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Jueves, 7 de enero de 2016

CAMILA FABBRI PUBLICA SUS CUENTOS DE TEMOR

EL LADO OSCURO DE LO COTIDIANO

Con un lenguaje delicado, la dramaturga y escritora indaga lo inevitable.

 Por María Daniela Yaccar

A los 9 años tenía un problema de adultos: insomnio. Su madre le recomendó que escribiera. A Camila Fabbri no la perturbaba tanto el cansancio del día siguiente como todo ese tiempo sin hacer nada. Así empezó, como muchas veces se empieza. En la infancia. Fundó Pan Paleta, su editorial: sus primeros cuentos fueron impresos en hojas A4 y distribuidos a familiares. Se lamenta ahora, no sabe adónde fueron a parar. Da a entender que su adolescencia fue improductiva. Raro pensarlo así, porque a los 19 escribió su primera obra de teatro, Brick, en el taller de su mentora, Romina Paula. La siguiente, Mi primer Hiroshima, paralelismo entre el primer amor y el estallido de la bomba atómica, la consolidó como joven dramaturga y directora del off. Ahora, con 26 años, acaba de publicar su primer libro de relatos, Los accidentes (notanpüan).

Son cuentos de temor. Bastante distintos, la sensación de que algo tremendo va a suceder pareciera unirlos. Una emoción amarga, un clima enrarecido que se estira. Y en el medio, un lenguaje delicado, ingenuo, poético, que narra el horror. Enamorados que muerden los cordones de la vereda hasta que sangran las encías, bichos, un adolescente que fabrica bombas, niños que juegan con un rifle en la cena navideña. Fabbri define a algunas de las historias como “fábulas” y remarca que le interesan las metáforas. “En el libro la tormenta está todo el tiempo. Y está esa sensación que antecede a la catástrofe. Puede que tenga facilidad para caer en esos lugares. Perdura eso de verle al cotidiano el lado oscuro”, reflexiona.

¿Por qué esa obsesión? La última obra que escribió, a fines de 2014 (aún no estrenada), es la historia de un joven pobre de Brasil que quiere practicar karting y se topa con el fantasma de Ayrton Senna. La obra incluye un monólogo sobre su accidente en Imola. “Me llama la atención que haya algo inevitable, imposible de saber y de manejar, que puede pasar de un instante a otro. Es uno de mis temores más grandes. Es lo que más se aproxima a la muerte. Algo de ese instantáneo siniestro me repele y atrae”, reflexiona, bella y vergonzosa. Cuando estaba en cuarto grado –cuando padecía insomnio– dejó de ver, de un día para el otro, a una compañerita de la escuela. Había muerto en un accidente automovilístico: “Creo que me marcó un poco”.

Fabbri compara experiencias, teatro y literatura. Al teatro llegó por tímida, aunque en las clases de Julio Chávez se descubrió más feliz “velando por las escenas” que participando de ellas. No abandonó la actuación pero le gusta más el cine, porque le permite aprovechar una de sus virtudes: la economía en los gestos. La nominaron a los Cóndor de Plata como revelación por su trabajo en Dos disparos, de Martín Rejtman.

Fue Luis Cano, docente suyo en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, quien le dio el primer empujón para este libro de relatos, que incluye Mi primer Hiroshima y otra obra de teatro que proyecta estrenar en mayo (Condición de buenos nadadores), cuyo escenario es la pileta preolímpica de un club.

“Un libro es algo muy solitario, mientras que el teatro es en equipo. Si bien arranco en la escritura solitaria, se transforma en otra cosa, con los ensayos y el intercambio con los actores. Se comparte una emoción, un nervio; la percepción de público, actor y director. En la escritura el diálogo es con uno. Es una experiencia muy linda, pero le tenía mucho temor”, confiesa Fabbri, que también escribió la novela Trinidad. Curioso es que la mayoría de los textos de Los accidentes brotaron de “una sentada”. Una hora frente a la computadora. Escribe y escribe, y después corrige. “En esa ‘sentada’ tengo que empezar y terminar. Después no puedo volver. No soy la misma, no tengo la energía que tenía en el momento en que me senté.”

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Imagen: Cecilia Salas
 
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