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Jueves, 19 de febrero de 2015

LISANDRO BERENGUER, EL PROPAGADOR

“Si hay abuso, no hay BDSM”

 Por José Totah

Cuando Lisandro Berenguer cumplió los 40, citó a todos sus amigos en un bar de Once llamado Deviant Club, clausurado en octubre de 2013, luego de que el local fuera denunciado por “trata de blancas”. Aunque se dice que el motivo fue que el barsucho tenía un sótano en donde había elementos de BDSM (Bondage; Disciplina y Dominación; Sumisión y Sadismo, y Masoquismo). Y, al parecer, eso escandalizó a uno o varios vecinos mala leche. A medida que los invitados iban cayendo al cumple y bajaban al subsuelo, se enteraban del nuevo mundo que hacía feliz Berenguer. El entrañable mobiliario BDSM regalaba jaulas, cepos, potros y simpáticas cruces de San Andrés para inmovilizaciones y prácticas sadomasoquistas. “Algunos ya sabían que estaba en el tema y a otros les conté ahí”, recuerda Berenguer.

Hoy, este actor, escritor y a veces cantante de 42 años, que se define como “divulgador del amor libre y las sexualidades alternativas”, tiene las cosas tan claras que, cuando habla, da la sensación de que el BDSM es un universo perfecto en el que dominantes y sumisos alcanzan, juntos y a puro chirlo, el pico de su realización sexual y personal. El BDSM es un concepto relativamente nuevo, que data de los ‘90 y viene a reemplazar lo que inicialmente se denominó SM (sadomasoquismo). El término engloba un conjunto de prácticas, actividades y roles sexuales que se apoyan siempre en el consenso. El mantra del BDSM es simple y potente: “Si hay consenso, no hay abuso; si hay abuso, no hay BDSM”.

No se sabe si Lisandro lo buscó, pero se convirtió en un referente del tema en Argentina, en una fuente de consulta calificada. “La gente BDSM está invisibilizada, patologizada y es perseguida por el Estado”, asegura, y pone de ejemplo del cierre de aquel sótano encantador que el gobierno porteño multó varias veces (los inspectores siempre encontraban un motivo), hasta obligarlo a cerrar y llevar las cruces de San Andrés a otra parte. El cierre de Deviant hizo que Lisandro se enquistara más en su papel difusor: “El Manual de Psiquiatría estadounidense clasifica el BDSM en el rubro de las parafilias o actividades sexuales ‘no sanas’, como en algún momento se calificó a los homosexuales o a los trans”, cita.

En Argentina hay muchos preconceptos. “Hay casos de padres que perdieron la tenencia de sus hijos por ser BDSM”, afirma Berenguer, que dirige Consensuar BDSM y Diversidad, organización dedicada a la visibilización y la educación sobre el tema, con planes de convertirse en ONG. Y también encabeza ALA, Amor Libre Argentina, para informar sobre opciones no monogámicas de relacionarse sexoafectivamente. Además, dicta seminarios sobre dominación y sumisión, y da cursos teórico-prácticos de spanking (chirlos o castigos corporales que, en la búsqueda del placer, causan dolor temporal pero no producen ningún daño físico permanente). El segundo sábado de cada mes, además, se juntan a charlar en un bar, en un evento que llaman “Noches desviadas”.

“Es increíble la cantidad de parejas sub 25 que se enganchan con el BDSM; hay gente que esperó tener 18 para sumarse a Mazmorra, el foro BDSM en lengua hispana más importante del mundo”, jura el experto, que trata de distanciarse del boom de las 50 sombras de Grey. Hace unos días, Stephen King calificó la película de “basura” y dijo que es “porno para mamás”. Pero Lisandro piensa que es un poco más delicado, porque populariza al BDSM como algo que no es. “Lo que hay en el film es una relación de abuso, una manipulación psicológica del Christian Grey sobre la sumisa Anastasia”, describe. Y remata: “El BDSM está basado en el consenso entre adultos que negociaron un acuerdo en las condiciones más igualitarias posibles”. Lo otro, lo de la peli, sí que es porno para MILFs.

Noches desviadas, sábado 14 de marzo en Déjà Vu, Paraguay y Vidt. Desde las 23.

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