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Domingo, 18 de septiembre de 2005

MúSICA > PAUL MCCARTNEY COMO NUNCA ANTES: OSCURO

Paul no está muerto, pero...

... finalmente se cansó del fantasma de Los Beatles, de su simpatía permanente, de guiñarnos con buena onda un ojo y alzarnos un pulgar. Por eso, por primera vez desde George Martin, se metió en un estudio con un productor dispuesto a decirle que no y a hacerlo trabajar duro. Resultado: Chaos and Creation in the Backyard, el disco más oscuro de su vida.

 Por Rodrigo Fresán

Contrario a lo que se viene afirmando desde que era la cuarta parte de una entidad todopoderosa e indivisible, Paul McCartney no está –ni física ni artísticamente– muerto. Pero luego de oír el flamante Chaos and Creation in the Backyard –y éstas son muy buenas noticias– todo parece indicar que las cosas no están del todo bien, que los Rayos X muestran algo que hasta hace poco no estaba allí y que, por suerte, apareció haciendo desaparecer viejos tumores. No se encuentra y no hay en Chaos and Creation... ese optimismo automático con los dedos siempre en V, esa sencillez sofisticada o esa compleja simplicidad, esas tontas canciones de amor inteligentes, o esa compulsión masoquista por intentar agradar a los que no lo aguantan. Todo lo contrario. Por una vez, McCartney se muestra cansado, triste y hasta furioso con su entorno (oír “Riding to Vanity Fair”). Y a no confundirse tampoco: esta nueva resurrección –maniobra cada vez más utilizada por las discográficas de los rockers clásicos para vender sus discos– no tiene nada que ver con el ya habitual pilotín automático de los Rolling Stones. Tampoco es una reinvención estética como la de Leonard Cohen a la altura de I’m your Man. Y muy lejos –McCartney no es un gran letrista– está del arrebato confesional de Bob Dylan en Oh Mercy o de los temores crepusculares de Time Out of Mind o de la alegría siniestra de Love and Theft. Digámoslo así: los discos de Paul McCartney suelen ser como cocktails del careta Bruce Wayne mientras Chaos and Creation... revela lo que piensa la máscara de Batman durante sus solitarias fiestitas en la baticueva.

UNO Y está claro que no debe ser fácil ser McCartney. Alguien que a los treinta años había alcanzado las cimas de su genio y de su fama y que –aquí y ahora, montando giras nostálgicas y misteriosas de recaudaciones multimillonarias– no sólo es perseguido por el fantasma de Los Beatles sino, también, por el de John y Linda y George. Y –last but not least– por su propio fantasma. Por el fantasma de sus Navidades pasadas y presentes y futuras. El fantasma del que fue, es y será. De todos ellos y de todo eso habla –elíptica y crípticamente– Chaos and Creation... con una foto juvenil en su portada y con una primera canción/single, “Fine Line”, que es lo peor del disco pero que funciona como puerta/trampa; como si nos dijera “esta típica cancioncita McCartney, más parecida a la Electric Light Orchestra que a otra cosa, es lo que ustedes esperaban y aquí va y aquí fue y ahora...”.

