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Jueves, 16 de junio de 2016

LENGUAJE Y CONCEPTO DEL TEATRO INDEPENDIENTE JOVEN ACTUAL

“El mundo se cuela: está presente y rebotando en uno”

Jóvenes y prolíficas, Sofía Wilhelmi y Agostina Luz López son dos de las exponentes del Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América, donde dirigirán obras de autores extranjeros. Pero además son parte de un teatro generacional, contracultural, frenético y colectivo.

 Por Brian Majlin

Fotos: Cecilia Salas

Durante los ‘80, en Buenos Aires, un pequeño pero ruidoso grupo de actores y directores dio vida a la necesidad de un grito cultural que agrietara las bases de la incipiente recuperación democrática. El Parakultural –con Urdapilleta, Barea, Tortonese, Los Melli, Las Gambas al Ajillo y más– fue un faro pequeñito que, con el correr del tiempo y el asentamiento de la cultura masiva, se fue engrandeciendo en la memoria. Luego vinieron tiempos de Capusotto, Casero y Urtizberea. Y en el medio el Parakultural nucleó también a bandas de rock emergentes como Los Redondos o Los Fabulosos Cadillacs.

La escena se dispersó con la masividad de sus exponentes y la democracia, que prometía liberación absoluta. Pero ante esa promesa incumplida –o ante la necesidad de romper nuevas estructuras–, el teatro alternativo, independiente y contracultural aún ruge por lo bajo en una escena extendida que ya no se reduce a un sitio emblema, sino que se expande en ondas por toda la ciudad y sus más de cien teatros independientes.

Y si bien se divorció del rock, y cada uno halló sus sitios, aún sostienen modos similares. Hacer teatro independiente es como armar una banda de rock. Hay en la formación de este teatro un espíritu under, contracultural, asimilable al rockero: un hacer constante, una producción desembozada y alimentada por el valor de la propia experiencia. Un hacer indómito, constante, desenfrenado y que, a la vez inconciente, deviene una carrera. Una trayectoria que avala la obra, el discurso, el lenguaje propio. Pero cuál es el lenguaje del teatro de hoy.

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Sofía Wilhelmi y Agostina Luz López son dos exponentes cabales de una generación de dramaturgos –y actores, polifacéticos en suma– que halla en el teatro su modo de plantarse ante los interrogantes. Tienen, dicen, más preguntas que respuestas. Y quieren plantearlas en cada puesta en escena. Las dos han escrito y dirigido mucho. Baby Call, Un nuevo continente y una próxima a estrenar en el caso de Wilhelmi, que además coescribió y coprotagonizó la serie web Plan V. Mi propia playa, La laguna y Los milagros en el caso de Agustina Luz López, que no sabe cuál será el próximo proyecto.

SOFIA WILHELMI

Ambas partieron de sus obsesiones y mundos íntimos para buscar universalizarlos. Y coinciden por estos días en la segunda edición del Festival Internacional de Dramaturgia Europa - América, dirigen por primera vez textos ajenos y rescatan la experiencia de “salir de lo propio” y la posibilidad del hacer. “Estás más desapegado, podés soltar más fácil”, dice Wilhelmi sobre el modo de trabajo con un texto ajeno.

Desde lenguajes propios –López más experimental, Wilhelmi en clave de humor–, ambas venían incursionando en la vertiginosa experiencia de la dramaturgia prolífica y autobiográfica, sin ser autorreferencial, pero con claro y evidente contenido de obsesiones e interrogantes propios. Saludan la aparición de este tipo de festivales por la estructura que proveen. El teatro independiente es por lo general un proceso arduo que va del ensayo y la modificación de textos en entornos caseros al alquiler de espacios y, finalmente, el estreno. Y, si se puede y todo a pulmón y con la ayuda vital del boca en boca y las redes sociales, la perduración por una decena de funciones. Y la prensa, a la que no quieren atribuirle influencias a la hora de crear, que legitima y puede tornar una obra olvidable en un suceso de funciones multiplicadas. En ese marco incierto, el motor son las ganas de hacer y decir.

Son muy prolíficas, y hay algo en el hacer vertiginoso y constante… ¿es generacional?

López: -Hay algo de eso innegablemente, porque si todos estamos en esa cosa polifacética y de hacer y hacer, que también es muy de la juventud el hacer, algo en común hay. Después uno se asienta y empieza a decir qué sí y qué no.

