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Jueves, 10 de abril de 2003

CONVIVIR CON VIRUS

CONVIVIR CON VIRUS

 Por Marta Dillon

Empecé a escribir esta columna hace más de siete años. Entonces recién me enteraba de que en adelante iba a tener que vivir con el virus del vih en mi cuerpo y creía que eso no sería por mucho tiempo. La muerte respiraba en mi nuca con tal fuerza, que hasta podía ver el humo de su aliento nublándome la vista. Yo intentaba mirar para otro lado. Me deslumbraba con el amanecer, descubría cada vez lo maravilloso que era el mate cuando se cumplían todos los pasos de su preparación, cuán increíble resultaba que yo misma abriera los ojos por la mañana y todo siguiera igual, la radio en su sitio, mi hija esperando su leche, el sol o la lluvia o el largo camino a ningún lado que significa la rutina diaria. Con el tiempo me fui acostumbrando a que no me moriría tan rápido, la excepción había pasado, la muerte se entretenía con cualquier cosa, como si yo fuera una más. Una que podía morir de sida o en un accidente de autos, quién podía adivinarlo. Es difícil acostumbrarse, casi tanto como tomar conciencia de la propia mortalidad. El tiempo corre a su modo cuando comprendemos que no volverá, que andamos un camino que se deshace a nuestras espaldas. No hay vuelta atrás, si se puede reparar eso martillea sobre la almohada como una pesadilla será porque entendimos que siempre se puede recomenzar. Las heridas no se curan, apenas cicatrizan. Y es esa huella y no sólo el ADN lo que dibuja el mapa que nos hace irrepetibles. Hace tiempo que entendí que tener vih no es estar condenada a muerte, al menos no en los próximos días, no porque el sida vaya a determinar cuándo. Desde entonces una leve amnesia me nubla de vez en cuando, me olvido de lo que aprendí cuando creía que la vida era tan frágil que merecía cuidados especiales. Está bien que sea así, pienso. Nadie puede vivir todo el tiempo pensando que puede morir al día siguiente. De hecho supongo que en Bagdad la gente va al mercado para olvidar que puede morir, para alimentarse, para seguir viviendo. No hay otro modo de resistir más que seguir empecinadamente el camino hacia delante. Hace meses que pienso que tengo que dejar de escribir esta columna, hace demasiado tiempo que lo hago y creo que ya no tengo nada para decir, que ya dije todo lo que se podía decir en relación al vih y los muchos males que nos cercan. Pero cada vez que voy a intentar la despedida alguien llama o manda un mail preguntando por qué no sigo caminando empecinadamente hacia delante. Y no sé qué contestar.

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