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Domingo, 29 de noviembre de 2015

ENTREVISTA> RENATA SCHUSSHEIM

EL MUNDO ALUCINANTE

Artista plástica, dibujante, ilustradora y diseñadora de vestuario, Renata Schussheim vive en estado de arte y ahora presenta Cantata, que reúne unos treinta dibujos, collages, una serie de objetos escultóricos y piedras pintadas, con música compuesta especialmente para la muestra por Damián Laplace, el hijo que tuvo con el actor Víctor. Y en esta entrevista la artista habla de sus comienzos con Carlos Alonso, de su trabajo con Charly García y Oscar Aráiz, de los títeres y el Colón, de su fascinación por los animales tan presentes en su obra y de cómo producir, dibujar, trabajar la ayudó a aliviar el dolor por la muerte de su gran amigo Jean-François Casanovas.

 Por Marina Oybin

Lorito y Truman, los loros de Renata Schussheim, se ríen cuando entramos en su departamento de Barrio Norte. Imitan la risa contagiosa de Renata, que aún no se ha reído. Ahora, sí, al escucharlos, suelta una carcajada. “Renata Schussheim pertenece al mundo encantado de los pájaros, de los duendes y las galaxias infinitas. Y también al mundo mágico de los poetas locos, el de William Blake, Eduard Lear y Lewis Carroll. Y también al mundo erótico y antropofágico de Wilheim Reich.” Así la describió Vinicius de Moraes. A Vinicius lo conoció en una fiesta que hizo en su honor Jorge Schussheim, primo de Renata. “Fue una noche divina, por la excitación que tenía tomé salvajemente, me embriagué por primera vez. Vinicius me calmó: uno se asusta cuando toma de más. Nos hicimos muy amigos, siempre tuvimos una relación hermosa y confidente”, recuerda Renata.

Por estos días, en Mundo Nuevo Gallery Art puede verse Cantata, que reúne unos treinta dibujos, collages, una serie de objetos escultóricos (como algunas inquietantes cabezas de niños pájaros) y piedras pintadas. Con música compuesta especialmente para la muestra por Damián Laplace (hijo de Renata con su ex marido Víctor Laplace) y con un montaje bien teatral, las mujeres que habitan las obras esquivan la mirada del espectador. Los personajes de Renata conforman una especie de saga en el tiempo que asoma en sus diferentes muestras. A veces la sensualidad está velada: algunas mujeres ocultan su cabellera, también su cuerpo con vestidos como togas. Otras se dejan acariciar por amorosos hombres suaves como plumas.

Renata trabajó durante ocho años en la compañía de Oscar Araiz en Ginebra. Realizó el diseño de vestuario y dirigió, junto a Araiz, Boquitas Pintadas. Diseñó el vestuario de espectáculos con Julio Bocca. Fue vestuarista de una versión de Romeo y Julieta en el Teatro Principal de Valencia, de las puestas de Lady Macbeth y El barbero de Sevilla en el Teatro Real de Madrid, y de Edipo XXI en el teatro Grec de Barcelona. Trabajó en el teatro de Torino (Roma), en Finlandia, en EE.UU. En nuestras pampas hizo producciones generales de espectáculos en el Colón pasando por shows en Obras hasta el Luna Park. Desde 1966, expone en galerías de Argentina, México e Italia. Cuando todavía la palabra performance no cotizaba en el mainstream del arte, ella se lanzó a experimentar.

Su primera muestra en la galería El Laberinto, a los 15 años, desató polémica. Con plumín, la niña Renata hizo retratos suyos desnuda con cientos de hombrecitos rondando, metiéndose, saliendo de su cuerpo vuelto territorio de exploración. Artista plástica, dibujante, ilustradora y diseñadora de vestuario, Renata tuvo hace unos años una muestra que se llamó Estado de gracia. Al entrevistarla, se percibe que lo suyo es vivir en estado de arte.

Arrancó en la antigua revista Siete Días. Su trabajo consistía en encontrar a los personajes para las notas que María Moreno escribía. Por esas páginas desfilaron desde Lorena Paola hasta Virus. Andrea Del Boca, la niña naif vuelta femme sauvage en la producción fotográfica de Schussheim, fue tapa de la revista: desató polémica. Andrea, la ex dulce niña, se calzó un vestido sexy, tacones y se pintó la boca de rojo. En otra foto, Renata desató una ceremonia secreta en la que Andreíta, rodeada de muñecas destrozadas y encajes, exhibió su bocaza rouge. De esos años vertiginosos, Renata recuerda una anécdota surrealista en el Zoo de Cutini que incluye combo de animales varios y un mono ladrón desenrollando con parsimonia la cinta del cassette en el que María Moreno había grabado sus entrevistas.

