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Domingo, 19 de octubre de 2003

TEATRO

El agitador

Profesional de la perturbación, Alberto Ure lleva tres décadas sembrando audacia, provocación y libertad en el campo teatral argentino. Tras el accidente vascular que lo obligó a replegarse por un tiempo, el director de Atendiendo al doctor Sloan, Puesta en claro y Los invertidos contraataca en varios frentes a la vez: Sacate la careta, un libro que recoge sus explosivos ensayos sobre teatro y política, una novela “de trotskistas” y un par de proyectos escénicos (un Hamlet, un Edipo Rey) que –una vez más– darán que hablar. Repaso de una obra más abierta y polémica que nunca.

Por José Tcherkaski

Conversar con Alberto Ure siempre me ha resultado una experiencia estremecedora. Amparándome en una vieja amistad, me atrevo ahora a invadir su mundo para escuchar sus opiniones siempre provocadoras, conocer sus proyectos y hablar esencialmente de su libro Sacate la careta. Ensayos sobre teatro, política y cultura, que acaba de publicar el Grupo Editorial Norma.
Un grupo de amigos de esta figura renovadora, audaz e irreverente de la cultura argentina decidió publicar el primer tomo de “las Obras Completas de Ure”, como las llama Cristina Banegas en el prólogo del libro. Paola Motto, joven investigadora teatral, tuvo a su cargo una ardua tarea de investigación para ubicar, reunir y luego clasificar los artículos, ensayos, reportajes, trabajos de dramaturgia y traducciones, un valiosísimo material disperso en bibliotecas, teatros oficiales, diarios y revistas. La edición corrió por cuenta de María Moreno, que –según sus palabras– debió lidiar con la “heterogénea montonera de referencias” que se pasea por los textos. Vaya si salió airosa.
Según Cristina Banegas, Ure “es un director, un teórico, un maestro, un pensador único. De una inteligencia y una audacia intelectual extrema, que excede absolutamente el campo teatral y lo coloca en esos lugares de la cultura argentina que terminan siendo incómodos y temibles para casi todos los funcionarios de turno, los críticos mediocres y los bienpensantes del arte teatral en general”. Es cierto. Pero yo creo que Ure, ineludiblemente, es un artista. Por eso sigue luchando, a pesar de la adversidad que lo alejó durante varios años de su puesto de combate. Lo encontré animoso, con una férrea memoria que le permite revivir con marcado humor anécdotas del mundo cultural donde encontró enemigos pero también fervorosos admiradores.
¿Qué te pasa al ver en un libro todo lo que viniste trabajando a lo largo de tantos años?
–Siento una alegría muy grande. Creo que va a ser un libro muy útil para muchos jóvenes, porque muestra un modelo de pensamiento sobre el teatro.
¿Cuáles son, para vos, los artículos que más aportan, los más interesantes?
–Uno que se llama “El ensayo teatral, campo crítico”, que tiene dos partes.
¿Por qué?
–Porque en general el del ensayo es un tema que no ha sido muy analizado. Es un hecho central en el teatro, pero fijate que casi nadie ha escrito sobre el asunto. Públicamente se habla muy poco de él, y yo creo que tanto silencio es excesivo: llama la atención lo poco que los innovadores extienden sus inquietudes hasta ese campo de acción.
¿Ni Grotowski, ni Stanislavsky, ni Barba escribieron sobre el ensayo?
–No sobre lo que es la experiencia misma del ensayo. Por las declaraciones de los actores se puede deducir que los ensayos son difíciles, complejos, llenos de exigencias, porque –en la medida en que se superan obstáculos– se pueden pronosticar mejores resultados. Pero nunca se sabe mucho más. Yo tengo un estilo personal de ensayar, que es un poco el resultado de mi paso por el psicodrama y la pedagogía. En general son muy graciosos, mis ensayos.
Y muy perversos.