AGOSTINA LUZ LOPEZ

Si el under de los ‘80 era el hijo rebelde de la dictadura, el under actual es deudor de una infancia democrática pero vivida en la plasticidad de los ‘90 y un quiebre posterior a 2001 que derivó en una necesidad renovada de oponerse a la cultura reinante. De oponerle una mirada colectiva, un quehacer grupal y preguntarse por aquello que parecía olvidado: el devenir de la historia. Y pese a eso, una de sus principales características (hacer todo y pocas veces decir que no a un proyecto) parece aún un temor arraigado en la posibilidad palpable del desempleo y a la vez una convicción de que se aprende y se construye haciendo.

Son teatristas en un mundo atravesado por el estímulo constante, y no escapan a ese influjo de la aventura como modo de formarse, del goce y la múltiple experiencia y diversión. “Ese aparecer propuestas constantes emerge a partir de trabajar, trabajar y trabajar. En un momento se da algo inexplicable que permite que vayan surgiendo cosas”, dice López, mientras Wilhelmi asiente y confirma: “Y de pronto uno ya no está preocupado porque no aparezca nada, porque es el que impulsa los proyectos”.

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Quizás una de las máximas más famosas en el terreno del arte sea la de León Tostoi, que escribió algunas de las obras de mayor influencia y trascendencia universal pese a nunca haber dejado Rusia: pinta tu aldea y pintarás el mundo. Bajo esa premisa, con las antenas alerta, las nuevas generaciones del teatro alternativo construyen sus lenguajes a partir de interrogantes propios y del influjo de una época signada por cambios en la forma de concebir la identidad, por nuevos modos de existir y ser en la sexualidad, en la familia, en el espíritu colectivo y de comunidad. La movilización de cientos de miles de personas contra la violencia de género, el grito de #NiUnaMenos y contra las redes de trata, y todos los conflictos vigentes del capitalismo son parte del aire que respiran.

Obras como Pizarniketas polígrafas (Ana Granato), Que Muda (Marisol Méndez), En el fondo (Pilar Ruiz), Rats (Sebastián Kirszner), Segundo subsuelo (Los Perros de Pavlov), Ojos que no ven (Emiliano Dionisi), Menea para mí (Cumbi Bustinza), Futuro (Mariano Tenconi Blanco), En tus últimas noches (Francisco Lumerman), Un día es un montón de cosas (Jimena Aguilar) y tantas otras, permiten ver cómo actúa la coyuntura sobre el teatro. O como el teatro intenta plantarse ante un contexto y marcar la cancha.

“Es un espacio de prueba, y cuando escribo una obra me planteo cosas que me pregunto y escribo para ver qué pienso, para preguntarme más que para responder. No me interesa decir qué pienso sino reflexionar colectivamente sobre un tema. Y eso está definitivamente marcado por lo generacional, lo social, lo cultural”, dice Wilhelmi.

El vínculo entre teatro y realidad no es directo o lineal, a veces siquiera conciente, como dice López: “No es que piense en un tema como la diversidad de género, pero sí creo que algo del mundo en que uno vive que se cuela y está presente y rebotando en uno”. Pero el poder transformador de una obra es la esencia que mantiene vivo al teatro.

“Como espectadora, me modifica mucho cuando veo algo que me resuena y me cambia la concepción que tengo del mundo al ver esa obra. Ese es un poder que tiene el teatro, vivir otro mundo por unas horas y que te modifique tu pensamiento o te haga hacer preguntas”, ejemplifica Agostina, y en seguida pone el foco en la comunión, en la experiencia del hecho colectivo: “Es un cliché, pero es real, por eso ninguna función es igual a la otra”.

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Si la experiencia teatral es un acontecimiento equiparable al de un recital y la creación dramatúrgica –un compositor que luego va probando el texto con los actores y cambiándolo a medida que pasan los ensayos– al de la conformación de la banda, el Festival es un punto de comunión de ambos mundos, con Nirvana y Depeche Mode de fondo: Wilhelmi dirigirá Toda la verdad sobre la vida y muerte de Kurt Cobain, del dramaturgo rumano Peca Stefan, y López, La vez que estuve muerto y Martin L. Gore no me vino a visitar, del suizo Daniel Mezger.

El punto central que une ambos mundos –y eso excede estas obras y circunstancias– es que están en plena búsqueda. Son pura potencia, puro trayecto. “No de querer llegar a un lugar, sino de querer experimentar con las formas y contenidos. En ese sentido de no hacer en los modos típicos sino de someterse a procesos experimentales, puede que sea contracultural”, asume López.

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