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Jueves, 8 de diciembre de 2005

AGUAS (RE) FUERTES › AGUAS (RE) FUERTES

Colocado

 Por Mariano Blejman

El sol era un ocre puro y daba contra el suelo de Chefchaouen, al norte de Marruecos. La sombra realzaba los contrastes del pueblo, que estaba dispuesto a entrar en su enésima y mezquita oración islámica. No se podía tomar alcohol –salvo en los hoteles–, pero sí se podía consumir cualquier tipo de estupefacientes. Pacientes. El asunto es que uno de ellos ofreció colocar la cabeza antes de dormir, uno de los tantos marroquíes que se proponía sacarle el vuelto a uno de esos abultados sueldos europeos que pasaban por ahí, vestidos de turistas. Algunos de los que acompañaban aceptaron la oferta, y después opinaron (más tarde) que el verdadero opio de los pueblos era el opio que se vendían los pueblos entre ellos. Blablerías. Uno de mis amigos consiguió algo para colocar su cabeza y se procuró también un lugar cómodo para hacerlo. Era más que nada para hacerse cargo de la imagen: colocar la cabeza, como si ésta pudiese soltarse y caer rodando por ahí hasta desvanecerse de ideas. El hostal de La Castellana tenía una terraza sin cielo, y todos pasaron la noche intentando colgarse de alguna nube que osaba pasar por ahí. A las cuatro de la mañana, cuando las almas dormían a tan sólo unos pasos de la cadena montañosa más cargada de marihuana del mundo, al pueblo entero se le ocurrió levantarse a invocar a Alá. De rodillas, enfrentados contra su piso. Nosotros no lo entendimos, aunque escuchamos los vozarrones del altavoz con visos de propaladora que rezaba esperanza. Era una voz oscura que invocaba sus propias ánimas, parecía que el mismo infierno estaba llamándonos. ¿O era el cielo? Como sea, nosotros no queríamos ir. Uno de mis amigos pensó justamente eso, que los sonidos que estaba soñando no eran otra cosa que sonidos de ultratumba. Se levantó sobresaltado y me dijo que acababa de soñar que se estaba muriendo, y que la muerte lo estaba llamando con un sonido dulzón, cálido, que le daban ganas de acercarse hacia un túnel, aunque la voz carraspeaba bastante. Yo le dije que su cabeza estaba bien colocada. Y le propuse que siguiera durmiendo.

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