–No exageremos. Son graciosos y... duros. Tuve ensayos muy buenos que eran sesiones desopilantes. Es raro, pero para mí reírme en un ensayo es estimulante. No lo vivo como festivo: cuando me río siento una angustia insoportable que sólo me hace decir más chistes y armar parodias.
Cuando el actor ensaya vos le hablás al oído todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Qué vínculo se origina entre el actor y vos cuando le hablás así, como en secreto?
–Es lo que yo llamo “improvisaciones controladas”. En vez de dejar que un actor vea qué le sale de bueno, le hablo al oído y lo voy controlando, lo apuro. Le hago de dramaturgo. Así voy trabajando cada vez con más intensidad. Además de la influencia del psicodrama, me apoyo en lo que deduje que quería decir Grotowski con su noción del “compañero secreto”, que recibe lo íntimo sin críticas ni pudor.
¿Qué buscás en el actor provocando tanta intensidad?
–Que exprese. Que el pensamiento del actor se desarrolle como un diálogo, que en general es polémico. Mi voz se va transformando en una voz interna y provoca mayor libertad en el actor.
¿Has formado discípulos en ese sistema?
–Creo que no.
¿Te duele?
–Claro que me duele.
¿Por qué no tuviste discípulos?
–No por egoísmo, porque yo no soy egoísta: soy un tipo que hace circular mucho el conocimiento.
Pero tenés imitadores.
–Algunos.
¿Y te imitan bien?
–Algunas veces sí.
¿Qué director te gusta de los que viste?
–Carlos Gandolfo y Augusto Fernandes me parecen buenos. Roberto Villanueva me gusta mucho.
Más que director de actores, Villanueva es un puestista, ¿no?
–Sí, pero es un puestista extraordinario. En cambio, la dirección de actores no es su fuerte.
Vos sos más director de actores que puestista.
–Sí: yo hago la puesta en escena de la dirección de actores.
Es curioso cómo Villanueva y vos se respetan mutuamente.
–Sí. Cuando ganó el Premio Konex, Villanueva dijo: “El que tendría que estar acá es Alberto Ure”. Es muy poco común en este medio estar elogiando a alguien.
Conversando con María Moreno, yo le decía que de todos los títulos nobiliarios que te dan, el único que me parece realmente legítimo es el de artista. ¿Te molesta la palabra “artista”? ¿Te gusta?
–Me gusta, sí. Yo soy un artista. Lo que pasa es que es una palabra devaluada. Si vas a sacar un crédito y les decís que sos un artista no te lo dan. El teatro no ha sido para mí un oficio. Siempre he depositado en él una zona absolutamente privada. Siempre traté de demostrar que el hecho teatral tiene que ser una invención.
¿Qué es lo que más te gusta de lo que has hecho en tus puestas? ¿Qué pensás que es lo más original?
–Cierta manera de releer los clásicos tomando lo que no es convencional.
¿Y qué es lo que tiene que pasarle al espectador frente a un clásico como Antígona, por ejemplo?
–Tiene que atraerle lo que pasa en el escenario. Ahí tiene que desarrollarse un espectáculo entretenido; el espectador no tiene que aburrirse. Eso es básico.
¿Es imprescindible que crea lo que pasa en el escenario?
–Sí. Si no lo cree, se va a aburrir mucho.
Entonces el teatro es pagar para ver mentiras.
–Sí, eso es el teatro. Una gran mentira. Y fue así siempre, desde los griegos. Como digo “El ensayo teatral”: “El teatro es lo que los demás creen que ven mientras, además, se está tramando una burla”.
Entonces sos un mentiroso. ¿Y cuándo decís la verdad?
–Digo la verdad cuando hago teatro, que es una mentira. El juego es así.
Más allá del teatro, ¿qué cosas
te interesan?
–Ahora voy a empezar a escribir ficción. Una novela. Estoy pensando un libro que se va a llamar Los trotskistas, sobre los trotskistas que conocí en la Argentina. Y fueron muchos. Siempre tenía algún amigo trotskista.
Contame alguna historia de un trotskista amigo tuyo.
