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Jueves, 4 de abril de 2002

EL CUARTO DISCO DE BLUES MOTEL/EL REGRESO DE LOS VERDADEROS BUZZCOCKS/LA HISTORIA SEGUN MR. BEAN/LINIERS EXPONE EN RECOLETA

EL CUARTO DISCO DE BLUES MOTEL
Melancólicos

La locura”, “Pastillas”, “El abismo”, “No hay luz”, “Clonazepam”... No se trata de definir telegráficamente la situación actual argentina, simplemente así se llaman algunas canciones que Blues Motel grabó en su cuarto disco Malbec.
–¿Tan de bajón viene la mano?
–Es cierto –responde Adrián Herrera, guitarrista–, las letras son melanco, de bajón y resaca. En “Clonazepam” tengo la imagen del chabón de La metamorfosis de Kafka en un cuarto oscuro, medio arruinado y mirándose en el espejo. Lo veo onda Tom Waits... apagado. Además tiene que ver con un mambo fóbico y de ciertas psicosis raras que sufrí. La onda de las letras está asociada a esa época chota que vivimos durante la grabación del tercer disco –Un tajo en la oreja (1998)–, tuvimos problemas de salud, problemas con la compañía, problemas para conseguir lugares para tocar. Hay muchas cosas que no podés resolver y la vía para hacerlo pasa por escribir así. Es un proceso que estamos asimilando ahora.
La música de Malbec, en este contexto, aparece como la contracara de la tendencia letrística. La banda suena fresca y emotiva en “¿No parece extraño?”, rocker como en los primeros tiempos en “Desperté” y furiosa en “Demian & Abraxas”. “Malbec es la síntesis de nuestra historia. En el tercer disco, muchos pibes stone nos hicieron la cruz por habernos tomado el atrevimiento de cambiar y la gente que podría haber gustado de ese disco, debido a esa maldita etiqueta que te ponen, ni siquiera se tomó el laburo de escucharlo. Pero, a partir de sacarnos las ganas de experimentar, pudimos volver a nuestro estilo ya sin pegarnos tanto a los Stones. Algo parecido a lo que hicieron Los Piojos”, prosigue Adrián.
Muchas cosas han pasado desde que la banda debutó en 1988. La historia de Blues Motel es una historia de amigos, de marchas y contramarchas, de búsqueda, de resistencia al éxito. “Podríamos haber hecho negocio si nos quedábamos pegados a la etiqueta stone. Pero no es la idea. Acá te encajonan y quedás acorralado en un lugar del que no podés zafar. Eso me rompe las pelotas... Los rollinga, los mengano, los fulano, son todos unos boludos, es un extremo ridículo, que te limita para progresar como banda”, dice Rafael Gidenberger, el baterista. C.V.

EL REGRESO DE LOS VERDADEROS BUZZCOCKS
Dúo dinámico

La reunión no mereció ninguna tapa de revistas, ni un especial de MTV (qué va...). Pero buena parte de la música punk, y lo que vino después, es responsabilidad de estos dos señores mayores con pinta de locos que te miran desde la foto y que, 24 años después de firmar el primer lanzamiento punk independiente –Spiral Scratch, por The Buzzcocks–, volvieron a hacer música juntos. Pete Shelley y Howard Devoto, los protagonistas de la historia, tomaron por diferentes caminos luego del seminal EP surgido desde Manchester en 1977. Shelley siguió con sus Buzzcocks hasta el presente (el año pasado vinieron por segunda vez a Buenos Aires) y Devoto entregó, por ejemplo, un gran disco como The Correct Use of Soap con Magazine –clave para entender la actualidad de Radiohead, sin ir más lejos–, hasta que prefirió convertirse en director de archivo de una agencia fotográfica. No volvió a la música hasta que co-escribió y tocó con Mansun, en el proyecto Railings. Ahora, el punk rocker y el art rocker se unieron con el alias autorreferencial Shelley-Devoto y el resultado es Buzzkunst: un disco mecánico y visceral, que remite a Kraftwerk y David Bowie, tanto como a la nueva ola inglesa que ellos mismos contribuyeron a crear. La música de dos hombres maduros (por los 50) que ya vieron pasar algunas cosas, aunque ellos sigan ahí. ¿Mirarse a sí mismo y ver qué? “Es un vicio para una persona como yo: quedarme atrapado en la imagen mental que, creo, se tiene de mí. Hay gente que se desilusiona si te ve sentado en el colectivo o comprando un papel higiénico más barato del que creen puedo comprar”, razona Devoto, el señor al que alguna vez se definió –en el estilo tan británico de definir– como “el Orson Welles del rock”. E.P.

