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Domingo, 19 de junio de 2005

NOTA DE TAPA

Caras extrañas

Hombres y mujeres que se alquilan para bailar toda la noche, departamentos céntricos decorados por muralistas de La Boca, dj’s tangueros, casas de familia convertidas en hospedajes, tango electrónico, tango gay y hasta raids de shopping tanguero. Informal y organizado por Internet, un nuevo fenómeno invade la ciudad: los tango tours. Y con él llega un nuevo tipo de turista: el que apenas balbucea el castellano pero sabe de tango más que casi cualquier porteño y no está dispuesto a dejar un euro más que el que corresponda.

 Por Cecilia Sosa

Madrugada de lunes. Ezro Bellomo no para de girar por la pista. Veintinueve años, siciliano, jean ajustadísimo y rulos divinos como de peluquería: casi una estampa salida de los inmensos murales fotográficos de Guillermo Monteleone que engalanan las paredes del Salón Canning. Su abrazo es tan apretado y guía a su pareja con un aire tan ensimismado que las mujeres del salón no se aguantan el disimulo y sueltan los suspiros.

Aunque no siempre tan espléndidos, son decenas los extranjeros como Bellomo que llegan al país con un solo objetivo: bailar tango. En los últimos meses el rubro se disparó tanto que los funcionarios de Ezeiza ya evalúan otorgarle estatuto propio en los formularios inmigratorios.

“Venga y viva su tangodream con nosotros.” En todas las lenguas posibles, las invitaciones para los “tango tours” navegan por la web y colonizan el mundo. Inolvidables packs de ocho días y noches para perfeccionar boleos y ochos, visitar las milongas más escondidas y volver a casa con el corazón (y los pies) en llamas.

Hay paquetes cerrados o combos amoldables al capricho de la remota clientela. El servicio comienza no bien el extranjero pone un pie en el terruño, incluye hospedaje, clases con los más afamados bailarines y asistencia guiada a las más míticas milongas porteñas. No falta el combo gay, petiteras salidas de shopping, “gaucho tours” (con estancia y asado), visitas al zapatero y hasta el alquiler de un tango-partner, bailarines profesionales que secundan al recién llegado en el difícil territorio de las pistas.

En clave informal y al margen de toda regulación oficial, los combos tangueros ya impactan en la cultura local: distorsionan el mercado inmobiliario de algunos barrios, despuntan nuevas profesiones –bailarines bilingües a domicilio, diseñadores de moda temáticos y profesores especializados en slang y la historia de la canción local–, y desatan disputas en cada salón, show, restaurante o boutique donde suene el dos por cuatro.

Con un diáfano futuro por delante, las propuestas gustan combinar melancolía local, rebusque amistoso y exotismo a la carta. Pero atención: improvisados abstenerse. Aunque la nueva estirpe de tango-adictos apenas balbucea el castellano, no suele ser propensa al engaño. “Ellos saben exactamente a qué milonga ir, qué días, con qué profesores estudiar, dónde comer y cuánto gastar. Hasta saben dónde conseguir los mejores zapatos”, dice Julio García Elorrio, abogado “atípico” y bailarín social que suele parar en la barra del Salón Canning. “Es un tipo de turista particular: jamás le van a vender una cena-show a 130 euros en Sr. Tango. Eso es para empresarios jubilados que vienen con sus esposas y que se hospedan en el Hilton. Ellos bailan por 7 pesos y a lo sumo se hacen amigos de los bailarines y se hacen invitar a sus shows gratis.”

Cuatro brazos, dos cabezas y one heart

Una de las ventajas del circuito local es que no tiene descanso: de lunes a lunes y hasta bien entrada la madrugada, la oferta milonguera incluye clubes de barrio, sociedades de fomento, reductos incunables y viviendas particulares. Tango clásico, electrónico y hasta patrióticas veladas donde locales y foráneos zarandean y zapatean al son de un pericón.

