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Domingo, 21 de noviembre de 2004

ECOLOGIA: LA EXTRAñA RELACION ENTRE EL NAZISMO Y LA OLA VERDE

Heil plantita

El partido nazi tenía un ala verde. Himmler era vegetariano. Hess era ambientalista. Hitler recibía plantas de regalo y ordenaba que los soldados plantaran árboles. Y el Tercer Reich sancionó las primeras leyes ecologistas. ¿De dónde vino esa devoción nazi por el medio ambiente?

 Por Federico Kukso

Hace tres años, un grupo de guardabosques alemanes de la aldea rural de Zernikow (a 110 kilómetros de Berlín) se puso las sierras eléctricas al hombro y comenzó a desguazar con saña 27 arbolitos hasta reducirlos a polvo y hollín. Ningún ecologista se alarmó ante el hecho ni levantó un dedo para detenerlos. Y bien que no lo hicieron. Los dorados alerces tumbados no habían hecho nada, pero si se los miraba desde el aire no tardaban en tomar en conjunto la forma del símbolo de la barbarie: una esvástica de tamaño descomunal (60 metros x 60 metros), que había sobrevivido a la derrota alemana en 1945 y fue olvidada en el bosque hasta su (re)descubrimiento, recién en 1992. No se trataba de una bizarra confesión ideológica por parte de la naturaleza sino de un regalo de un ardiente simpatizante y empresario nazi al Führer en su 49º cumpleaños.
Hitler nunca lo confesó, pero ése fue el mejor obsequio que recibió aquel año. Al fin y al cabo, el dictador, además de ser un riguroso vegetariano anti-tabaco, y aunque muchos no lo sepan y suene tan disparatado como para creerlo, era un insolente ecologista que instigaba a su círculo de ministros a seguir sus pasos verdes y lo acompañaran en el culto de todo lo que crecía desde lo hondo de la tierra germana.

Sangre y tierra
Es difícil imaginar la escena: Hitler y su piara de delincuentes corriendo risueñamente como Hansel y Gretel por la selva negra y pagana de Baden-Wurtemburgo salvando plantitas y animales (considerados ciento por ciento teutones y dignos de toda idolatría) mientras abrían las puertas del infierno para millones de judíos, gitanos y otras “razas inferiores”. Sin embargo, así fue.
El desarrollo capitalista y la industrialización desatada con voracidad en el siglo XIX habían teñido de gris cielos, ríos y pulmones europeos, e infligían una herida narcisista en el tejido cultural alemán. Desde los libros de Goethe hasta las sinfonías de Mahler, los alemanes veían en el bosque la deidad pagana perfecta para venerar y para emplazar como sinónimo de la identidad alemana. Los románticos del siglo XIX, como Schelling, Schlegel y Novalis, por ejemplo, no tardaron en combatir la idea fabril de la naturaleza como recurso (pasible de ser explotada y vaciada) con otro tipo de sensibilidad e imaginación técnica: la que proclamaba una suerte de matrimonio hombre-naturaleza con la armonía, la fertilidad, la mística, el amor a la “Tierra Original” o Urlandscahft. “El pueblo alemán tiene necesidad del bosque y, aun en el caso de que ya no tuviéramos la necesidad de la leña para calentar al hombre exterior, no por ello dejaría de resultar igual de necesario para calentar el hombre interior. Tenemos que proteger el bosque, no sólo para evitar que la estufa se enfríe en invierno sino para que el pulso del pueblo siga latiendo caliente, alegre y vital, para que Alemania siga siendo alemana”, escribió el historiador Wilhelm Heinrich Riehl (1823-1897).
Es más: se entiende así cómo fue que por esas tierras apareciera por primera vez la palabra “ecología” para aludir a “la ciencia de las relaciones del organismo con el medio ambiente”. Su forjador fue el biólogo alemán Ernst Haeckel, uno de los máximos agentes de prensa de Charles Darwin, que en 1866 enlazó los términos griegos oikos (casa, hábitat) y logos (razón, discurso). Fueron años de saltos de gigantes, pero a Haeckel se le fue la mano: tuvo mucho que ver con la propagación del darwinismo social que, además de reclamar “el regreso a la naturaleza”, preconizaba la eugenesia y la pena de muerte como instrumentos de selección. No es casual que su libro El monismo (1897) -en el contexto del movimiento völkisch (una amalgama entre la raza y el ambiente o lo que se llama blood and soil)– esté prologado por el racista confeso George Vacher de Lapouge, quien sugiere sustituir la divisa “Libertad, Igualdad, Fraternidad” por la menos suave “Determinismo, Desigualdad, Selección”.

Travestismo ecológico
Pero de vuelta a Hitler y su furor verde: su ecologismo podría haber pasado como una paradójica curiosidad, un pliegue histórico, una nota al pie, si no fuera por el hecho de que fue precisamente durante los primeros dos años del Tercer Reich cuando se dictaron las primeras leyes ecologistas de la historia: mientras Alemania se aprestaba a fagocitar gran parte de Europa continental, se promulgaron la ley de protección de los animales (Reichs-Tierschutzgesetz, el 24 de noviembre de 1933), la ley de la caza (Reichs-Jagdgesetz, 3 de julio de 1934) y finalmente la ley de protección de la naturaleza (ReichsNaturschutzgesetz, el 1º de julio de 1935), que ordenaba la demarcación de “zonas naturales protegidas”. Todos estos edictos llevaron al pie de página las firmas de lo que el historiador Peter Staudenmaier llama “el ala verde del partido nazi” (Walther Darré, Fritz Todt, Alwin Seifert y Rudolf Hess), que contaba con un claro apoyo de Hitler y del también vegetariano Heinrich Himmler, a quienes, entre orden y orden de asesinato masivo, al parecer les quedaba un poco de tiempo para ordenar a sus soldados plantar árboles en las zonas que caían bajo la sombra de la esvástica.
No era la primera vez que la ecología había sido travestida con la ropa de la derecha: en Estados Unidos, por ejemplo, conservadores y preservacionistas levantaron muros, y el 1º de marzo de 1872, con la firma del presidente norteamericano Ulysses S. Grant, vieron cómo el parque nacional de Yellowstone se convertía en la primera gran reserva natural protegida del mundo. La realidad era que la protección de las llamadas “bellezas naturales” se emprendía bajo el espaldarazo de las elites ilustradas dominantes con fines estéticos y didácticos. Los bosques de Wyoming, Montana e Idaho –con sus hormigas, ardillas y secuoyas gigantes– se habían privatizado.
En su libro de 1994, El Nuevo Orden Ecológico (Tusquets), el filósofo Luc Ferry (ex ministro de Educación francés) transcribe en su totalidad la batería legislativa-ecologista nazi y, lo que es más importante aún, muestra cómo ideas loables como las de protección del ambiente (y todo lo que en él habita) pueden, en cierto contexto, ser siniestras.
“Im neuen Reich darf es keine Tierquëlerei mehr geben” (“En el nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales”).
El que lo dijo, para terror y asco de la historia, fue Adolf Hitler.

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Hace tres años, los guardabosques voltearon 27 árboles a 110 kilómetros de Berlín. Ningún ecologista se alarmó: si se los miraba desde el cielo, los alerces formaban una esvástica de 60 metros x 60 metros.
Se trataba de un regalo de un ardiente simpatizante y empresario nazi al Führeren su 49º cumpleaños.
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