LA HISTORIA SEGUN MR. BEAN
Había una vez...

El señor Bean, el niño en cuerpo de adulto capaz de las más increíbles morisquetas y desastres provocados a su paso, alguna vez vistió de caballero de la corte británica. Con él (más bien a través de él), el devenir de los acontecimientos políticos del Reino Unido de la Gran Bretaña pasa por The Black Adder, una serie histórico-paródica que retrata todo tipo de escándalos, traiciones, victorias y miserias de la Corona. Con un estilo definitivamente adecuado a la mirada “Monty Python” de la historia (parodia, pero no tanto), la serie comenzó a emitirse en la BBC en 1983 y se extendió debido a su éxito en las islas, hasta 1990. Ahora, en Argentina 2002 se presenta la oportunidad de ver su primera temporada, que consta de seis capítulos de media hora y que recorre el período 1485-1489, clave en la conformación moderna del Imperio. Desfilan los reyes, sus cortes, las guerras y conspiraciones, las ansias de poder. Lo mejor de todo es que en cada uno de esos momentos está Bean (perdón, Rowan Atkinson), haciendo esas caras que sólo él puede hacer. Un programa irresistible.
“The Black Adder” se puede ver, gratis, de martes a viernes a las 18 en el British Arts Centre, Suipacha 1333, hasta el viernes 19.


LINIERS EXPONE EN RECOLETA
Es arte

Además del virrey, el barrio y el mercado, Liniers es el segundo nombre de Ricardo Siri, el autor de la tira que se publica cada semana en esta misma página. Sus personajes ya no necesitan presentación: los pingüinos, el hombre con un señor pegado a la cabeza, Warner (el tipo al que todo le sale mal), la absurda saga melodramática Love Story, la reveladora ¿Es arte? y, más lejos en el tiempo, el sujeto que se encargaba de poner títulos en castellano a las películas extranjeras. “No sé quién es, pero si me lo señalan en la calle creo que le pego una trompada. Me imagino a una especie de Luis Pedro Toni”, dice Liniers, cuyos primeros recuerdos como lector (antes de tragar la tinta agria de Robert Crumb) se remontan a las obras de Quino (Mafalda), Hergé (Tintín), Harriman (Crazy Cat) y Schultz (Peanuts; o Snoopy, para los amigos). Los cuatro maestros que retrató con riguroso realismo en cierta entrega de Bonjour. A propósito: ¿por qué a Liniers cada tanto se le ocurre dibujar en serio? “Eso es para la gente que me pregunta si sé dibujar. No creo ser un gran dibujante, pero parece necesario aclarar que, si me lo propongo, sé dibujar una casa, o a una persona normal. También es una manera de recuperar el espíritu de los comienzos de la historieta, cuando se dibujaba mucho. En los últimos 30, 40 años de humor gráfico, el dibujo sólo parece acompañar al chiste.” Liniers viene interesándose por artistas que llevan el dibujo al terreno de la literatura, de la historieta novelada: Daniel Clowes con sus Ghost World y Como un guante de seda forjado en hierro, o Chris Ware con la increíble Jimmy Corrigan, el niño más inteligente de la tierra. Gracias al interés de la editorial valenciana Ponent, él mismo está abocado a la realización de una novela gráfica, mientras celebra la aparición de Warhol para principiantes (con textos de Santiago Rial Ungaro) y la posible recopilación de las tiras Bonjour a cargo de Ediciones de la Flor. Entre la inocencia y la psicodelia, Liniers define la esencia de su estilo: “Yo trato de evitar remates, de agarrar al lector a contrapelo. No veo por qué el último cuadrito tiene que ser el gracioso”. P.P.
La exposición “Bonjour” inaugurará hoy a las 19 en el espacio Historieta del Centro Cultura Recoleta (Junín 1930). Permanecerá abierta hasta el 28 de abril. Se exhibirán trabajos publicados en este suplemento, además de bocetos, rarezas y originales de otros trabajos.

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