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Domingo, 30 de mayo de 2004

PERSONAJES

Devórame otra vez

Rosa, de lejos, una de las telenovelas más vistas de la TV argentina, la lanzó al panteón televisivo. Y los papeles en Atrapadas y Las Lobas la convirtieron en la bomba sexual que le voló la cabeza al imaginario nacional. Pero de un día para el otro decidió renunciar a ese trono, se fue a España (donde mantuvo el promocionado affair con José Sacristán) y volvió transformada. Después de filmar documentales, hacer reportajes y recuperar el género epistolar para la televisión, Leonor Benedetto vuelve a la telenovela como Amanda, la mala de Padre Coraje que se come la pantalla.

POR MARIANA ENRIQUEZ

Leonor Benedetto fue una niña rara. Mientras todas las otras chicas de su edad usaban vestidos como repollos rosados y blancos, ella vestía de forma monacal, en colores demasiado oscuros, marrones, grises, con enormes moños rojos. “Me sentía horrible”, dice. “Además, no me divertía con las mismas cosas que las demás, y la pasaba bastante mal. Quería integrarme, pero no lo lograba. Ahora me doy cuenta de que mi madre puso una impronta de una estética en mí que no hubiera tenido de no haber sido por ella. Se lo agradezco, pero en la infancia lo padecí, porque uno quiere ser igual. Ahora me gusta ser distinta.”
Sigue siendo rara Benedetto. Tiene algo de emperatriz vampira en su palidez y en su cuerpo, que impresiona porque parece congelado en los treinta años (ideales treinta, además). Pero, al mismo tiempo, no es una mujer intimidante; parece alocada y juguetona cuando charla con sus compañeros, su voz de tonos bajos se quiebra con facilidad en risa asombrada, y cuando pide café con leche, lo hace con los modos menos imperiosos imaginables. Es, todavía, la mujer de sexualidad palpable que marcó a una generación que aún hoy la recuerda como una potra infernal, especialmente en las películas de Aníbal Di Salvo Atrapadas y Las Lobas. Pero esas fueron las películas que la llevaron a un exilio voluntario en España, cuando sintió que el personaje de bomba erótica y voraz se estaba comiendo a la mujer debajo. Ya ha relatado varias veces que en el estreno de Las Lobas sufrió una especie de iluminación: en la oscuridad de la sala, maquillada hasta lo carnavalesco, embutida en ropa ceñida, se dijo que no era eso lo que quería para su vida, en absoluto, y que debía parar. Hoy reivindica Atrapadas, pero sigue creyendo que Las Lobas es “la peor película del mundo”.
Pero claro, además de la fantasía por excelencia de los hombres argentinos, Leonor Benedetto fue Rosa, la maestra-costurera, hierática y dura; Rosa de lejos, una de las telenovelas más vistas de la historia de la televisión argentina (promedio 60 puntos de rating, 20 puntos más que Los Roldán, cifra hoy impensable), éxito que en la primera mitad de los ochenta la instaló en el imaginario para siempre. Esas dos caras de su popularidad –Rosa y su sexualidad contenida, el personaje Leonor y su ferocidad carnal– hicieron eclosión. “Conocí el gran éxito, y no me sirvió en lo personal. Creo que por eso hoy desconozco el miedo.” Casi nunca ve sus trabajos pasados, pero ahora que el canal Volver emite Rosa de lejos, le prestó atención a medio capítulo hace unos días. Y se sorprendió. “Me asombró por la vigencia estética de la novela, y eso es mérito de María Herminia Avellaneda, a la cual, esté dónde esté, le rindo homenaje. Me enojo con ella por haberse ido, porque le quedaba mucho por hacer todavía. Yo soy hija de la televisión y de María Herminia Avellaneda. Ella no es culpable de mis defectos, pero sí de mis aciertos. Vi Rosa... y dije: ‘Carajo, esto tiene veinte años y si hoy se hiciera, tendría que hacerse así, de la misma manera’. Creo que Rosa... expresa algo que se perdió desde entonces: la confianza absoluta en que la palabra bien dicha va a enganchar a la gente. A veces, eso es más importante que un ritmo de videoclip vertiginoso, que desconcierta.”
¿Es verdad que cuando te fuiste a España querías dejar de actuar?
–Claro que es cierto. He intentado dejar de actuar dos veces, pero nunca pude concretarlo. Hay cosas de la carrera de actriz que siempre me resultaron muy duras, sobre todo con el tema de la exposición. Aun hoy no voy a estrenos. Me cuesta muchísimo aceptar que un imbécil con una cámara y un micrófono sienta que tiene derecho a ponerme la cámara en la cara y el micrófono en la boca sin siquiera decirme buenas noches. Creo que es un acto violatorio. No acepto que sean las reglas del juego. Yo no estoy jugando, estoy viviendo y trabajando. No voy a aceptar lo que no es normal. Esas cosas fueron las que estallaron en un momento de mi vida. Sentí que todo eso era más fuerte que yo, que el personaje me comía, y creo que hice bien en irme, porque me fortalecí. Ya sé que no esimportante para mi vida que algunos no me quieran. Antes necesitaba aceptación.
¿Esa aceptación pasaba por una preocupación extrema por cumplir con un estereotipo físico?
–Sí. Hoy logré superarlo, pero después de caminar muchas cornisas. La aceptación de mi persona con su forma, con su esencia, con sus años, con su experiencia, fue un trabajo largo. Espero que a los demás les guste lo que soy, y si no, qué le vamos a hacer. Mi principal ganancia fue focalizar en mi salud, que antes descuidaba. Hoy sé que estar sana significa comer de determinada manera, hacer cierta actividad física y hasta tener un sistema de pensamiento determinado. Voy camino de una vieja con la que me encontraré y la espero con curiosidad. Me gustaría que la vieja tardara mucho en llegar, pero la espero tranquila.
¿Sentiste alguna vez que quedabas afuera de un papel porque ya no sos una jovencita?
–No, pero tiene que ver conmigo. Sé que la mayoría de los personajes para mujeres van a actrices jóvenes; a mí no me pasa, y por otro lado la actuación no es excluyente en mi vida. Para mis otros trabajos, es mejor no tener pocos años. Desde la actriz, sin embargo, diría que en mi caso es al revés. Nunca me dan cosas convencionales. Los productores, aunque soy una mujer grande, no me ven con el sexo aplacado, entonces no he padecido la discriminación por edad. Pero yo no soy normal. Es un hecho.

