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Jueves, 14 de agosto de 2008

LA ESCENA

Inconscientes

 Por Mario Yannoulas

“Nos vamos a morir todos, criminales hijos de puta.” Chabán olió que algo andaba mal. Minutos después, el fuego de una candela desencadenaba el desastre en Cromañón, y el rock argentino perdía su inocencia. La banda más bengalera no quería darse el lujo de guardar la pirotecnia para otro día, porque un show de Callejeros no era eso sin los colores. El fenómeno no era exclusivo del séquito de Santos Fontanet, pertenecía a la escena del rocanrol, llámese barrial, llámese chabón. Y el ritual tampoco terminaba ahí: el hábito de la pirotecnia, fútbol mediante, estaba instalado en los recitales de rock, y hasta había coqueteado con la música electrónica. Una neo-costumbre argentina que, como toda costumbre, no dejaba mucho espacio para la reflexión. Su consecuencia fue algo que ni el mundo del rock en su intrínseca inconciencia (periodismo incluido, claro) pareció ver venir claramente.

El ritual pirotécnico podía leerse como una humilde ofrenda hacia la banda cuando ya no alcanzaba con escuchar sino que, también, había que demostrar pasión. Pero también como una competencia por ver quién ostentaba más aguante y, de paso, la posibilidad de ganar metros hacia el escenario gracias al miedo de los otros.

Sin consenso para las bengalas, la escena tuvo que reestructurarse. Algunos tuvieron que replantear su propio espectáculo, cuando antes la gente les ahorraba la mitad del trabajo: tocar bien. El terreno de las bandas barriales sufrió depresión al ver cómo su icono festivo pasaba a ser un elemento de tortura. La Ciudad de Buenos Aires se transformó en sinónimo de “prohibido”, y la cosa se derramó hacia el conurbano, donde la paranoia burocrática no caló tan hondo, y los pibes se arreglan con globos, papel picado y banderas ignifugadas. Otros, más experimentados, debieron actualizar las reglas: Las Pelotas en Gesell Rock y La Renga en Vélez cortaron temas para que se apagaran bengalas. Una excepción es la del Indio Solari, en cuyos recitales se vieron varias, siguiendo la anacrónica tradición ricotera de forzar los límites de lo posible.

El episodio de la candela terminó de desenmascarar el hecho de que los recitales ya pocas veces funcionan como lugares donde encontrar gente, o valores diferentes. ¿Es suficiente con proscribir las bengalas? Hoy, en algunos espectáculos subsiste una desconsideración por el otro. La misma poca consideración que mostraron los grandulones ricos y pobres que tiraron petardos un día después, el 31 de diciembre de 2004. La necesidad de mostrar aguante y pisar cabezas no es patrimonio de estas bandas. La ex escena bengalera, mientras, intenta sobrevivir como puede: sin bengalas.

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