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Domingo, 9 de mayo de 2004

TELEVISIóN

De la cabeza

Muchos se han ocupado en televisión del cliché de los trastornos mentales. Pol-ka, con la seguidilla de Verdad/Consecuencia, Culpables y Vulnerables, se tomó el trabajo de hilar fino en el terreno de la neurosis. Sol negro mostró el lado más intenso de la locura. Pero hasta ahora, nadie se había animado a explorar la vida cotidiana de personajes
medicados, que caminan la delgada línea entre la internación y la vida afuera. Locas de amor se aventura en ese terreno y en sus primeras entregas sale más que airoso.

POR CLAUDIO ZEIGER

Hace poco, en María la del barrio (silencioso éxito del mediodía por Canal 9) se pudieron ver las escenas ya antológicas en las que Thalía se vuelve loca de repente. La cantante y actriz interpreta a María, joven embarazada que sufre un literal “ataque de locura” cuando su marido sospecha que ella se ha acostado con el hermano (de él). Es un brote bolerístico, barroco, una versión absolutamente bizarra y grotesca de la locura. Los ojos se le ponen en blanco, la cabeza pierde su eje como el perrito que cuelga en el auto; camina por las calles apoyándose en las paredes totalmente ida y cuando va a parar a un psiquiátrico en menos de lo que canta un gallo la vemos sentada en un banco en el parque donde se pasean los locos vestidos de blanco, en la clásica estampa de hospicio. Un loco es alguien que ha perdido la razón y punto. Después, como efectivamente sucede en María, cuando es necesario, se le pasa, vuelve en sí. La locura es un arquetipo y así es tratada sin mayores miramientos por el culebrón. En el caso de Sol negro la locura fue, más que un arquetipo, una exasperación, una intensidad. La locura es un desborde de gestos, de baba, de palabras. La locura es algo que sucede a borbotones y es representada como tal, con actores tan intensos que parecen como locos.
¿Cómo representar a la locura y qué hacer con ella cuando no se quiere ni reforzar estereotipos ni utilizarla como metáfora de otra cosa? ¿Cómo representar a una locura medicalizada, cotidiana, donde el psiquiátrico no es necesariamente un lugar siniestro, pero donde la externación es una mejor opción para el paciente? Y finalmente, ¿cómo hacer un programa creíble pero al mismo tiempo no abducido del todo por la psiquiatría con esta clase de locura en un punto poco marketinera? No eran pocos los desafíos que de movida tenía planteados Locas de amor, desafíos que a juzgar por los resultados de las primeras emisiones han sido cumplimentados con creces.
Primero: en Locas de amor, ni la obsesiva compulsiva de Juana (Julieta Díaz) ni la mística Eva (Soledad Villamil) ni la maníaco-depresiva Simona (Leticia Brédice) se hacen las locas intensas sino que están perturbadas mentalmente en serio. No cayeron los autores –Pablo Lago y Susana Cardozo– en la tira médico-psi, pero en la primera emisión quedó bien en claro que cada una de las protagonistas tiene su diagnóstico, su kit de pastillas y hasta un motivo para ser candidatas al proyecto de externación pliloteado por el psiquiatra que interpreta (en su doble calidad de actor y psiquiatra) Diego Peretti. Esto no significa que el espectador deba ver Locas de amor con los tomos de Freud sobre la mesa ni que hayan sido escritos directamente desde el saber médico y psicológico, pero sí hay coherencia y austeridad en el tratamiento de los verosímiles de estos personajes.
La apuesta es muy fuerte. Al fin y al cabo, Verdad/Consecuencia, Culpables y hasta la terapéutica Vulnerables (todos los unitarios de calidad de Pol-ka) mostraban diversos casos dentro del abanico de la famosa frase “quien más, quien menos, todos somos neuróticos”. Aquí, no. No están un poco locas o “nerviosas” estas chicas. Por lo que se ha visto hasta ahora, la idea no es hacer un “elogio de la locura” (basta ver la permanente cara de agobio del pobre Peretti) ni suscribir aquella lírica idea que dice que “de poetas y de locos todos tenemos un poco”. No. Locas de amor parece decir: no es copado estar loco. Mejor sería la cordura. O, si se está loco, hay que tratar de estar bien, compensado. Y que afuera es mejor que adentro. Éste –creemos– es el espíritu de la tira. A lo sumo, la idea que más parece campear es la de la reparación. Si se hace un daño, se lo puede reparar. La vida, mal que mal, es reparable, no todo es irreparable. Quizás éste haya sido el sentido de los dos finales (memorables los dos, por cierto) de los dos episodios que se han emitido: primero el síntoma o el daño, el exabrupto; después la reparación. En el primero, cuando las tres mujeres parecían precaria pero bien instaladas en su casa, cuando está por reinar la paz, Leticia Brédice hizo volar un sofá cama porque se sintió abandonada por sus amigas. En el capítulo siguientellegó la reparación. Cuando el consorcio se reunió para tratar el tema de las nuevas y raras vecinas, primero iban a mentirle acerca de un accidente durante la mudanza. Pero Leticia finalmente decidió decir la verdad (aunque no toda: no se animó a confesar que Peretti es su psiquiatra y lo presentó como a su novio) y alegó que ella había tirado el sofá porque representaba cosas de un pasado del que quería desembarazarse. La bella y un tanto espiritual escena final (los demás vecinos empezaron a tirar sus propios papeles viejos u objetos molestos por las ventanas) demostró que Locas de amor no piensa escatimar recursos para provocar reacciones emotivas y que, además, los capítulos tendrán finales muy contundentes, muy cerrados en sí mismos.
Desde el punto de vista del espectador, Locas de amor es uno de los productos más inquietantes en mucho tiempo. Primero porque la lógica derivante de las tres chicas, sus alianzas de dos en contra de una tercera, las señales que todo el tiempo decodifica el personaje de Villamil, logran en un momento desestructurar la simple tarea de sentarse a ver tele. Una mezcla de sentimientos se nos confunden: uno quiere que les vaya bien, que no vuele el sofá, que el consorcio las acepte. Pero al mismo tiempo es muy divertido escuchar esos diálogos que parecen fuera de cauce. En el reverso, en un punto límite, puede ser desopilante. Pero no está nada bien reírse. Y cuando asoma la compasión, también despunta un poco de ganas de que callen de una buena vez esas locas de m.... Y además está la vergüenza ajena que provocan ciertas escenas, como cuando Brédice y Villamil van a comprar un televisor y el comerciante las trata con una sensatez demoledora.
Con el tiempo van a ir adquiriendo más espesor las intervenciones de Alfredo Casero, Andrea Pietra, Leonor Manso y Cristina Banegas, pero, por el momento, el único hilo conductor del que disponemos en el laberinto de las alteraciones mentales son la sensatez y contención del doctor Peretti (en su etapa postsimuladores y en un punto altísimo de su capacidad actoral), quien viene a poner un parche cada vez que lo necesitan. Él, en el fondo, las deja hacer porque está convencido de la posibilidad del triunfo. Pero eso no significa que se vaya a desentender. Este psiquiatra y esas pacientes (notables las tres, sin dudas, pero con una Brédice deslumbrante) van a ir conformando un programa tan serio como sólido, tan ficcional como arraigado en lo real. Precisamente en una franja de lo real que casi nunca ha tenido una buena representación en TV.

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