IDA Y VUELTA
Leonor Benedetto partió a España con sus tres hijos (María, Nicolás y Marcos, a quien adoptó cuando trabajaba como voluntaria en el Hospital de Niños Pedro Elizalde) y vivió un romance intenso y famoso con José Sacristán. Apenas hizo una obra de teatro en España: se dedicó a estudiar dirección de cine con Pilar Miró. Recién en los noventa volvió a la Argentina, primero para interpretar a una monja en Un lugar en el mundo de Adolfo Aristarain, luego a Lola Mora para la película de Javier Torre. Pero su vida ya había cambiado, y ahora se atrevía a otros proyectos. Rodó documentales, por ejemplo: uno de ellos, Cuento para una niña, sobre mujeres argentinas dedicadas a la política, fue presentado en el Festival de Cine de Mujeres de Beijing, China. También hizo teatro en piezas como Tres mujeres altas y Vita y Virginia, sobre la apasionada relación amorosa entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West: “A Virginia Woolf la leí muy chica, y me ayudó a encontrar mi camino, especialmente con El cuarto propio. Pero la otra loca, Vita, mi personaje, una mujer que estiraba los límites de la libertad, que tenía relaciones con hombres y con mujeres, con un marido que la amaba profundamente, se bancaba eso y no le pasaba facturas... eso me pareció extraordinario. Fue un descubrimiento que contribuyó al nuevo camino de mi vida: quiero estirar los límites, también”.
En ese devenir, la Benedetto produjo y condujo dos programas de televisión (Querida Leonor, que rescataba el género epistolar, y Juego de opuestos, entrevistas que terminaron en forma de libro por Editorial Norma), y comenzó a escribir una novela, La mujer menos pensada, y un guión cinematográfico, El buen destino. En noviembre comienza el rodaje en San Luis. “La película tiene que ver con el trabajo, con esta época. No está planteada estrictamente aquí, podría ocurrir en cualquier parte. Son cinco hombres, de diferentes edades, profesiones y nivel cultural que se encuentran en un bar de ruta. Tiene dos temas paralelos, uno en consecuencia del otro. En primer lugar, cuando a los varones se les mueve algo en el trabajo, se les mueve la vida, su estructura psicológica, emocional, sexual, muchísimo más que a las mujeres. La mujer que está al lado de un hombre en esa circunstancia pesa, y ayuda a que el hombre trascienda. Y lo paralelo es que ocurre en un pueblo de ruta, que antes era importante, porque se trataba de una parada de camioneros. Y un día construyeron una autopista, que mató al paraje. En ese sentido, es la puesta por lo menos en duda de lo que llamamos progreso. No es unaopinión, no me gusta opinar en mi trabajo, sólo quiero abrir el debate. Se llama El buen destino porque ése es el nombre de la línea de ómnibus que dejó de pasar por el pueblo. Es una reflexión sobre este tiempo en que todo tiembla. Y también sobre cómo las mujeres, parece, podemos soportar mejor el temblor.”
¿No es mucho trabajo, teniendo en cuenta que comenzaría ni bien termine Padre Coraje?
–Nunca tengo mucho trabajo. Me encanta estar ocupada. No me pasa lo que a la mayoría de las mujeres, que llaman a esta edad “el síndrome del nido vacío”. Mejor si se van mis hijos, así puedo hacer más cosas. Siempre trabajo con mis hijos, además. No es fácil. Cuando estás trabajando con un hijo, la única diferencia en las discusiones es que él me dice: “Dejate de joder”, mientras que cualquier otro callaría, lo pensaría o lo daría a entender. Pero es difícil trabajar conmigo porque hago lo que quiero, lo tengo claro, tengo una visión y exijo que se haga como yo lo veo y de ninguna otra manera. La que corre los riesgos soy yo. Que se la aguanten.

