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Domingo, 20 de septiembre de 2015

LIBROS > ERNST HAFFNER

ADIÓS A BERLÍN

El destino de Ernst Haffner constituye un misterio a lo Ambrose Bierce. Autor que dio a conocer en 1932 una crónica novelada sobre los jóvenes pandilleros de Berlín, periodista y trabajador social, desaparecería sin dejar rastros poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En 1934 su libro fue quemado en una hoguera pública. Así y todo algunos ejemplares sobrevivieron y en 2013 apareció en Alemania una edición en la ola de rescate de textos que indagaban en las secuelas de la Gran Guerra. Ahora acaba de ser publicado en Argentina por Seix Barral. Hermanos de sangre es una joya oscura y densa, curiosamente vitalista en el basurero de la historia. Una joya de lectura imperdible.

 Por Sergio Kiernan

Nadie que sea argentino puede perderse la señal de que un libro sobre los marginales de Berlín, sobre la vida dura de la calle, lleve el nombre de Haffner. La conexión es inmediata: Arlt y su Rufián Melancólico, el escritor hijo de alemanes con su personaje hijo de alemanes, la bestia proletaria del diario Crítica y su creación más dura, el que se dedica a explotar mujeres, las faja, las considera íntimamente unas putas de verdad que no se merecen nada. Para más coincidencia, el Haffner real y el Arlt porteño son contemporáneos, se mueven como cronistas en ciudades enormes, y toman como centro de sus creaciones la dura, tan dura disciplina de la época, la de la primera posguerra, la de los reformatorios donde te fajan y te enseñan a ser un delincuente eficiente, la de las casas donde al padre se le habla de usted o vuela el cachetazo, la que marca que el Estado es el enemigo de calabozo y tortura, que te agarra en cuanto das un mal paso, porque el mal paso es caer en la desgracia. Es casi una cosa entre alemanes, no porque la hayan inventado ellos, pero sí porque la hicieron como pocos, con una saña moralista que todavía asombra.

Ernst Haffner, el autor real y no el Rufián, es para colmo un misterio, un hombre desaparecido por la mayor expresión de la represión alemana. No se sabe ni cuándo nació, apenas quedó un papel que dice que vivió en Berlín entre 1925 y 1933, que fue periodista y trabajador social, y que publicó en 1932 un libro durísimo y exacto que fue un éxito de crítica. El siguiente papel dice que ese libro fue prohibido por los nazis apenas tomaron el poder en 1933 y fue parte de la hoguera simbólica de la literatura degenerada. Y el último dice que Haffner fue citado ante la Cámara de Escritores del Reich, una dependencia de esa novedad llamada Gestapo, y que parece que ni apareció. Eso es todo. Ni dónde murió ni cómo. Ni qué hizo para ganarse la vida, ni si tuvo familia. Nada. Haffner desaparece por completo en la enorme guerra, no queda ni un papel, ni un prontuario. Un silencio que se completa porque nadie parece darse por enterado de su libro ni en la furia por estudiar la literatura de la República de Weimar, el tan rico período de explosión creativa antes del silencio de Hitler. Recién en 2013 el editor Peter Graf recibe una copia baqueteada de Juventud en la carretera a Berlín, lo lee, queda fascinado, investiga al autor, se queda más fascinado por el misterio y publica la novela olvidada como esta Hermanos de sangre que Seix Barral nos hace el favor inolvidable de publicar en castellano.

Es un buen nombre, porque el eje del cuento es lo que le pasa a una pandilla de pibes de la calle, los hermanos de sangre, durante algunos meses de 1930. Arranca el invierno cruel del primer año de la Gran Depresión que volvió a acostar a la economía alemana, un invierno en el que “los pocos que no forman el ejército de seis millones de famélicos” se apuran al trabajo, muertos de miedo de que los echen por llegar tarde. Los hermanitos son todos menores de edad y de una generación que se jodió como pocas: “Su nacimiento y adolescencia coincidieron con la guerra y la posguerra. Incluso cuando hicieron sus primeras tentativas por andar con sus piernas arqueadas ya estaban abandonados a su suerte. El padre había ido a la guerra o ya figuraba en la lista de los caídos. Y la madre montaba granadas o se vaciaba a cachos los pulmones sin parar de toser en las fábricas de pólvora y explosivos. Los niños con el vientre lleno de nabos –ni siquiera con el vientre lleno de patatas– merodeaban por los patios y las calles en busca de comida”.

Los chicos crecen, se fugan de casas abusivas o de los reformatorios, se reúnen en pandillas como la que conduce Jonny, roban, mendigan, se dejan coger por moneditas en los baños públicos, fuman cigarrillos viles, se consuelan con un schnapps que serviría para limpiar motores.

ERAMOS TAN PRUSIANOS

Es el mundo de las pinturas de Georg Grosz, un grotesco que tiene una vívida diferencia con la marginalidad que conocemos de este lado del mar.