–Hay un personaje famoso de mi generación que se llamaba Mateo Fossa. El único argentino que conoció a Trotsky. Era como un prócer viviente, tenía más de 80 años. Lo traían a las reuniones como embalsamado. Un día Trotsky le pregunta a Fossa: “¿Qué le pasa a la sociedad argentina según usted?” “Son unos pajeros”, le contesta Fossa. “¿Y qué son los pajeros?” “Onanistas”, le dice Fossa. “¿Y qué variante política tiene el onanismo en la Argentina?”, sigue Trotsky. “¿Son onanistas de izquierda?” “No, son onanistas, nomás”. “Estoy de acuerdo”, le dice Trotsky.
¿En qué momento te empieza a interesar la política?
–Desde muy chico.
¿Y cómo llegás a ser socialista?
–Por lecturas, por convicción. Lentamente. Yo a los siete u ocho años ya era muy lector. Un lector atorrante. Y a los 15 años me hago socialista, que es como tiene que ser. Un tipo que a los 15 años no es socialista es un hijo de puta.
¿Alguna vez alguien te dijo que no había entendido nada de una puesta?
–Muchas veces. Por ejemplo, en una función de El campo, en 1984, la gente se agarró a las piñas en el intervalo. Unos decían: “No se entiende nada”, y otros: “Callate, boludo”. Los defensores del texto me acusaron de arruinar la obra, de falsear todo. Llama la atención que aquí se hayan aceptado obras de vanguardia europeas pero no sea posible tener una vanguardia propia, y menos aprovechar su utilidad.
Quizá por eso fue tan emocionante la defensa que hizo de vos Griselda Gambaro.
–Sí, fue cuando hice los ensayos públicos. Yo le había pedido a Griselda Gambaro la obra Puesta en claro, y con Cristina Banegas hicimos improvisaciones que nos sugería el texto. Yo pensé que la Gambaro iba a rechazar ese buceo en las bajezas humanas, pero, no: escribió una defensa conmovedora. Eso es lo bueno de la Gambaro: no se la cree.
¿Volverías a hacer los ensayos públicos
con la Banegas?
–Sí, los haría de nuevo.
¿Con tanta violencia?
–Sí, aunque en un momento me asusté porque eran muy violentos. Los haría estando más sobrio y más tranquilo.
¿Tus actores preferidos siguen siendo
Cristina Banegas y Antonio Grimau?
–Sí, totalmente. Grimau es lo que yo llamo un “actor fedayín”. Hacía lo que yo le proponía sin preguntar nada.
¿Tato Pavlovsky te gusta tanto como Grimau?
–Sí. En algún sentido me gusta más, porque es más cómico. Tato es muy gracioso cuando actúa; es muy guarango cuando improvisa. Los chistes que se le ocurrían a Pavlovsky se me anticipaban, porque eran los chistes que hubiera hecho yo. Luppi también me gusta mucho. Y me gustaban Petrone, Muiño, Sandrini y Olmedo, que es el gran cómico argentino. He visto a pocos actores alcanzar un dominio tan alto de su arte como él.
¿Nunca lo dirigiste, no? ¿Por qué nunca le propusiste algo?
–Cosas que pasan en la vida. El tipo me conocía bastante y hablaba de mí. Una vez entré a un restaurante con unos amigos y ahí estaba Olmedo. El tipo se me acerca y me dice: “Che, no me cargue más”. Uno de mis amigos le pregunta: “¿Por qué lo va a cargar Ure?”. Y él: “Porque sé que me elogia en sus clases”. Y entonces le dije: “Yo lo elogio porque lo admiro mucho, Olmedo”. Pero no me creyó y me siguió diciendo: “Déjese de joder, no mecargue más”. Y era cierto: yo lo admiraba muchísimo. El capitán Piluso me parecía una creación genial.
¿En qué obras estás pensando para
el futuro?
–En Hamlet y Edipo Rey de Sófocles.
¿Con quiénes las harías?
–Edipo con Iván González, y Hamlet con Darín.
Es raro que no pienses en Tortonese o Urdapilleta.
–Tengo la idea de hacer con ellos una adaptación de El sirviente de Harold Pinter.
¿Con quiénes te gusta más trabajar: con actrices o con actores?
–Con mujeres. Me gusta mucho más. Entiendo más a las mujeres que a los hombres, aunque parezca mentira.
¿Qué le proponés al lector con
este libro?
–Me encantaría que la gente me escribiera y me dijera: “Esto no se entiende”. Y yo le buscaría la vuelta para escribirlo mejor.

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