LA PODEROSA
Este año recuperó ese “La” que se antepone al apellido de las grandes divas. Es de nuevo “La Benedetto” gracias a su personaje en Padre Coraje, la telenovela que le devolvió algo de orgullo a Canal 13 luego de un año en franca desventaja con su competidor natural, Telefé. La Benedetto es Amanda, la mujer fuerte del pueblo La Cruz, la única mujer en la masónica Orden de Betania, la madre de Coraje (Facundo Arana); manipuladora, sensual, cruel cuando hace falta, elegante e imperial, Amanda le queda perfecta, y es quizás lo mejor de una telenovela notable, saludable regreso al melodrama de época que sintoniza a la perfección con el rescate contemporáneo de la década del cincuenta, años perfectos para el derroche emocional, las tensiones y las fachadas que ocultan pasiones oceánicas.
¿Qué te gusta de Amanda?
–Hay muy pocas mujeres como ella en televisión. Es una mezcolanza de tres pilares muy fuertes: lo que está escrito, lo que yo hago y el ojo de la cámara. De ahí resulta Amanda, y ella me gusta. Creo que tiene algo de mujer-hombre, de androginia. Incluso en su manera de vivir el sexo es como un hombre. No tiene ninguna barrera. Es un personaje muy límite, y estoy en un momento de mi vida donde quiero correr los límites. Por decirlo de una manera poética, quiero empujar el horizonte y el cielo. La mayoría de las veces no cuestionamos nuestros límites, y yo decidí hacerlo con mi vida. Y justo cayó Amanda.
¿Creés que es un personaje riesgoso?
–Sí, pero no les tengo miedo a los riesgos, ni en mi vida ni en el trabajo. El momento más límite de Amanda, creo, fue la escena en que desenterró el ataúd de su hijo en el cementerio, con sus propias manos. Fue riesgoso por un montón de motivos. En principio era la mitad verdad: fuimos a un cementerio, fuimos al hueco de una tumba, no era decorado. Yo estaba metida ahí adentro, metiendo las manos en la tierra, abajo había un cajón y un muerto. Hablé mucho tiempo con el director antes de esa escena, porque la escena no estaba planteada así: todo el trabajo lo hacía el sepulturero. Quise hacerlo yo. Creo que fue la escena más jugada de mi vida. No tenía dónde meterme internamente para hacer esa escena de una forma trucha, de taquito. Quedó bien, y al mismo tiempo fue tremendo. Fue muy conmocionante para todos los involucrados. De ninguna manera es mérito mío sólo.
¿Te sorprende el éxito de la novela?
–Sí, pero el éxito es algo que jamás me preocupó. A mediados del año pasado hice en teatro Absolutamente natura que, desde los términos en los que se mide un éxito o un fracaso, fue un fracaso total. Pero ni un instante de mi vida me arrepentiré de haberlo hecho. El éxito me dejó de preocupar hace mucho tiempo; sé que cada emprendimiento es, en parte, negocio, pero lo pienso después. Por supuesto me hubiera gustado que laobra la viera muchísima gente, pero no ocurrió y no me tira para atrás en absoluto. Sé cómo es el éxito, y sé que no me sirvió.
Pero, ¿por qué creés que funciona tan bien Padre Coraje?
–Porque es un melodrama. Hay mucha ficción en TV, muchos géneros y subgéneros, pero el melodrama es irremplazable. Creo que Padre Coraje es telenovela pura y dura, y como tal tiene reglas bastante estrictas en cuanto a formato, desarrollo, conflictos. Y es muy seductor porque, como los valses vieneses, es algo que resuena. Creo que a veces la estilización es peligrosa: puede ser un distanciamiento, la identificación se hace difícil y atrae menos. Lo que es muy atrayente en una película no lo es necesariamente en una tira diaria. Te deslumbra un ratito, pero el romance se acaba enseguida. Además, el melodrama es el género realmente popular, porque es el género en que se desarrolla la vida. Siempre estamos amando, desamando, con problemas, sin problemas, pasándolo bien y mal. Cuando eso se logra en una ficción, la gente lo agradece. Es como el bolero. Supongo que la gente extrañaba el melodrama. Y a la vez, no estamos haciendo naturalismo. Todo es exagerado.
Y eso te gusta.
–Me encanta. Los argentinos en ese sentido somos muy contenidos, y hay que dejar de serlo. Yo no tengo problema en soltarme. Sé que Amanda tiene un punto de sobreactuación y voy por ahí sin pensarlo, entro como un caballo desbocado. A veces me veo y me asombro de lo que he hecho, esos movimientos, esos gestos de grandes divas del cincuenta, esas minas que eran muy artificiales. Además está planteada en una época dura. El mundo ha salido de una guerra, la Argentina está en el peronismo, con todos los avances sociales y al mismo tiempo recibiendo criminales de guerra nazis que escaparon de Alemania. No son los años sesenta, y está bien marcarlo. Hay una tensión que prenuncia el estallido de un mundo falsamente perfecto.

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