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Domingo, 2 de mayo de 2004

PERSONAJES

Bicho raro

Filmó con Scorsese (y, ya que estaba, le regaló una novela titulada La última tentación de Cristo) y filmó con Bergman, y con Ashby y con Hill. Pero medio mundo recuerda a David Carradine por Kwai Chang Caine, el monje shaolín perdido en el Lejano Oeste que interpretó en la serie Kung Fu. Y ahora lo vuelve a venerar por su regreso de la mano de Quentin Tarantino en Kill Bill Vol. 2. ¿Qué pasó en el medio? Una vida más rara y desenfrenada que cualquiera de sus películas.

 Por Rodrigo Fresán

A la hora del resumen presente o de la futura necrológica, David Carradine será siempre recordado como Kwai Chang Caine, el monje shaolín perdiéndose y encontrándose entre el Lejano Oriente y el Lejano Oeste en esa serie de televisión de principios de los ‘70: Kung-Fu.
Allí, Carradine era el Pequeño Saltamontes; acá, a los 67 años y “redescubierto” por Quentin Tarantino para su díptico Kill Bill, Carradine es un bicho raro. Un tipo que estuvo en todas partes y cuya vida es cine desde el vamos, desde su nacimiento en Hollywood en 1936. Hijo de John, hermano de Keith, David hizo de todo y con todos: filmó con Scorsese (Boxcar Bertha en 1972 y, de paso, le regaló una novela titulada La última tentación de Cristo); y filmó con Bergman (El huevo de la serpiente, 1976); y con Ashby (Bound for Glory, en 1976, donde interpretó con emoción y hondura al folk-singer Woody Guthrie); y filmó con Hill (The Long Riders en 1980, donde descolló como Cole Younger, uno de los bandidos que cabalgaron y mataron junto a los hermanos James). También vacacionó con George Harrison y le enseñó artes marciales a Bob Dylan (fueron un par de días, Dylan se aburrió enseguida; pero Carradine recientemente ofreció información tremenda: Dylan y Tarantino suelen juntarse para boxear en plan club de la pelea). Después se puso a coleccionar botellas vacías y vaciadas por él. Una detrás de otra detrás de otra y adiós a toda esa pavada de la meditación. Antes de eso, Carradine supo ser uno de los primeros y auténticos beatniks en la San Francisco de los ‘50, tiene computados más de quinientos acid trips durante los lisérgicos ‘60 y después de su momento de gloria como estandarte de la cultura zen-catódica se dedicó a la autodestrucción profesional con una intensidad y profesionalismo que –dicen los que estaban allí– causaba el terror y la envidia de kamikazes como Dennis Hopper quien, a su lado, no era más que un tembloroso amateur.
Así, ya se sabe, Carradine se hundió hasta las cejas en la ciénaga del cine trash –donde destaca la muy cult película con autos locos y alguna vez futuristas y ya no Death Race 2000–; y hasta vino a filmar a la Argentina engendros fantasy donde, por lo que cuenta Diego Curubeto en uno de sus libros, el Pequeño Saltamontes está más cerca de la Enorme Cucaracha. Y en sus ratos libres –muchos– Carradine miraba con cariño los revólveres y se preguntaba qué sabor tendrían.
Ahora, Carradine reaparece como el sanguinario Bill perseguido por la vengativa Uma Thurman. Alguien que era apenas una voz y una silueta y unas botas en la primera parte y que por fin, a la altura del Volumen II, muestra la cara y las garras. Alguien que, en principio, era un personaje que el director de Kill Bill había escrito para y ofrecido a Warren Beatty. Pero parece que Beatty se ofendió –o algo así– cuando, durante una conversación, Tarantino le explicó al otoñal sex-symbol que quería que el personaje fuera “una especie de David Carradine”. Entonces Beatty, cordialmente, le dijo a Tarantino que mejor lo llamara a Carradine. Y que se fuera a la mierda. Tarantino, obediente, llamó a Carradine y le ofreció el papel y Carradine le dijo: “Perfecto, porque cuando hacía Kung Fu aprendí cómo matar a una persona de nueve maneras diferentes sin hacer ruido... Tal vez pueda usarlo durante la filmación, ¿no?”.
Ahora Tarantino explica que Bill siempre fue Carradine y que su sombra ya se dejaba caer en Pulp Fiction cuando el personaje de Samuel L. Jackson dice soñar con “vagar a lo largo y ancho del planeta como Caine en Kung Fu”.
Ahora –Carradine es el primero en desearlo abiertamente en todas y cada una de las entrevistas que le hacen– existe la posibilidad de una tarantinesca resurrección como la de Travolta en Pulp Fiction.
Ahora es ahora o nunca.