¿Después de eso qué siguió?

TRIO

–Nunca tuve ni antes ni después nada que fuera un contrato por un año. Siempre trabajé free lance. Mezclé el teatro, la pintura y cosas varias. Por ejemplo, ahora hice esta exposición, simultáneamente entregué los bocetos de los diseños de vestuario para Don Giovanni en el Colón, que abrirá la temporada en abril. Al mismo tiempo, hice la última tapa del disco de Palito Ortega y el diseño en vidrio arenado del premio de Incaa en honor a Alfredo Alcón. En la época en que tomé las fotos de Andrea estaba haciendo un recital con Charly García. El del rock, el de la ópera, el del teatro más formal, el del dibujo, que es más solitario, son mundos tan distintos que es muy estimulante.

¿Te sentís más del mundo del teatro o del mundo de las artes visuales?

–Como familia me siento más del teatro. Pero mi columna vertebral es el dibujo. No tengo amigos dentro de las artes plásticas, sí conozco gente, me encanta cómo pintan, pero no los veo frecuentemente.

¿Vas a vernissages?

–Muy poco.

¿Cómo te llevás con el mercado del arte?

–Bien. Pero no estoy tan pendiente de eso. El teatro es una actividad muy absorbente y dispersante.

¿Cómo fue tu acercamiento al arte?

–A los nueve años tuve claro que lo mío era dibujar. Mi mamá me llevó a estudiar con Ana Tarsia, que fue alumna de Batlle Planas. A los trece años lo conocí a Carlos Alonso y le pedí que me enseñara. En realidad, él me empezó a supervisar mientras yo estudiaba Bellas Artes en la Academia Bolognini. Iba cada quince días con mis dibujos a su estudio.

Tenías una clínica con Carlos Alonso. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Maravillosa. Aprendí muchísimo. Lo admiraba. Cuando hice mi primera muestra, a los quince años, él vino a verme: fue una gran emoción.

¿Cómo lo conociste?

–Me lo presentó Lautaro Murúa, que era amigo suyo. Yo le pedí por favor que quería estudiar con él desesperadamente: él habló y Alonso me recibió. No daba clases, no tenía alumnos en esa época.

¿Qué artistas te marcaron en tus inicios?

–El Bosco, René Magritte, Batlle Planas y Carlos Alonso, a quien copiaba desenfrenadamente hasta que encontré mi propia manera de mirar y mi estilo.

Hoy, ¿qué artistas te interesan?

–De la Argentina me encanta Inés Vega, Fermín Eguía, Garabito, Macció...

Renata cuenta que le fascina trabajar en su casa, dibujar los diseños de los vestuarios junto a sus perros, sus loros y sus libros.

Cuando hacés diseños para ópera o ballet, ¿qué margen de libertad tenés?

–En mi caso, total; si no me muero, me aburro. He trabajado con directores con los que tengo ese margen, si veo que no lo tengo, no acepto. Si tengo que estar más acotada, como en el trabajo en el cine, no me gusta.

¿Te llevaban de chica al teatro?

–No mucho. Tengo un recuerdo tremendo de ir a ver de muy chica una obra espantosa que se llamaba La soga, después Hitchcock hizo la película. Era tremenda: se juntaban unos amigos y mataban a otro, lo metían en un arcón y venía otro... era como una apuesta. Creo que mis padres no sabían de qué se trataba La soga...

¿Cuáles fueron tus trabajos más importantes, los mayores desafíos?

–Como desafío, el primero y el más fuerte fue Bicicleta (con Charly García en Obras). Yo era muy joven y fue mi primera responsabilidad integral en un mundo de rockeros. También una versión que dirigió Oscar Araiz de Sueño de una noche de verano con marionetas. La representó una compañía suiza muy antigua. Yo dibujé los muñecos: no sólo vestí a los personajes sino que los inventé. Fue maravilloso. Tengo el recuerdo de estar sola en un departamentito en Ginebra, en la planta baja con vista a un patio, inventando esos personajes.

¿Qué aprendiste con los marionetistas?

–Son seres de otro planeta. Estar parte de tu vida inclinado manejando los hilos de algo es fuerte. Es un trabajo impresionante estar detrás de un muñeco, que toda tu emoción pase por ahí.

¿Te conmovió esa obra?

EL TENOR Y LA MEZZO

–Esas marionetas me las quería llevar, las había creado yo, era como tener veinte hijitos.

PAJAROS DE LA CABEZA

“El mundo de las aves y de los pájaros es recurrente en mí –cuenta Renata–. Está en mis obsesiones. Pero esta vez fue imperioso ponerme a trabajar. Este año para mí fue tremendo: se murió Jean-François Casanovas, mi amigo. Es como un hermano, parte de mi vida artística muy intensa. Empezar a dibujar fue absolutamente curativo para mí, siempre lo es.”