La vida de los hermanos de sangre podría basarse en una villa sudamericana si no fuera por la constante persecución del Estado, la manía prusiana por el control, la manifiesta enemistad de la sociedad hacia el que no tiene chaleco para el traje, cuello duro para la camisa, corbata con alfiler, respetabilidad burguesa. El principal problema que recorre la novela de Haffner, que obviamente de esto sabía, es “la falta de papeles”, la imposibilidad de conseguir documentos que permitan literalmente vivir en una ciudad o pueblo, alquilar, conseguir conchabo. En ese Berlín prenazi, había que mostrarle el permiso de residencia al dueño de casa antes de alquilar una pieza, ni hablar de pedir algo duro como un seguro de desempleo que te permita comer exactamente dos días. La decencia más básica es un milagrito raro y recordable, y todo el mundo tiene mamado desde el vamos que el único que realmente va a ayudar al marginado es el marginado de al lado, el que tiene dos monedas y comparte una. No hay madres, no hay ayudas, no hay nadie que no vista un uniforme y te quiera cobrar. La única opción a la marginalidad callejera es el gulag juvenil de los reformatorios.

La historia de los hermanos de sangre es relativamente simple, pero la observación y la descripción de Haffner le dan un poder notable. El cuento es exacto, creíble, físico, contado por alguien que tiene demasiada calle y que obviamente cubría los bajos fondos para algún diario. Ahí están los tugurios de la Alexanderplatz, los café ínfimos de menús de cincuenta centavos –hasta hay uno porteñamente llamado Café La Puñalada– las bibliotecas públicas donde hay calefacción de ocho a ocho pero te vigilan para que no duermas, el mercado mugroso conocido como “la sala caliente” donde los linyeras trafican, las oficinas públicas donde nadie te mira pero hay bancos para dormir. La miseria es aburrida, rutinaria, predecible, un eterno ir y venir por monedas, una mugre de depósitos abandonados donde el sereno deja dormir a diez por dos marcos de plata. El paisaje es de calles mal iluminadas con patios malolientes, de ropa colgada y vecinas listas, muy listas a llamar a la policía por el solo acto de presencia. La vida se centra en seguir libres y el más importante elemento, lo que excluye toda otra consideración, es que hay que comer al menos una vez al día.

El Berlín de la miseria oficial es también un castigo: “El recinto está recubierto por el color favorito de las instituciones de beneficencia berlinesas: color de cal gris verdoso, de óleo verde oscuro. Desgastado, raído, raspado y lleno de la mugre de miles de espaldas que lo rozaron. La luz del día se filtra escasa y débil por el techo de vidrios polvorientos. Repartidas por los recintos, tres o cuatro estufas candentes. Largas tuberías transportan el calor a todas partes. Adosados a las paredes, en el centro del recinto, dejando pasillos libres a izquierda y derecha, filas de bancos. Algunas puertas cubiertas de suciedad pegajosa llevan a las salas de las mujeres y al retrete. Eso es todo. Ni el menor adorno, ni un rasgo de color alegre en el gris verdoso de la beneficencia. Por todos lados mugre, polvo, papeles tirados. En medio de todo el desconsuelo desesperante, de la falta de higiene calentada a treinta grados, saboreando el regalo de la ciudad de Berlín a sus más distinguidos ciudadanos: cientos de mozos y de hombres. Tendidos y sentados en los bancos, arrimados unos a otros”.

Los hermanos de sangre se mueven como buscas por este mundo. Jonny consigue unas monedas, alimenta su banda, la lleva a algún lado a dormir. O fracasa, y cada uno mendiga por su lado o, si es rubicundo y lampiño, se dirige a los baños públicos a dejarse usar. Alguno cae detenido y es vuelto a procesar por el sistema de “protección de menores” que pasa por un calabozo en ese “suplicio moderno que es la prisión preventiva” y una vuelta en tren al reformatorio. La pandilla hasta se amplía con la llegada de Willi Kludas, que logra volver a la capital en un viaje de pesadilla: colgado del eje de un tren, congelado, con la ropa puesta al revés para que no se ensucie y la cara protegida por grasa y trapos pegados.

Los pibes se terminan graduando a ladrones de billeteras y monederos en las tiendas de departamentos, luego a escruchantes de casas vacías, luego a revendedores de autos robados. Willi y uno de los hermanos, Ludwig, se abren porque no quieren ser delincuentes y prefieren jugársela como comerciantes de zapatos usados, comprados de puerta en puerta, pulidos y remendados, y revendidos a bolseros. Aquí se divide el relato y uno hasta se hace esperanzas de que haya una redención, una salida. Pero no: Jonny y sus cómplices van presos por años, la banda se disuelve en pibes sueltos tan desesperados que uno hasta se entrega para al menos comer en el reformatorio. Willi y Ludwig las pasan negras, sin papeles y a merced de cualquiera que los delate.

Y al final queda en claro que esta carne de cañón, carcelera, apenas puede aspirar al trabajo marginal, la pobreza de vivir al día y andar esquivando al Estado. Lo que Haffner, por prudencia o por conocido, ni menciona es a los camisas pardas que ya estaban por tomar el poder y andaban “limpiando” Alemania. Todos los chicos de este libro fuerte y a su manera hermoso tienen en común la edad suficiente como para que Hitler les termine la vida en alguna trinchera de Rusia, congelados y otra vez muertos de hambre.

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El mundo de Hermanos de sangre replica el de los cuadros del pintor Georg Grosz
 
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