Dom 09.05.2004
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PáGINA 3

La condición humana y la tortura

Marguerite Duras participaba en “grupos de resistencia” a la ocupación nazi en Francia. Este relato corresponde a su participación en un grupo que torturaba a los soplones franceses (chivatos) durante la guerra.

Por Eduardo Pavlovsky

Sylvere Lotringer: Está el relato que Marguerite Duras hizo en El Dolor sobre la tortura que ella le infligió a un soplón francés en los últimos días de la Liberación de París.
Paul Virilio: Es terrible sí. Lo leí. Porque las mujeres casi no participaban en esos horrores.
S. L.: Es claro que la tortura que Marguerite Duras le infligió a este colaboracionista le produjo una especie de goce. El texto está muy erotizado...
(Amanecer Crepuscular. Fondo de Cultura Económica, 2003)

–¡Dale!
Y le dan. Son como máquinas bien engrasadas. Pero de dónde viene, en los hombres, esta posibilidad de golpear, de acostumbrarse a golpear, de hacerlo como un trabajo, como un deber.
–¡Se lo suplico! ¡Se lo suplico! ¡No soy un canalla!
Grita el chivato.
Tiene miedo de morir. No lo suficiente. Sigue mintiendo. Quiere vivir. Incluso los piojos se aferran a la vida. Thérése se levanta. Está angustiada, tiene miedo de que nunca sea suficiente. ¿Qué le podrían hacer? ¿Qué se podría inventar? El hombre que contra el muro cae tampoco ha hablado, qué otro silencio, y contra el muro un segundo, su vida, reducida a ese silencio aplastante. Contra el muro ese silencio –es preciso que éste hable–; este chivato, aquí. Dios mío, nunca será suficiente. Están todos aquellos a quienes les da igual, las mujeres que acaban de salir y todos los emboscados que ahora ironizan: “Nos hacéis reír con vuestra insurrección, con vuestra depuración”. Hay que golpear. Nunca más habrá justicia en el mundo si en este momento uno mismo no es la justicia. La comedia. Los jueces. Las salas artesonadas. La justicia, no. Han cantado La Internacional en los vagones celulares que pasaban por las calles y los burgueses miraban detrás de las ventanas y decían: “Son terroristas”. Hay que golpear. Aplastar. Hacer saltar en pedazos la mentira. Ese silencio innoble. Inundar de luz. Extraer esa verdad que ese puerco tiene en la garganta. La verdad. La justicia. ¿Para qué? ¿Matarle? ¿De qué sirve? No es por él. No tiene que ver con ese hombre. Es para saber. Golpear hasta que eyacule su verdad, su pudor, su miedo. El secreto de lo que ayer le hacía todopoderoso, inaccesible, intocable.
Cada puñetazo resuena en la habitación silenciosa. Es como golpear a todos los canallas, a las mujeres que han salido, a todos los delicados que hay al otro lado de los postigos. El chivato grita “uh, uh” en largos lamentos. Detrás de hombre, en la sombra, se mantiene el silencio mientras llueven los golpes. Es al oír su voz que protesta cuando estallan las injurias, dichas con los dientes apretados, los puños apretados. Ninguna frase. Siempre las mismas injurias que resuenan cuando la voz del chivato prueba que sigue aguantando. Porque de la fuerza del chivato queda eso, esa voz para mentir. Todavía miente. Todavía tiene fuerza para mentir. No ha llegado al límite en que ya no se miente. Thérése mira los puños que caen, escucha el gong de los golpes, siente por primera vez que en el cuerpo del hombre hay espesores casi imposibles de romper. Capas y capas de verdades profundas, difíciles de alcanzar. Se acuerde de que la había captado vagamente durante los incansables interrogatorios de la pareja. Pero menos fuerte. Ahora es extenuante. Es casi imposible. Trabajo de demolición. Golpe a golpe. Hay que aguantar, aguantar. Y dentro de un rato saldrá, saldrá muy pequeña, saldrá dura como un grano la verdad. El trabajo se hace lejos, en ese pecho solitario. Golpean en el estómago. El chivato grita y se coge el estómago con las dos manos, se retuerce. Albert golpea de más cerca, le da un golpe en las partes. El se cubre el sexo con las dos manos y grita de nuevo. Su cara sangra abundantemente. Tampoco antes era un hombre como los demás. Era un chivato de hombre. No sepreocupaba de saber por que motivo le pedían que chivatara. Ni siquiera los que le pagaban eran amigos suyos. Pero ahora no se le puede comparar con nada vivo. Incluso muerto, no se parecerá a un hombre muerto. Será un bulto en el vestíbulo. Puede que sea tiempo perdido. Habría que terminar. No vale la pena matarle. Tampoco vale la pena dejarle vivir. Ya no puede servir de nada. Está completamente fuera de uso. Justamente porque no merece la pena matarle se puede seguir.
(Marguerite Duras, El dolor, Plaza & Janés, 1993).

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