DOS Porque después, enseguida, con “How Kind of you”, el disco cambia. Y cambia para mucho mejor sin dejar de ser un McCartney legítimo, pero enrareciendo los lugares comunes. Aquello que ya había anunciado con la desgarradora balada “From a Lover to a Friend” en su anterior Driving Rain (aquel disco también raro del 2001 estropeado por la inclusión de la espantosa “Freedom”, su canción sobre el 11 de septiembre). En Chaos and Creation..., McCartney homenajea musicalmente a Harrison (“Friends to Go”), a Lennon en “Follow me”, a Randy Newman (“Anyway”) y se burla de sí mismo y de los que se burlan de él por ser tan british (“English Tea”) y se honra a sí mismo con “Jenny Wren” (canción que muchos críticos ya han definido como la hija de “Blackbird”, pero que es todavía mejor y mucho más madura y sofisticada). “Too Much Rain” podría ser producto de las sesiones de un Let it Be aquí y ahora. “A Certain Softness” aporta el momento latino, “At the Mercy” es casi una canción de cuna funeraria. “Promise to you Girl” es el infaltable rockito alegre (pero aquí teñido por una –acaso involuntaria– tristeza y una letra “boba” y “juvenil” que hace todavía más dolorosa la maniobra) seguida por la casi desesperada y muy otoñal “This Never Happened Before”, cantándole al amor tardío y yendo a desembocar en la final y casi épica “Anyway”, donde se nos vuelve a recitar el credo de la morsa –“Sólo el amor es lo suficientemente fuerte”–, pero esta vez como quien no quiere convencer a nadie. Como si cansado de experimentar con sinfonías, música ambient, techno, disco, retro, dibujos animados (la siempre difamada canción “de los sapos”), lo que venga, McCartney se resignara a experimentar con McCartney. Como si dijera: “Es lo que hay... y si no les gusta, lo siento”. O mejor: “No lo siento en absoluto”. Chaos and Creation... es, sí, el disco de alguien cansado de pedir disculpas y de pedir permiso. Y que ha decidido dejar de pedir.

TRES Y se supone que buena parte del atractivo de Chaos and Creation... reside en la producción de Nigel Godrich. La historia es que McCartney llamó al ahora sordo y retirado George Martin –el quinto Beatle– y le pidió que le recomendara un productor, y Martin le recomendó a Godrich –el sexto Radiohead– y, dicen, el chico lo tuvo muy cortito a McCartney y lo hizo trabajar duro (todo lo que, ya que estamos en tema, no hizo trabajar a Radiohead durante Kid A, Amnesiac y Hail to the Thief). Un DVD en la special edition de Chaos and Creation... documenta esta relación que abarcó dos años en los estudios (los dos out-takes incluidos en el primer single, “Comfort of Love” y, particularmente, “Growing Up Falling Up” confirman que hay cosas buenas en las bóvedas) y muestra a un McCartney dispuesto y a un Godrich por momentos intimidado por estar trabajando con una leyenda. Y lo que hizo Godrich está muy bien: obligó a McCartney a dejar de lado a su –para mí insoportable– garage-band de luxe (Godrich dijo que no quería que McCartney tuviera aduladores aliados a sueldo) y a tocar casi todos los instrumentos, aportando –como lo hiciera con Travis o con el Beck de Sea Change– toques sutiles que reforman sin deformar. Un sonido parejo en todo el disco que acaba escuchándose como una sola canción larga mejorando con cada audición y la voz de McCartney –que ya no es lo que era– bien al frente y, por momentos, quebradiza y sin maquillar. El resultado –por citar varios de sus mejores trabajos– remite más a los casi domésticos y Super 8 McCartney (1970), Ram (1971), Wild Life (también del ‘71) y a McCartney II (1980); y se aleja de las superproducciones cinemascope de Band on the Run (1973), Back to the Egg (1979), Tug of War (1982), Flowers in the Dirt (1989) y el formidable Flaming Pie (1997). Pero, a la hora de la verdad, Chaos and Creation... poco tiene que ver con unos y otros. Porque los anteriores son discos felices y éste no es que sea exactamente triste pero, sí, melancólico.

Meses atrás, la nunca del todo bien ponderada revista Uncut le dedicaba al músico su portada titulando: “Paul McCartney: mi vida a la sombra de Los Beatles”. Y, sí, eso, ahí está: Chaos and Creation... es un disco luminosamente sombrío.

CUATRO Y –en una época en que comenzamos a disfrutar de un fenómeno nuevo y extraño, la primera camada de legendarios de sixties-rockers ancianos– Paul McCartney cumplirá, el próximo junio, esos 64 años a los que alguna vez les cantó disfrazado de músico de banda de corazones solitarios.

A ver qué pasa.

Por el momento y a la oscura luz de Chaos and Creation..., la respuesta a aquella pregunta que hizo en “When I’m Sixty Four” es que, sí, seguimos necesitándolo.

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Los discos de Paul McCartney suelen ser como cocktails del careta Bruce Wayne mientras Chaos and Creation in the Backyard revela lo que piensa la máscara de Batman durante sus solitarias fiestitas en la baticueva.
 
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