Fábula del perro y el Saltamontes
El problema o no es que Carradine –a diferencia del cientológico Travolta– no es un espíritu benéfico o prolijo y cuenta cosas raras y no se arrepiente de nada. Cosas muy raras. Así que –tiemblen y lean y sigan temblando– esto es lo que recuerda Carradine en una entrevista para el mensuario Uncut: “Me acuerdo de una mañana en la que había estado comiendo peyote con los indios. Fue durante una filmación de Kung Fu. Y terminamos pronto y volví a casa y no había nadie allí y, supongo, fue entonces cuando el cactus me pegó de verdad. Así que yo caminaba por las habitaciones, hice varias llamadas telefónicas y, mientras pasaba de cuarto a cuarto, me iba sacando la ropa hasta que quedé desnudo. Y así salí a la calle. Y era un barrio residencial, con esas casas con jardines. Yo entraba y salía desnudo de las casas y apagaba todos los artefactos eléctricos que estaban encendidos. Televisores, radios, heladeras. Y me imagino que debe haber sido raro para mis vecinos: estar almorzando y contemplar cómo, de pronto, entraba Caine desnudo en sus casas y apagaba la licuadora o algo así. Cuando me cansé de eso, decidí volver a casa atravesando un bosque. Pero, claro, estaba desnudo: no tenía llaves para entrar. Así que seguí hasta la casa de un amigo. No había nadie pero las puertas que daban al jardín estaban abiertas; así que me metí en el living y había un cuadro en un caballete. Me puse a retocarlo un rato. Cuando me aburrí, puse otra vez rumbo a casa. Seguía sin poder entrar, así que rompí una ventana de una pequeña cabaña que había por ahí y me metí adentro y, claro, era una ventanita. Así que me corté todo el cuerpo. Salí de allí y retorné a casa todo ensangrentado y rompí una puerta y entré y me senté a tocar el piano. Lo dejé todo cubierto de sangre. Después me subí a mi Ferrari y, desnudo, me fui a dar una vuelta hasta que me desmayé por la pérdida de sangre. Así me encontraron. Me llevaron al hospital. Me vino a buscar una amiga y me hospedó en su casa. Esa noche me levanté todavía en órbita y salí a mear al jardín. Desnudo, por supuesto. Estaba en eso cuando apareció el perro de mi amiga y agarró mi sexo con sus dientes y lo metió amorosamente en su boca. Era un perro grande. Y no me mordió. Estuvimos así un largo rato. Después le di un puñetazo en la cabeza. Pero nos hicimos grandes amigos. Y cuando digo grandes amigos quiero decir que fuimos amigos verdaderamente grandes. En serio”.
Aplausos; y uno se pregunta lo que será filmar con este individuo. En cualquier caso, Carradine estaba seguro de que Tarantino y él iban a acabar haciendo de las suyas, de las de ellos: “Un adivino me lo predijo en 1996... Entonces llamé a Quentin y se lo conté. Y hace dos años Quentin me devolvió mi llamada y me dijo: ‘Tu adivino tenía razón’. Es un gran tipo, Quentin. Es creativo y gracioso y tiene mucho talento y ahora que lo conozco bien sólo puedo decir que me encantaría romperle el culo a patadas, ¡ja ja ja!”.

Caminante hay camino
¿Y cómo es posible que ninguno de esos canales de televisión replay y déjà vu –por lo menos aquí, en España– haya recuperado Kung Fu? Me refiero a la serie original y no ese engendro en plan remake al que Carradine se prestó para ganar dinero para la comida del perro. La Kung Fu que puso de moda las artes marciales e hizo que los gimnasios y escuelas orientalistas florecieran por toda Buenos Aires. Es un momento inmejorable: resucitar al joven pacifista Caine para compararlo con este viejo asesino Bill. Aunque en realidad uno y otro no son tan diferentes porque los dos tienen inclinaciones filosóficas y monologantes y recuerden lo que ocurría cuando Caine –que aguantaba y aguanta y aguantaba con la ayuda de flashbacks donde aparecía rapado y tratando de sacarle las piedritas al maestro ciego– se cansaba de aguantar: el mundo cambiaba de velocidad, todo se volvía lento y líquido y llegaba el momento de la patada limpia sobre los cuerpos sucios de cowboys racistas y se pudría todo. Todo esto le sirvió de mucho a Carradine: en treinta años apenas tres tipos se atrevieron a ponerle una mano encima y los tres terminaron, bueno, un poco mal.
Me acuerdo que a eso jugábamos nosotros en los recreos de la escuela primaria y primal: dejamos para siempre atrás aquel entusiasmo que nos había provocado El Zorro y su florete y, a partir de Kung Fu, nos dedicamos matarnos a golpes en infantil cámara lenta, y a destrozar los guardapolvos, y después volvíamos a casa sonrientes.
Después crecimos en cámara rápida.
Por suerte –algo es algo– nunca hubo perro en mi casa.

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