Aunque hay para todos los gustos, los iniciados recitan el calendario de “musts” de memoria: lunes: Salón Canning; martes: Porteño y Bailarín; miércoles: El Cachafaz o milonga gay en La Salsera; jueves: la exquisitez clásica de Niño Bien. Los fines de semana, lucha libre al mejor postor y los domingos: milonga al aire libre y con bufanda. En la Plaza Dorrego musicaliza el ascendente dj tanguero Pablo Nieto, melómano y gustoso de intercalar bandoneones con tandas de Bach y Nick Cave. En La Glorieta, en lo alto de las Barrancas de Belgrano, el vértigo de los ocho pasos arranca a las seis de la tarde y sigue hasta la madrugada en abrazos cerrados para campear el frío. Revistas como El tangauta y BA Tango y sitios como let’sgotango.com o todotango.com publicitan los tips más secretos hasta en cinco idiomas. ¿Souvenirs?: nunca más un mate, un alfajor o una boleadora. No hay foráneo que se vaya sin llevarse el dvd de su show preferido, la foto con su bailarín fetiche o al menos una media calada (en lo posible ofrendada).

Los organizadores de los “tango tours” tienen trayectorias disímiles y hasta opuestas: los hay locales y míticos habitués de la noche porteña, y también rozagantes extranjeros que capitalizaron su know how y armaron un catálogo propio de manías. La clave del negocio parece ser no dejar botón sin abrochar. El enigmático Charles –un inglés negro, dos metros de altura, que odia la publicidad pero se hace llamar “Carlitos Gardel”– ha devenido en el gran gurú de los viajes a medida: el zorzal inglés ofrece en www.argentinatango.com siete opciones distintas de hospedaje, se especializa en tours gays y en cuestión de detalles se extiende hasta peluquería y personal fitness bilingüe a 20 pesos la hora. Cosmopolita a muerte, regala coordenadas de clases y milongas en Corea, Australia y Lituania y un catálogo de dancers para encontrar partenaires en cualquier lugar del mundo. Reservas y pagos se concretan estrictamente on line y entusiastas testimonios internacionales avalan la calidad del servicio.

“Frente a un mundo tan virtual y massmediático, el abrazo y la proximidad de los cuerpos que propone el tango son hasta contraculturales”, asegura Omar Viola, fundador del mítico Parakultural de los ‘80 y uno de los que desde hace 12 años no deja de animar el circuito milonguero con performers y electrónica en el Salón Canning o La Catedral, un secreto a voces que campea en Almagro y que espera su pronta reapertura. Ahora unió fuerzas con los bailarines Natalia Games y Gabriel Angió (creadores del tango hip-hop), el joven cantor Pablo Banchero (organizador de la milonga de La Nacional) para idear la “Buenos Aires Tango Week”, un combo personalizado que ofrece una semana entera de clases, cortos tangueros en pantalla gigante, técnicas de relajación, rondas de mate y asado despedida. En las cuatro semanas programadas de acá a diciembre hay mayoría de ingleses, franceses y alemanes. “Pero queremos que un señor tailandés encuentre la invitación en la web y le diga a su mujer ¿Qué te parece si nos vamos una semana a bailar a Buenos Aires?”, dice. Y, a juzgar por la multiplicación de inscriptos, la opción vietnamita no suena descabellada.

Además, entre el 9 y el 16 de octubre se hará el “IV World Tango Festival”, dedicado a Osvaldo Pugliese y promocionado como la “Fiesta del tango más importante del mundo”. El programa incluye 7 días y 7 noches a puro tango, participantes de 40 países, 15 parejas de baile y 6 orquestas porteñas en vivo. Los combos se cotizan entre 332 y 1162 euros. Y los que se inscriban antes del 15 de julio gozarán de un 25 por ciento de descuento.

Taxi-dancers

Jerárquica como pocas, el tango es una institución reglada. Si todo iniciado sabe que el baile genera adicción, que en la pista no gana la más linda sino la que mejor baila y que cualquiera puede ser devuelto a su mesa sin siquiera esperar a la tanda, una pesadilla que comparten todos es el horror de planchar toda la noche. Por eso un servicio que nunca falta, en especial para los extranjeros, es el de los “taxi-dancers”. “Te pagan la entrada, la consumición y tenés que bailar toda la noche sólo con ellas. Suelen ser mujeres europeas que si se sientan en la milonga no las saca nadie”, cuenta Ariel “Rulo” Prilick, organizador de la milonga El Cachafaz, legendario bailarín e iniciador en el paso básico de Antonio Cafiero en sus épocas de embajador.

