el aura de las cosas hechas de onda, por amor al arte de la amistad.

Entre esos amigotes, Florcita menciona a Marcelo Belén, productor ad honorem de estos nueve temazos de su autoría. “Me ayudó un montón, yo no tenía experiencia en grabar. Y todo de onda”. Hablando de onda: la canción El eterno buscador, hitazo compuesto y cantado a dúo con Bárbara Zampini ya valdría por sí solo el disco. “Yo tocaba con Sofía Zampini, su hermana, (N. del R.: que ahora toca en Intenso) y ahí me hice amiga de Bárbara. Ella siempre fue de tener salas de ensayo en su casa y eso siempre fue el sueño del pibe: ¡pasarte todo el fin de semana tocando temas de los Ramones!”

Flor habla con una ternura y un entusiasmo que contagian: verla en vivo siempre fue un show, por eso hay mucha justicia poética en esta producción. Mientras suenan sus temas, se queja de su voz, pero de hecho ahí reside gran parte del encanto del disco: medio ronca sí, pero también sexy y caprichosa, esa voz ruda y tierna de adolescente curtida es el sello de “La Podrix”, nombre con el que la conoce su séquito de fans y amigos.

Para ellos y para la adolescente boogie de Bahía Blanca a la que sus padres miraban incrédulos cuando decía que iba a ser música, este disco es un sueño hecho realidad: “No había mucha movida punk rock en Bahía Blanca, pero yo estaba prendida llamas. Allá tocábamos covers de Flema con unas amigas en una banda que se llamaba La Abuela. Amo a Ricky Espinosa, y uno de los temas del disco, Estoy acá, está dedicado a él. Detrás de todo ese ruido había muchas canciones de amor. Llegué a verlo en vivo en Cemento, pero no lo llegué a conocer porque poco después se murió”.

Sobre la biblioteca de su casa, un libro de Iggy Pop confirma sus salvajes influencias; ninguna más importante que su vida: “A veces creo que escuchar tanta música no te sirve. En un momento creo que hay que dejar de escuchar música y hacer algo visceral. Todo eso de la música rara ni me interesa: creo que es un cáncer de los periodistas y de algunos músicos demasiado intelectuales. Yo quiero que me escuchen las chicas que viajan en el tren y que les pase algo como me pasó a mí. O por lo menos que les cambie el día”.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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