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Domingo, 20 de junio de 2004

PERSONAJES

No ves que vengo de un país...

Se llama M. A. Numminen y en Finlandia lo consideran tan parte del ser nacional como el sauna y Sibelius. Y en gran medida por su aporte a la música nacional finlandesa: el tango.

POR ARIEL MAGNUS

“¡Ran-tán-tan-tan, rata tan-tan tan-tán-tan-tan! Esos son los primeros compases de tango de mi vida. La Cumparsita de Matos Rodríguez se enterró en mi conciencia antes de que yo aprendiera a hablar... A la repetida pregunta acerca del sentido de la existencia, mi respuesta es: tango.”
Así, ganando el cariño de nuestra alma, abre la novela Tango es mi pasión. Su autor, el polifacético M. A. Numminen, asegura que es la primera historia del tango de su país. Su país es Finlandia, donde el tango es pasión y su libro, consecuentemente, fue un best seller. Parece de lo más natural que una historia novelada del tango finlandés empiece con un homenaje explícito al tango argentino, su necesario precursor. Pero la primera impresión engaña. Se lee unos párrafos más abajo: “En el cine había visto cómo bailan tango los argentinos. Horrorosamente complicado. Por eso creo que Toivo Kärki hizo lo correcto durante la Segunda Guerra fino-rusa, cuando aprovechó una pausa en la batalla para unir el romance ruso con la marcha alemana y crear el tango finlandés”. ¿Romance ruso? ¿Marcha alemana? ¿De qué habla este hombre? Mantenemos la calma y seguimos leyendo: “No me gustaría estar en los pantalones de un latino. Qué estrés, qué responsabilidad. A todas luces es necesario que los cabellos estén engrasados y tirados para atrás antes de acercarse al tango”. Unas páginas más adelante, donde se habla del tango “internacional”, la cosa ya se pone ofensiva: “Si una orquesta argentina tocara en Botnia del este, es probable que los hombres agarrasen sus cuchillos finlandeses: ‘¡Hagan el favor de tocar bien si quieren salir vivos!’”.
Basta. Esto ya es una falta de respeto, un atropello a la razón. Ya no conservamos ningún cariño dentro de nuestra alma. Facón en mano, vamos a por Numminen.

MI FINLANDIA QUERIDA
“A mí me encanta escuchar tango argentino”, dice Mauri Antero Numminen tomando asiento. Golpe bajo. Pero no nos dejemos amedrentar. Ah, ¿sí? ¿Y entonces por qué no reconoce que al finlandés lo tiene de hijo? “Pasa que todo lo que llega a Finlandia, no importa si es música, política o deportes, nosotros lo finlandiceamos.” No hace falta seguir preguntándole:
–El tango llegó a Finlandia a través de Francia y Alemania en 1913. A la dos de la tarde, como me gusta decir a mí. Una pareja de holandeses nos mostró cómo se lo bailaba de a dos. Al principio era música de elite, y tardó mucho, como 30 años, en difundirse en las clases más bajas. Eso se lo debemos a Toivo Kärki, el padre del Fintango. Yo lo conocí personalmente. Él me explicó que la diferencia entre el tango finlandés y el internacional es que éste tiene una melodía ascendente en mayor, mientras que el nuestro, una descendente en menor. Hay un montón de excepciones en el tango extranjero, pero casi ningún tango finlandés en mayor. Por eso yo creo que hay pueblos en mayor y pueblos en menor. Alemania y Suecia, por ejemplo, son pueblos en mayor. Rusia, Francia y Finlandia, en menor. Nosotros, los finlandeses, somos felices cuando somos infelices. La otra diferencia está en el ritmo. Para un finlandés, el tango argentino es demasiado complicado. Nos encanta escucharlo, pero no lo podemos bailar. Para bailar necesitamos melodías simples. De ahí que hayamos dejado de lado casi todo lo rítmico y estemos mucho más cerca de la marcha alemana. Pero de vuelta a la historia: en los cuarenta, con Kärki, el tango se hizo popular. Su época de oro llegó recién en el ‘62, cuando Unto Monone compuso Satumaa (El país de las maravillas), que para nosotros es como un segundo himno nacional. “Más allá del amplio mar yace oculto un país donde las olas finalmente duermen...” Este tango se hizo tan famoso que hasta propusieron cantarlo en las misas. Pero ya antes de eso se había usado el tango como emblema nacional, primero contra la música alemana, en los cincuenta contra el jazz y a principios de los setenta contra el rock. También los soldados en el frente durante las guerras contra Rusia escuchaban tango. Eso es lo que explica que para el finlandés todo sea tango. Frank Sinatra es tango, por ejemplo. Y yo creo que eso tiene que ver con que los finlandeses somos muy tímidos. Necesitamos que el cantor diga lo que nosotros no nos animamos a decir. Sacar a una mujer a bailar ya es bastante difícil, así que imaginate el resto. Por suerte está el cantor ahí en el escenario que dice lo que todos callan: “Te amo”. Porque fijate qué curioso: a principio de los cuarenta, los finlandeses éramos sólo 3 millones. Ahora somos 5 millones. ¿Y por qué? Por el tango.