En un tono algo más amable, una página web instruye al foráneo sobre las ventajas del tango-partner: “Ud. tendrá alguien que lo presente ante los buenos bailarines, que lo acompañe y que baile con Ud. en las milongas. Los milongueros/as estarán gustosos de invitarlo a bailar una vez que lo hayan visto pisando suavemente la pista”. Pero la decisión puede no ser sencilla. Hay tango-partners de dos tipos: el primero acompaña a la milonga, será el primero en sacarlo a bailar y correrá presuroso a invitarlo nuevamente si lo ve pucherear en la mesa. Los honorarios son de 20 pesos la hora y se puede contratar por un mínimo de tres. La noche completa, 70 pesos. La segunda opción es más completa: “El (o ella) estará siempre al lado suyo, charlará con Ud. y bailará cuando a Ud. se le ocurra”. Una diferencia cualitativa y comparativamente no tan onerosa: 40 pesos la hora y 100 para redondear en la noche completa.

En www.thetangodancers.com.ar, la “página oficial” de los taxi-dancers, se publica el currículum de cada uno y se anuncia la pronta partida del cuerpo estable al festival “USTC Tango Fantasy-Miami USA”. Los tango-partners suelen merodear las pistas en los días convenidos. Pero para mayor discreción también se los puede contactar por mail, beeper o celular. Ah, también hay una oportuna galería de fotos.

Bailando en el living

Aunque las ofertas de hospedaje para extranjeros son múltiples –desde hoteles de máxima categoría a departamentos a compartir, hostels, bed and breakfast– un rubro en alza es único en su género: Tango Guest Houses. Ubicadas en San Telmo, Barrio Norte, Palermo o Recoleta, señoriales o modestas, ofrecen albergue a bailarines llegados de lejos; cruza de hospedaje y academia, son una alternativa amistosa a la sobria frialdad de los hoteles y resultan ámbitos ideales para encontrar partenaires de todo tipo. Muchas se promocionan de manera autónoma (el arbolado caseronporteno.com o la señorial defensa1111.com), reciben orquestas en vivo y suelen tener pistas de baile montadas en el medio del living. Una hermosa Tango Guest House de Palermo ofrece habitación privada con baño a compartir, desayuno continental, conexión Internet y video a sólo 17 pesos la noche. Y por 15 pesos se puede rentar una “habitación privada en una casa familiar en Recoleta con jardín interior y parque privado, donde cada uno tiene su espacio y también se puede alternar con la dueña, su hija adolescente, y sus pequeñas mascotas: un gato y un perro”.

Atención: si el lector es propietario de un departamento en Barrio Norte, Belgrano, Centro, Palermo, Puerto Madero, Recoleta y San Telmo (cualquier otro barrio, abstenerse), el apego a sus muebles no le impide compartir y cuenta con alguien que lo albergue por una temporada, no lo dude: entre en www.argentinatango.com, postule su casita y haga negocio. La cotización es en euros.

Otra unidad de trabajo en ascenso son los dj tangueros. Los foráneos llegan especialmente para escucharlos, saben de memoria sus compilaciones y se ofuscan si falta algún hit de Di Sarli o D’Arienzo. Uno de los más cotizados es Damián Boggio (www.tangodj.com.ar), de gira por Hamburgo y animador del Parakultural, La Morocha y La Nacional.

A aprovechar... mientras dure

“¿Por qué venir a Buenos Aires entre mayo y septiembre?” La tentación en argentinatango.com obliga a clickear y he aquí las respuestas:

* Aprovechar la ventaja del cambio mientras dure.

* No hace tanto frío como Ud. se imagina (en mayúsculas).

* Las milongas no están abarrotadas.

* Podrá bailar con argentinos porque hay pocos extranjeros a la vista.

* Las milongas no son tan sofocantes ni húmedas como en verano.

* Ahorrará fortunas en el pasaje aéreo porque es temporada baja.

* Es la época ideal para combinar el tango con el esquí o el snowboard y a mitad de precio que en su país de origen.

