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Domingo, 12 de septiembre de 2004

BARES Y RESTAURANTES

Entre callos y medias noches

 Por Analía Melgar

La presencia invisible de Federico satura el aire. En Cantares, García Lorca se esconde en todos los rincones; hasta las puertas del baño se identifican con las líneas estilizadas de sus dibujos. Como en una comunión herética, se introduce en cuerpo y alma dentro de cada cazuela, derramando “la luna y la calabaza / con las guindas en conserva” y “papel de chocolate / con los collares de almendra”, sazonados con “dolor y almizcle, / con las torres de canela”.
Después de su vida prodigiosa y su muerte en el calvario, Federico resucita. Regresa con su mirada enamorada al tablao al que concurría entre 1933 y 1934, cuando residía en Buenos Aires. Fundado en 1901 como La Taberna Española, el local funcionó durante setenta años, luego fue clausurado y así siguió hasta este año, en que se animó a reabrirlo la actriz María Balmayor. Ahora llamado Cantares, el restaurante seduce a través de todos los sentidos. El primer encanto son sus paredes blancas, recortadas por pequeños faroles y ventanas de hierro de las que cuelgan begonias frescas: la imagen de un pueblo enclavado en las sierras de Andalucía, tal vez Granada o Sevilla o Córdoba, quizá Cádiz.
Para ingresar al solar de Rivadavia 1180 hay que bajar una escalera. Y, como todo subsuelo, el que ocupa Cantares viene condimentado de intimismo, secreto y escondite. Aquí, público, meseras y artistas entablan lazos de complicidad y configuran un mundo paralelo. El frío de bajo tierra enseguida se revierte no sólo gracias a la amabilidad sino también a un desfile de aceitunas, porotos, tortillas, gambas y demás sabores peninsulares que culminan con unos callos humeantes. Y aplacadas las urgencias del apetito, una troupe variopinta de argentinos, españoles, gitanos de todas partes y hasta un ucraniano se apodera del tablado.
La superficie de madera hueca, de apenas 2 por 4, transmite la vibración del sonido hasta el cuerpo de los espectadores. Los sábados, más cholulos, baila Laura Azcurra; los jueves, viernes y domingos, la pareja de Inés López y Claudio Arias que, acompañada de guitarra, cajón y cante –esa peculiar forma de canto andaluza–, sigue la tradición de la pura danza flamenca. Sus referentes son el recientemente fallecido Antonio Gades y Farruquito, joven descendiente de su abuelo el Farruco.
Claudio e Inés trabajan en la conservación de esta tradición de orígenes difusos, que mezcla elementos árabes, judíos, gitanos y bizantinos con algunos del Africa negra y se inició allá por el siglo XVIII, en un campo de expresiones populares que incluía las corridas de toros. Algunas coreografías que ofrecen estos bailaores tienen horas de ensayo, pero la verdad del flamenco irrumpe en los cuadros improvisados donde una polifonía compleja articula las cuerdas, los golpes, el zapateo, la voz y las palmas. De la conexión de todos los artistas brota esa combinación mágica que tanto explotó Saura en sus películas: pasión, sangre, erotismo, dolor, destino.
Claudio e Inés transitan todos “los palos”, todos los ritmos particulares del flamenco, con la particular emoción que propone cada uno. “La soleá” interpela la interioridad del intérprete. Las alegrías, fandangos y tangos invitan al festejo. El ritmo más llamativo, de mayor velocidad y entrega, son las bulerías, que combinan teatralidad, picardía y destreza técnica. La pareja se detiene también en momentos de cante jondo, que les permiten exhibir su porte elegante y sus brazos ondulantes. Entre punta, taco y planta, entre escobillas y marcajes, entre mantones de Manila y volantes en las faldas, entre palmas, gritos y jaleos, juntos brindan un show que es casi un ritual. Un ritual que conjura a aquélla, a la Parca, cuya presencia tan bien sospechaba Federico: “La muerte / entra y sale, / y sale y entra / la muerte / de la taberna.”

Cantares está en Rivadavia 1180 y abre de jueves a domingo a las 22. Reservas al 4381-6965.

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