EL HOMBRE CON PASADO
M. A. Numminen es lo que técnicamente se llama un molesto, un impresentable. Estudió filosofía, sociología y lingüística, pero, viendo que el campo le quedaba chico, decidió dedicarse a la música, la literatura y el cine. Su primer disco se llama M.A. Numminen in Memoriam, y mezcla tango, rock, foxtrot y cuanto género se le cruce por el camino. Para la elección de sus letras no fue menos ecléctico: puso música a textos científicos, manuales de sexualidad, proclamaciones de la ONU, instrucciones para lavar caballos y otros etcéteras. Como canta bastante mal, se esfuerza por hacerlo peor. Y en eso es insuperable. Su voz rasposa lija el oído, sus falsetes son directamente una patada al tímpano. Cuesta acostumbrarse, pero luego es posible escucharlo con placer.
De sus 40 discos, cabe destacar por sus títulos a Mi lucha (no porque le ponga música al libro de Hitler sino para molestar nomás) y Reconozcan los derechos de los conejos. Enamorado de su mujer, compuso una suite en latín (Helenas est libertas), donde prueba traducir palabras como “autopista” (via motorum), “supermercado” (supermercatus), “noticias radiales” (nuntius radiophonicus) o “ganar en la lotería” (victoria aleatoria). En la misma línea lesluthierseana, Numminen le puso música al Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Bajo el lema “De lo que no se puede hablar, de eso hay que cantar”, la genial Suite del Tractatus pasa sin mayores preámbulos del jazz-rock al ska y del punk rock al lied. El remate del libro de Wittgenstein cantado como marcha militar por un coro empecinadamente desafinado es una de las piezas más famosas de Numminen. Es autor también de tango-oratorium, inventó el jazz neo-rústico y tiene a su cargo seis orquestas, la más nueva de ellas de hip hop.
Para matizar un poco esta producción lírica, Numminen participó de unas 30 películas, incluidos documentales y films para chicos, ya sea como actor, guionista, compositor o todo junto. Como escritor, aparte del libro ya comentado, publicó libros de poemas, cuentos, leyendas, un policial y Bar-man, una meticulosa Odisea, con fotos y direcciones exactas, de los mejores 132 Pubs de Finlandia –originariamente chequeó unos 350–, que es a la vez un estudio sociocultural del keskiolut o cerveza de categoría media (4,5% de alcohol).
Entre lo uno, lo otro y lo de más allá, puesto que tampoco en Finlandia se puede vivir de un solo trabajo, Numminen oficia de animador en la tele y en diversos festivales de música. Sobra decir que en su país es una figura de culto. Alguien dijo de su sonrisa que es tan parte de Finlandia como el sauna y Sibelius. Hoy cuenta ya con 64 años y no sólo no está cansado sino que aún sigue disfrutando de ser “una persona enojosa”, como le gusta definirse. Este verano se interna en la choza centenaria de su abuelo, a 10 km de cualquier lugar alquilado, para componer de seis de la tarde a dos de la mañana su próxima obra, un oratorio. Entre las cosas que le quedan por hacer figura el viaje a la Argentina, que se viene prometiendo hace doce años. Radar es el primer medio argentino que lo entrevista, confiesa. Es un comienzo.

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