¿Desde cuándo venías pensando la muestra?

–No hay una idea muy clara de lo que va a salir. Trabajo mucho con el mundo de mis sueños. Tengo otra vida a la noche que son mis sueños. Por eso es tan difícil diseccionar y analizar los cuadros que ya de por sí tienen una parte narrativa y literaria muy fuerte.

Con lo narrativo vas a contrapelo de la lógica actual en el arte.

–Sí. No me importa nada.

¿Conservás obras de muestras anteriores?

–Tengo pocas, se vendió bastante. En la galería hay un cuadro de una madonna que es mío, no está a la venta. Se llama Mater llorona.

Y las piedras, ¿de dónde son?

–Hace dos años estuvimos con Oscar (Aráiz) trabajando en Niza. Encontré estas piedras muy suaves. Me las traje en la valija. En el aeropuerto me dijeron que tenía cinco kilos de exceso: tenía que pagar no sé cuánto que era una fortuna o sacar cosas. Dejé zapatos, pero las piedras no.

¿Por qué te fascinan esas piedras?

–Son hermosas, son para tocar. Tienen algo benéfico. No te puedo explicar con qué placer las miro.

En tus obras aparecen animales, ¿qué vínculo tenés con ellos?

–Tengo locura por los perros, todos los animales me gustan mucho. Ahora me comprometí a colaborar con un refugio de perros. A éstas (señala a sus perras scottish terrier) las llamo las Hermanita Ocampo; en cambio los del refugio son perros atorrantes, son los más inteligentes. Son divinos.

Renata recuerda la angustia que la golpeó cuando se perdió Lorito. Estaba tan desesperada que hizo pie en el programa de tevé de Portal, puso avisos en los diarios, estampó su barrio con carteles de Lorito. Lorito llegó a su vida por azar: entró por la ventana y se posó sin escala en su cabellera carmín: “Sentí que era una bendición: que me eligió. Ese loro se integró a mi vida, nos unía un amor increíble”. Dos meses después de que Lorito se voló, un hombre llamó a Renata. “Efectivamente era el mío. Le conozco hasta las pestañas a mi lorito, fue el primer pájaro que tuve: lo miraba con la lupa. Me encantaba mirarlo: la textura, el olor, era otro mundo”.

Los pájaros, que siempre fueron protagonista en tus obras, irrumpen en tu vida.

–Toda mi vida he tenido experiencias con pájaros o se me acercan. Hace poco entró al taller una torcaza, durante mucho tiempo a la tarde venía un benteveo divino. Hacen mucho nido en mi casa. Tengo una afinidad increíble con pájaros, perros. Los gatos inmediatamente también se me pegan. Me encantan.

¿En tu familia tenían animales?

–Criaban un chow chow, un perro grande. Siempre recuerdo que mi papá, que murió cuando yo tenía quince años, me llevaba a Obras Sanitarias cuando se vendían perritos. El gran programa cuando yo era chica era ir a ver esos perros con él. Mi viejo no quería llevarme porque sabía cómo terminaba: yo quería que me compre uno, terminaba llorando como loca. Mis viejos se habían separado cuando yo tenía 5 años, entonces él mucho no quería.

¿Qué conservás de tu familia?

–Conservo el humor de mi abuela, que era encantadora y graciosa, era imitadora. Conservo el recuerdo: se perdió todo porque la familia se fue muriendo. Mi abuela era alta, delgada, se vestía mucho de violeta. Con ella íbamos en tranvía al cine Real a ver dibujos animados, después a la confitería Ideal a tomar un miguelito, un cóctel sin alcohol para niños. Se peinaba con un rodete, soltándose el pelo que le llegaba hasta la cintura: ver a una señora grande con el pelo blanco tan largo era fascinante.

¿Estaba vinculada al mundo del arte?

–Mi abuelo era escritor; ella tenía una inventiva y un humor muy increíbles. Creo que la parte de humor, la de Jorge y la mía, la heredamos en línea directa de mi abuela. Mi papá también tenía un gran sentido del humor.

¿Te ayuda el humor en tu vida?

–Me salva. Valoro mucho a la gente que me hace reír. Tener a alguien con sentido del humor me parece lo más importante. Para mí, es inconcebible tener una relación con alguien que no tenga sentido del humor. El sentido del humor está ligado a la inteligencia. Es importante poder reírte de todo, reírte de vos mismo: si no es una manera poco inteligente de encarar la vida. Sin humor y sin arte estaríamos aniquilados.

Cantata se puede visitar en Mundo Nuevo Gallery Art, Callao 1870. Hasta el 20 diciembre, de lunes a viernes de 11 a 20.

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Imagen: Nora Lezano
 
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