Uno de los que no esperó es Ken Joachim, un californiano que ronda los cuarenta y que llegó a Buenos Aires para aprender a bailar tango en secreto y sorprender a su novio John, bailarín profesional y dueño de una academia de danza de salón en California. Ken no perdió el tiempo: contrató los servicios de una bailarina profesional (la encantadora y bilingüe Mariana García Hervás), tomó dos horas de clase por día y aunque no logró transformarse en un as de la pista, le tomó el gustito al asunto y decidió organizar sus propios combos.

Para noviembre espera la llegada de 48 compatriotas de entre 30 y 80 años que recibirá con un cronograma ajustadísimo: clases de tango de rigor en hotel de lujo y a cargo de su bailarina preferida, excursiones al Tigre, gaucho tour, paseos por San Telmo y Recoleta y cenas en su parrillita de cabecera. “Voy a mostrarles todo lo que a mí me enamoró de Buenos Aires”, cuenta mientras seña una cena-show en la clásica Esquina Carlos Gardel a 120 pesos el cubierto.

Ken no descansa: quiere dejar a punto las reformas que realizó en los dos departamentos que adquirió en su última visita: una antigüedad en la esquina de Reconquista y Tucumán y un loft en Moreno y Rincón para esperar la reapertura del Café de los Angelitos. Para la decoración del primero no dudó un segundo: lo quiso igual a su adorado Caminito. Contrató artistas de La Boca y hizo pintar murales de bailarines, compró muebles y obras originales (desde los faroles hasta los ceniceros) y llenó todo de muchos pero muchos colores brillantes. A su auténtico palacete temático le sumó todo el confort de la nueva tecnología y pronto estará listo para ser alquilado. “Sólo se necesita empacar las valijas y venirse a pasar una temporada a Buenos Aires”, dice con orgullo.

Sueltos pero advertidos

Aunque los packs tangueros hacen furor también hay temerarios que llegan “sueltos” y se lanzan a las pistas en busca de acompañantes. A los más jóvenes se los puede ver en La Divina en largas veladas donde se mezclan clases, intervenciones, performance y terminan todos bailando una zarzuela que viene programada por un dj tras la computadora. Los eclécticos domingos de La Viruta también reúnen una fauna atípica: tangueros de larga estirpe, profesores luciéndose a deshoras y hasta doctorados en Física en recreo. Las tandas de Nacotango o Bajofondo invitan al canyengue electrónico al más anciano y no hacen vacilar los infinitos tacos de una oriental que parece salida de una película de Won Kar Wai. Por allí también andan Tamara Faille y Félix Eichbdrg: ella chilena, chef y maquilladora y recién iniciada en los ocho pasos; alemán él y con tres años de tango aprendidos en Leipzig, su ciudad natal, y en manos de auténticos profesores argentinos. Los dos de espléndidos 21 años y en rigurosas zapatillas. “Una amiga vino a BA a bailar tango y yo llegué sólo por eso. Nunca antes había tenido como objetivo conocer Argentina. Cuando les conté a mis padres se sorprendieron muchísimo. Son apasionados del tango desde siempre y mi papá conoció a su segunda mujer en una pista”, cuenta Félix en un castellano perfecto.

Vive en una casa en San Telmo que alquila un grupo de alemanes dedicados al trabajo voluntario en villas y también solidario con todo extranjero que ande suelto por la zona. Allí aterrizó también Tamara la noche anterior. “Nunca había bailado. Pero él puso un disco de Piazzolla, me enseñó los ocho pasos y nos vinimos”, dice y vuelve a la pista para el último tango de Félix en Buenos Aires, porque en pocos días parte a Brasil en bicicleta.

En la mesa de Canning, Ezro (el italiano de los rulos divinos) está exultante: acaba de bailar con la profesora rubia y cincuentona que lo obsesionaba desde que llegó hace dos meses y medio. “Aprendí a bailar tango en París. Estudiaba Literatura Italiana en la Sorbona pero un amigo me ofreció las llaves de un departamento en Buenos Aires y me vine”, dice en italiano perfecto.

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“Si sos taxi-dancer te pagan la entrada, la consumición y tenés que bailar toda la
noche sólo con ellas. Suelen ser mujeres europeas que si se sientan en la milonga no las saca nadie.”
Ariel “Rulo” Prilick, bailarín
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